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Jack, es decir nadie

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Firmar Jack The Ripper en inglés equivale, más o menos, a hacerlo aquí como Pepe, el Despanzurrador. Unas cartas escritas con tinta roja y salvaje sarcasmo en 1888 inmortalizaron, sin embargo, ese seudónimo trivial relacionado con una serie de crímenes horribles y hoy semimitológicos. En la frontera con el nuevo siglo, Jack el Destripador se constituye en el modelo de los asesinos sexuales. El investigador Oliver Cyriac, junto con constatar este hecho, señala: "Antes, los hombres mataban por una razón, o así se suponía". Jack también mataba por una razón, pero su razón es brumosa, sin dejar de ser verdadera. Se le atribuye con seguridad el degollamiento de cinco prostitutas, a las que luego extraía las vísceras, entre el 31 de agosto y el 11 de noviembre de 1888, en el sórdido barrio obrero de Whitechapel -un adelanto de cualquier Fuerte Apache del mundo que nacía-, pero no tuvo rostro, y quizá no pueda tenerlo. Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Cathe...

Un Ahab del Plata

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Sabido es que el protagonista de Moby Dick , el capitán Ahab, es el verdadero demonio en esa  historia de Herman Melville. El demonio blanco de los mares del sur, el cachalote que le arrebató una pierna y por poco lo parte al medio, es sólo su némesis y su destino. Lo descubre Starbuck en el final del libro ya en medio de la cacería -disculparán que adelante el final: la novela se escribió hace más de un siglo y medio-: " Moby Dick no te busca. ¡Eres tú,  eres tú el que la busca a ella! ". Alberto Cisnero (La Matanza, Argentina, 1975) titula su libro Ajab  porque escribe el nombre como se pronuncia en la Argentina. Es decir, los signos corresponden a nuestra fonética – y a nuestra eufonía, si se quiere-. La forma en que escribe Cisnero es a la vez retórica y moderna; se trata de una escritura en remedo, esto es paródica; lo cual significa recreativa en los dos sentidos posibles de la palabra, y celebratoria de la tradición, a la vez. “ Si usted se comide a la inspec...

Una mañana en el jardín japonés

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Cierta vez, Javier Adúriz me dio cita en el jardín japonés de Palermo. Una mañana. Recuerdo que miramos un rato los peces boquiabiertos y luego nos sentamos en un banco. Me habló de cosas que no recuerdo. Terminamos en un café de la avenida Las Heras, más acorde con mis gustos, entre los cuales estanques, peces, plantas muy cuidadas, no se cuentan. Pero entreví esa mañana la rara sustancia de aquel hombre. Un equilibrio que buscó con paciencia y coraje de samurai. Una vuelta de tuerca que hiciese innecesarias comparaciones y metáforas. Una lengua natural. Adúriz trabajó la mitad de su vida metiendo en formas clásicas imágenes visuales crudamente cotidianas; relacionando el mito con el vivir común, con la aspereza y la desolada vulgaridad de las cosas. Es ilustrativo, además de genial, en ese sentido el verso que aquí cito: Ícaro ciego muerde los ravioles (“Sobremesa del mito"), compañero de aquel otro: El pío Eneas rema sin sentido ("Motivos de una u...

Una versión de Pound / The Beautiful Toilet

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Los poemas de Cathay (1915), versiones reputadas de libérrimas de poemas chinos al inglés por parte de Ezra Pound, fueron motivo de controversias y aun de befas contra el autor; de modo que no agregamos nada nuevo con la versión al castellano publicada en este blog de "The beautiful toilet" *, de Mei Sheng, último de los giros posibles para nosotros en este juego de espejos (hay que decir que Pound se basó en notas de Ernest Fenollosa para realizar ese puñado de poemas, en su mayor parte, de Li Po, presentado aquí con su nombre en japonés, Rihaku). La primera dificultad aparece en el título que Pound eligió para el poema. Las versiones al castellano que he visto traducen en la cuarta o quinta acepción de la palabra toilet en inglés: tocado, arreglo. Me pareció pertinente traducir en la segunda o tercera acepción, baño en el sentido de acción de bañarse, simplemente porque nada hay que justifique la elección de "tocado". Pound ha aludido probablemente a "...

Cenicienta

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Se le dieron vueltas al asunto pero no las suficientes: la poesía es, como suele decirse, la Cenicienta de las letras. Esto indigna a los poetas modernos, pero hubiera llenado de emoción a los del siglo XIX. La Cenicienta permanece en los últimos estantes de las librerías -los más altos o los más bajos- por tiempo perpetuo. Desde allá mira cómo se van, bajo el brazo de apurados clientes, los libros de la mesa de novedades. La Cenicienta es menos que la Cenicienta: está condenada a dormir en los rincones y vestir con la digna modestia con que la publican a veces sus editores, pero no sirve ni siquiera para limpiar. Nadie la lleva. Sus hojas no alcanzan para hacer manojos con que lustrar los vidrios o encender el fuego de un asado. Es una Cenicienta frustrada incluso en su destino de servidumbre. Ahora bien, la Cenicienta algunas veces recibe el toque mágico de un hada y se convierte, o mejor dicho, se viste, de un halo de belleza. No es que la belleza no estuviera en la inspiración...

Ironía y traducción

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Mi amiga Gabriela Cabezón Cámara solicitó en Facebook [2012] títulos de cuentos que trascurren en ambientes únicos y cerrados. Quien esté o quiera asociarse a FB puede consultar la larga lista que le propusieron. Alguien, por alguna razón, recomendó "El jorobadito" de Roberto Arlt. Y yo comenté de inmediato algo así como "claro, 'El jorobadito'", por mostrarme nacional (yo había recomendado "La pata del mono", de W.W. Jacobs). Entonces recordé que "El jorobadito" no ocurre, en rigor, en un solo escenario, aunque el escenario decisivo y el que yo memorizaba es la sala de una casa de la mediana burguesía porteña. No quise corregir el error en el FB de Gabriela. Me puse a leer de nuevo "El jorobadito" y me divertí con él como no me había divertido cuando lo leí por primera vez a los 16 años, una edad que no parece ideal para leer "El jorobadito". Supe al rato el porqué de mi regocijo. Sabrán todos que Arlt está rep...

No llores por mí, París

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El incendio de Notre Dame destruye, yo creo que para siempre, el sueño parisino que parecía eterno de una ciudad del siglo XX funcionando en una ciudad medieval. Una ciudad de todos los tiempos. Y en suma una ciudad indestructible. - Los romanos solo tienen la ruinas del Coliseo y del Foro, y no lloran por ello -. Durante mucho tiempo, a fuer de sincero, creí que ese ensueño parisino era cierto: en las mismas piedras se habían apoyado peregrinos del siglo XII, espadachines de los siglos XVI y XVII, cónsules, monjes, cortesanas, pintores, Hemingway y el Olivera de Cortázar, Sartre, Juliette Gréco, Charles Parker, y quién sabe quiénes y cuántos más en el pasado, en los próximos siglos y mientras durara el mundo. En las mismas piedras. Exactamente. Yo, que creí de verdad en eso, que me pellizqué cuando pisé por primera vez los adoquines de Montmartre al salir de la Gare du Nord, vi con el tiempo que París se me convertía en una caja de postales, mientras otras ciudades crecían en pe...