Una mañana en el jardín japonés
Cierta vez, Javier Adúriz me dio cita en el jardín japonés de Palermo.
Una mañana. Recuerdo que miramos un rato los peces boquiabiertos y luego nos
sentamos en un banco. Me habló de cosas que no recuerdo. Terminamos en un café
de la avenida Las Heras, más acorde con mis gustos, entre los cuales estanques,
peces, plantas muy cuidadas, no se cuentan. Pero entreví esa mañana la rara
sustancia de aquel hombre. Un equilibrio que buscó con paciencia y coraje de
samurai. Una vuelta de tuerca que hiciese innecesarias comparaciones y
metáforas. Una lengua natural.
Adúriz trabajó la mitad de su vida metiendo en formas clásicas imágenes
visuales crudamente cotidianas; relacionando el mito con el vivir común, con la
aspereza y la desolada vulgaridad de las cosas. Es ilustrativo, además de
genial, en ese sentido el verso que aquí cito:
Ícaro ciego muerde los ravioles
(“Sobremesa del mito"),
compañero de aquel otro:
El pío Eneas rema sin sentido
("Motivos de una urna"),
ambos de Égloga brusca
(1993). La otra mitad de su vida este trabajo fue más sistemático y apuntó más
directamente a su objetivo principal: la lengua que dice las cosas tal cual
son. Creo que a comienzos de los 2000 estaba de lleno en eso. Su poesía, en
la que siempre se puede advertir la manía métrica de su origen
"clásico", se había hecho aún más burlona por momentos, y por
momentos francamente histriónica (y la leía en público de modo histriónico),
pero también abismal. Ejemplo de aquellos poemas teatrales es el inolvidable
"Un suponer", de La verdad se
mueve (2008), evocación de un diálogo imaginario a bordo de una galera en
Barranca Yaco, entre Facundo Quiroga y su secretario, José Santos Ortíz,
interrumpido por los gritos al postillón. "Cada lágrima suya / trabaja la
risa del enemigo", dice el protagonista de ese poema. Pero, en ese mismo
libro, discreto, sutil, y como siempre áspero, Adúriz dio la clave de su
poética, o una de sus claves:
Prestá atención. Detrás del ruido
se ve el nacimiento rudo de las
cosas,
eso íntimo, desesperado, casi,
casi
enorme en su notoria nimiedad.
("¿Oís el río?")
El poema que contiene estos cuatro versos decisivos se cierra con una
broma ácida y amigable, como muchas de las que solía hacer, con aquella risa
gozosa suya que impedía cualquier agravio:
¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito
que me pongas esa cara de
tintorero
feliz. Dejate ir nomás, un poco.
¿O vinimos nada más que para
esto?
Este último verso explicó para mí ese encuentro-desencuentro en el
jardín japonés, dicho sea de paso.
La verdad se mueve, Esto es así (2009) y Los nada (2011) son tremendos
testimonios de la lucha formal y conceptual de aquel demonio ilustrado o ángel
arrasador que fue Javier, el poeta. Son a mi juicio libros constitutivos, por
fin (¡30 años después!), de una generación, la de los setenta. No existía antes
de ellos. Era un concepto desordenado, vago, confuso: ¿qué era la
"generación de los setenta"? Nada demasiado concreto. No era ni
vanguardia ni coloquialismo ni hermetismo ni regreso a las formas:
Javier iluminó con esos tres libros los del resto de sus compañeros
generacionales. El mismo debate y la misma convivencia de formas y deformidades,
de prosa y lírica, de vulgaridad y civismo, se había dado en ellos.
Cuando Javier murió, escribí en una breve necrológica: "Aquel
entusiasmo suyo tenía algo de sagrado y cristiano: era tan puro como su
instintiva piedad, su religión de la verdad, de la fraternidad posible, de
celebración del mundo in extremis .
Esa veta atravesaba también sus libros, con dureza de realidad y dureza,
asimismo, de fe." Me faltó agregar a esta descripción que estuvo siempre
en brega por "los nada", seres que nada exigen, que son, en general,
nada. A ellos alude en uno de sus mejores poemas, el que inicia justamente Los nada: "671, Aníbal":
"Animales turbios de materia miserable"; un descenso a sí mismo que
inicia como un buzo.
Cuando definió el "posclásico", lo hizo de esta manera:
"… una aleación, una vanguardia mestiza, que aprovecha de lo clásico un
peculiar sentido del lenguaje, que va a derivar en una suerte de foco
productivo; y de la vanguardia, el ADN de la libertad, esto es, cuando se
concibe la escritura con una cabeza volada como núcleo fundante."
Aludía sobre todo a lo formal, me parece, pero también a una ética, a
un nuevo cuño de la poesía: el de quien, mirándolo todo, es más bien nada.
Aquellos, él sobre todo, que unen lo "bajo" y lo "alto" no
en una cuestión de lenguaje solamente.
Jorge Aulicino
Mayo, 2015
Para la revista La Guacha, en 2015
Imagen: Javier Adúriz en Grafiti
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