La poesía como servicio

Degradada o engrandecida por el uso, la palabra servicio tal vez sirva -tal su misión- para definir qué tipo de prestación otorga la poesía, o para quién conspira, o qué cosas pone a nuestros pies. Fue "servicio" una palabra noble. Indicaba aquello que se hacía desinteresadamente, incluso cuando se estaba al servicio de alguien. Servir en un ejército, servir a un señor, tenían algo de grandeza.

El poder del servicio era tal que los antiguos poetas no creían siquiera en que lo estuvieran prestando. Todo el mérito era de la musa. El poema fundacional de la poesía del llamado Occidente, La Ilíada, comienza con una invocación que algunos tomaron como mera fórmula: "Canta, ¡oh diosa!". En verdad, Homero, o quienes hayan primero dicho, luego escrito, aquellos versos, no eran ateos y la invocación era real, era creída, era de fe: se invocaba a la diosa para que cantase a través del poeta. Esta presencia de lo numinoso en el canto, advertida por el teólogo Rudolf Otto en sus obras sobre lo sagrado, casi siempre pasa inadvertida, hoy día. Debemos al romanticismo la idea del poeta como creador, y al romanticismo, entonces, la necesidad de establecer cuánto de propio y cuánto de ajeno, de alteridad, de sagrado, hay en un texto cuya finalidad o composición es decididamente artística.

Si el romanticismo no hubiese instalado la idea de creador, y todas las que le son afines o subalternas, como la de originalidad, autenticidad, estilo, no nos veríamos en la necesidad de reflexionar cada tanto acerca de la utilidad de la poesía. ¿Se preguntarían los poetas de la edad heroica acerca de su servicio, esto es, acerca de la utilidad de la poesía? Podemos sospechar que no. Ni siquiera deben de haberse hecho esta pregunta los poetas de la edad dorada de Atenas, cuando ya los autores ambicionaban el laurel que premia la obra personal. No obstante, aquella premiación era al autor y a la voz, porque aun se tenía lo cantado, seguramente, como acción y efecto de lo numinoso. Cierto que ya despuntaba la fábula con moraleja- con fines didácticos y civiles-; la tragedia misma tenía un visible motor moralizador. En todo caso, esa función pública no era cuestionada o interrogada: no cabían dudas acerca de cuál era el destino y la utilidad de la poesía.

El tremendo laicismo de la vida contemporánea, unido al pragmatismo, corroerían rápido toda certeza, tanto en lo numinoso cuanto en lo civil, en menos de dos siglos.

¿Quién pregunta hoy qué servicio presta la poesía, para qué sirve? La pregunta se repite en las entrevistas a poetas. Pero lo pregunta en primer lugar el autor, cuyo puesto vacila. Si le han dicho que no hay dioses, por un lado, y si, por el otro, es fácilmente comprobable que la poesía apenas incide en los acontecimientos que interesan a la plebe, y que en verdad la afectan en su vida cotidiana, ¿cómo no interrogarse acerca de un trabajo por lo demás no remunerado, mal remunerado o raramente remunerado? Trabajo que, sin embargo, no pueden, o no quieren, dejar de realizar.

Los servicios han pasado a ser una rama de la economía. La amplia rama, a su vez ramificada, de los bancos, las empresas que proveen energía, la computación, la limpieza urbana, el transporte, el mantenimiento de edificios y plantas fabriles, plazas, calles e instalaciones; el correo, el delivery, y un sinfín de actividades más que hacen posible la industria y el comercio. Propongo que allí instalemos a la poesía provisoriamente. Me dirán, ¿cómo, si nadie la requiere? Hay un mínimo de gente que sin embargo la lee. Pongamos entonces que el esfuerzo de hacerlo es su pago (se verá enseguida por qué). Pongamos también que de todos modos es una actividad de "nicho", según el concepto es usado en el mercadeo: demanda restringida, con pocas posibilidades de crecimiento más allá de un cierto límite.

Por alguna razón que no podremos nunca desentrañar del todo hay gente que va a la poesía, así como va al teatro. Esto es, guiada por un furor santo. Pueden leer con calma, ponerse el saco para salir, conversar en la vereda de un recital o de una función teatral, pero esa gente ha sido, de alguna manera, poseída. Y ha pagado por ello, mucho o poco. Pero si en el teatro tal posesión reclama no sé qué satisfacción, una plenitud que, cuando no es lograda, produce ira y protestas en la platea, en la poesía, en cambio, se paga de otra forma, aunque se compre el libro o se abone un trago en una velada poética. Se paga con el terrible esfuerzo de penetrar un mundo alterno, y con el intento de comprenderlo, que nunca será logrado. La música y el teatro pueden satisfacer al sujeto y aplacar su furor santo. La poesía, en cambio, lo aumenta, y es por eso, creo yo, no por otra cosa, que el público de la poesía, los poetas incluidos, se resisten a pagar por un libro, a abonar una entrada a un recital. Se esfuerzan por entender algo que les es completamente hostil.

De todos modos el poeta está ahí, ofreciendo su servicio gratuito. Porque se sabe a la vez portador y autor, y porque ambiciona morder algo de la gloria que en verdad corresponde a la diosa. Así pues, en este mundo vertiginosamente comunicado por los medios digitales, el poeta viene a prestar algo así como un servicio de prensa; y los poemas, diseminados por las redes digitales, son el spam de lo sagrado.

En cuanto a los servicios de espionaje, llamados "de inteligencia", también el poeta milita en ellos. Gratis. Y siempre en función de oír y reproducir aquello que la diosa canta.

Es, creo, todo lo que puede decirse al respecto.

© Jorge Aulicino
Periódico de Poesía de la UNAM
Enero 2016


Comentarios