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El poeta de los hombres efímeros

Clarín, 4.12.1999

La impronta de Cadícamo es inconfundible. Sus letras aluden al mundo de la pasión fugaz, el cabaré, la noche. Descorren las cortinas de una atmósfera secreta donde susurraban las promesas. Mundo nocturno que trasmitía gloria. El cielo del suburbio, el edén perdido del arrabal, se había traslado al Centro. Y era otro edén, riesgoso. Una suntuosidad que se sostiene en su propia exageración recorre los tangos del maestro. Se habla en ellos de boca roja y oferente, de fino bacarat, de eléctrico ardor, de rosas muertas; de lluvia detrás de los cristales, champán, adioses inteligentes, fuego en la respiración. Toda esta poesía ornamental era heredera de Rubén Darío. Un mismo trazo la une sin duda con la de Sandro (tu boca, sensual, peligrosa es un verso que pudo haber escrito Cadícamo, adaptando a su vez al Darío de las lacerantes risas de oro de las marquesas). Cuando Cadícamo -su personaje- regresa al barrio, del que se alejó por locuras juveniles, la falta de consejo, …

La segunda caída del Muro de Berlín

Radio Roma

Edgar Bayley, un poeta para las cosas que se desvanecen

Aguirre

¿Qué es, después de todo, una noche?

El Sacrificio según Beatriz