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Una versión de Pound / The Beautiful Toilet

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Los poemas de Cathay (1915), versiones reputadas de libérrimas de poemas chinos al inglés por parte de Ezra Pound, fueron motivo de controversias y aun de befas contra el autor; de modo que no agregamos nada nuevo con la versión al castellano publicada en este blog de "The beautiful toilet" *, de Mei Sheng, último de los giros posibles para nosotros en este juego de espejos (hay que decir que Pound se basó en notas de Ernest Fenollosa para realizar ese puñado de poemas, en su mayor parte, de Li Po, presentado aquí con su nombre en japonés, Rihaku). La primera dificultad aparece en el título que Pound eligió para el poema. Las versiones al castellano que he visto traducen en la cuarta o quinta acepción de la palabra toilet en inglés: tocado, arreglo. Me pareció pertinente traducir en la segunda o tercera acepción, baño en el sentido de acción de bañarse, simplemente porque nada hay que justifique la elección de "tocado". Pound ha aludido probablemente a "...

Cenicienta

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Se le dieron vueltas al asunto pero no las suficientes: la poesía es, como suele decirse, la Cenicienta de las letras. Esto indigna a los poetas modernos, pero hubiera llenado de emoción a los del siglo XIX. La Cenicienta permanece en los últimos estantes de las librerías -los más altos o los más bajos- por tiempo perpetuo. Desde allá mira cómo se van, bajo el brazo de apurados clientes, los libros de la mesa de novedades. La Cenicienta es menos que la Cenicienta: está condenada a dormir en los rincones y vestir con la digna modestia con que la publican a veces sus editores, pero no sirve ni siquiera para limpiar. Nadie la lleva. Sus hojas no alcanzan para hacer manojos con que lustrar los vidrios o encender el fuego de un asado. Es una Cenicienta frustrada incluso en su destino de servidumbre. Ahora bien, la Cenicienta algunas veces recibe el toque mágico de un hada y se convierte, o mejor dicho, se viste, de un halo de belleza. No es que la belleza no estuviera en la inspiración...

Ironía y traducción

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Mi amiga Gabriela Cabezón Cámara solicitó en Facebook [2012] títulos de cuentos que trascurren en ambientes únicos y cerrados. Quien esté o quiera asociarse a FB puede consultar la larga lista que le propusieron. Alguien, por alguna razón, recomendó "El jorobadito" de Roberto Arlt. Y yo comenté de inmediato algo así como "claro, 'El jorobadito'", por mostrarme nacional (yo había recomendado "La pata del mono", de W.W. Jacobs). Entonces recordé que "El jorobadito" no ocurre, en rigor, en un solo escenario, aunque el escenario decisivo y el que yo memorizaba es la sala de una casa de la mediana burguesía porteña. No quise corregir el error en el FB de Gabriela. Me puse a leer de nuevo "El jorobadito" y me divertí con él como no me había divertido cuando lo leí por primera vez a los 16 años, una edad que no parece ideal para leer "El jorobadito". Supe al rato el porqué de mi regocijo. Sabrán todos que Arlt está rep...

No llores por mí, París

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El incendio de Notre Dame destruye, yo creo que para siempre, el sueño parisino que parecía eterno de una ciudad del siglo XX funcionando en una ciudad medieval. Una ciudad de todos los tiempos. Y en suma una ciudad indestructible. - Los romanos solo tienen la ruinas del Coliseo y del Foro, y no lloran por ello -. Durante mucho tiempo, a fuer de sincero, creí que ese ensueño parisino era cierto: en las mismas piedras se habían apoyado peregrinos del siglo XII, espadachines de los siglos XVI y XVII, cónsules, monjes, cortesanas, pintores, Hemingway y el Olivera de Cortázar, Sartre, Juliette Gréco, Charles Parker, y quién sabe quiénes y cuántos más en el pasado, en los próximos siglos y mientras durara el mundo. En las mismas piedras. Exactamente. Yo, que creí de verdad en eso, que me pellizqué cuando pisé por primera vez los adoquines de Montmartre al salir de la Gare du Nord, vi con el tiempo que París se me convertía en una caja de postales, mientras otras ciudades crecían en pe...

Los lobos lucanos y el espíritu de la lengua

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Tuve noción de que la traducción es necesaria a la edad de catorce años al terminar el primer año de la secundaria, cuando vi el 10 final con que me había premiado mi profesora de francés. Era una mujer encantadora pero no recuerdo ni uno de sus rasgos, excepto que era, in toto , una señora elegante. Antes de seguir, tengo que aclarar que no aprendí mucho francés nunca, pero a mi profesora le gustaba mi pronunciación. Y entonces debo aclarar también que a mí me fascinaba la suya, de modo que, me temo, allí se había producido algún juego de espejos. Una vez le pregunté por qué los argentinos –en ese momento no sabía que los anglosajones también podían hacerlo– citaban tanto en francés. ¿No podían citar en castellano? No conocía aún la palabra adecuada para definir esa elusión de nuestro idioma, pero tenía, tal como ahora tengo de la profesora, una impresión en conjunto. Aquello me chocaba. No hubiese podido decir que era snob, pues nunca había leído o escuchado ese término. ...

Lo sagrado y lo profano

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Una percepción sagrada del mundo humano le permitió a Pier Paolo Pasolini (1922-1975) convertirse en el mejor crítico de las grandes instituciones de su tiempo en Italia: el Partido Comunista y la Iglesia Católica. Pero por sobre ellos, vio lo que llamó "el más represivo de los totalitarismos", la sociedad de consumo, una cultura unificadora universal. Esta visión crítica, de la que se nutre su poesía, tenía en cuenta sin embargo una segunda fuente: el impacto de ese mundo en las raíces emocionales del autor, en su percepción de un universo atávico e irracional, el mundo del mito, redefinido por Cesare Pavese en la década de los años treinta del siglo pasado. Sin esta base, la poesía urgente de Pasolini acaso no hubiese perdurado. Y de hecho, toda la polémica que hizo pivote sobre su obra literaria, no hubiese tenido sentido, puesto que lo que se puso en cuestión fue precisamente una especie de obsesión pasoliniana en el universo no histórico, que perduraba en el subpro...

La persistencia de Pavese

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Cuando se cumplieron 100 años del nacimiento de Cesare Pavese en 2008, un diario español tituló su nota de recordación “¿Qué queda de Pavese?”. Creo que no había intención peyorativa en la pregunta pero me sonó como si se abriera un ataúd para ver los restos de un deudo al que hay que transferir de la tierra a un nicho. Pavese hizo –en la década de los años 30 cuando escribió su libro Trabajar cansa – un aporte fundamental a un nuevo realismo: logró que la anécdota hablara más allá de ella misma. Contó una localidad del Piamonte y también los mitos que encerraba. El procedimiento para hacerlo no se ve a simple vista, pero su resultado se impone al oído y a la vista. Trabajar cansa salió acompañado de dos ensayos, uno referido a la gestación del libro y sus problemas, el otro referido a un plan futuro. Años más tarde, en el ’43, Pavese propone en otro ensayo, “Del mito, el símbolo y otras cosas”, la tarea principal de su literatura: “reducir a claridad los mitos”. El primer en...