Lo sagrado y lo profano

Pier Paolo Pasolini como discípulo del Giotto
en su propio film "El Decamerón", de 1971

Una percepción sagrada del mundo humano le permitió a Pier Paolo Pasolini (1922-1975) convertirse en el mejor crítico de las grandes instituciones de su tiempo en Italia: el Partido Comunista y la Iglesia Católica. Pero por sobre ellos, vio lo que llamó "el más represivo de los totalitarismos", la sociedad de consumo, una cultura unificadora universal. Esta visión crítica, de la que se nutre su poesía, tenía en cuenta sin embargo una segunda fuente: el impacto de ese mundo en las raíces emocionales del autor, en su percepción de un universo atávico e irracional, el mundo del mito, redefinido por Cesare Pavese en la década de los años treinta del siglo pasado. Sin esta base, la poesía urgente de Pasolini acaso no hubiese perdurado. Y de hecho, toda la polémica que hizo pivote sobre su obra literaria, no hubiese tenido sentido, puesto que lo que se puso en cuestión fue precisamente una especie de obsesión pasoliniana en el universo no histórico, que perduraba en el subproletariado urbano, ni institucional ni clasista.

Pasolini murió asesinado en 1975 en el balneario popular de Ostia, cercano a Roma. Fue un final sórdido para una vida que supo sustraer la pobreza y la marginalidad de su negra violencia, a la vez que dotaba su descarnado paisaje y su pasión de un aura sagrada. Sus figuras más queridas parecían por momentos sacadas de un cuadro de Caravaggio, rústicas pero tocadas por una luz sobrenatural. En ese mundo de fealdad angélica no parecía existir el odio, la vejación y el desprecio. El crimen era allí primordial, adánico, y, la picardía, un extraordinario corte de manga a la suerte.

Pasolini pudo hacer una crítica certera de la evolución de la sociedad burguesa en su patria, del movimiento obrero organizado y de la religión oficial, precisamente porque su Arcadia se alejaba cada vez más de todo eso. Crispado, pero sobre todo melancólico, contempló el arrollador triunfo del capitalismo en la posguerra -aquellos treinta años dorados, producto del plan Marshall-, el hundimiento de los contenidos ideológicos de la religión y la política, el advenimiento de una sociedad en la que se borraban los límites culturales de clase. Hacia el final de su vida, contestó de este modo la crítica de Italo Calvino: "Que yo añore o deje de añorar el mundo campesino es asunto mío. Lo que no impide que yo ejerza mi crítica al mundo actual, pudiendo hacerlo más lúcidamente al sentirme desvinculado y al aceptar sólo estoicamente vivir en él". El "mundo actual" se le aparecía, en 1974, sometido a un "modelo cultural" que dominaba el cuerpo y el comportamiento y que era el mismo para los italianos y para "todos los demás hombres del globo". Era aquello que hoy llamamos globalización.

Provenía de lo que pensó era "un producto de la Unidad de Italia": "Mi padre procedía de una antigua familia noble de la Romaña; mi madre, en cambio, viene de una familia de campesinos friulanos que con el tiempo, poquito a poco, han subido a la categoría pequeño burguesa".

"Mi madre era como Sócrates para mí. Tenía, y tiene, una visión del mundo sin duda idealista e idealizada. Ella cree de verdad en el heroísmo, en la caridad, en la piedad, en la generosidad. Yo he absorbido todo eso de manera casi patológica", dijo en 1971, en una entrevista con Darcia Maraini para Vogue. Su formación estuvo ligada a las ciudades del norte de Italia por las que deambuló con su familia, pero especialmente a Casarsa, donde se casaron sus padres. El Friuli fue tan decisivo en esa formación suya como la Universidad de Boloña. Aprendió friulano y escribió poesía dialectal. El Friuli, al cabo, fue la causa de la muerte de su hermano Guido, tres años menor. Guido había ingresado a la resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial. Los partisanos que combatían en el norte del país se enfrentaron y Guido murió en una indigna matanza perpetrada por los comunistas entre sus camaradas de armas. Sin embargo, después de tan violento golpe, Pier Paolo ingresó al Partido Comunista, en el que no permanecería demasiado. Investigado por supuesta corrupción de menores, se refugió con su madre en los suburbios de Roma, en el Trastevere. En ese Purgatorio pasó años duros, pero en poco tiempo escribió la parte central de su obra literaria. En 1957 publicó los poemas de Las cenizas de Gramsci y al año siguiente El ruiseñor de la Iglesia Católica. En 1960, aparecieron los ensayos Pasión e ideología y, en 1961, otro libro de versos, La religión de mi tiempo. Había tenido ya cierto éxito literario con las novelas Muchachos de la calle y Una vida violenta. En 1964, edita Poesía en forma de rosa. Siguió una conocida y exitosa carrera en el cine.

Pasolini escribió en formas métricas clásicas o con lenguaje natural y coloquial en versos libres sobre las más diversas cuestiones, líricas e ideológicas, lo que guarda relación con su visión total del fenómeno literario y social: "La ideología política es la marxista, pero la ideología estética proviene de la experiencia decadentista aunque profundamente modificada, y arrastra consigo los restos de una cultura superada: evangelismo, humanitarismo", se definió en 1961. Pasolini creía entonces. Su base católica le impedía concebir un mundo no trascendente. Era poeta: "He vivido dentro de una lírica, como todo obseso".

Nada le parecía más vacío que un comunista europeo. La revolución había fracasado para él ya en los cincuenta. Sin embargo, terminó interrogándose sobre la posibilidad de que funcionen estos dos opuestos: transhumanar y organizar. El primer término, explicó, es el que Dante Alighieri utiliza para designar lo inefable de la ascesis mística (trascender lo humano); el segundo es "evidentemente su reverso". "Me siento cada vez más fascinado por la alianza ejemplar que pudieron realizar los santos más grandes, como San Pablo, entre la vida activa y la vida contemplativa", dijo en una entrevista con Le Monde, cuando apareció precisamente, Transhumanar y organizar, en 1971, cuyo poema central expone las vacilaciones de Pasolini para reintegrarse al PCI. Al mismo tiempo, de la forma neoclásica había pasado a la forma del apunte y el "artefacto" literario.

Para entonces, abominaba del movimiento estudiantil revolucionario (por pequeñoburgués) y se había pronunciado contra el aborto. De la dialéctica gramsciana entre base material y superestructura cultural había pasado a la dinámica que genera una rígida oposición, o al menos una complejísima relación, entre la participación en las instituciones políticas, sociales y religiosas y el pensamiento crítico.

Lo que no había perdido era una simbiosis muy particular de lo objetivo y lo subjetivo; la erudición volcada de modo urgente en el flujo métrico o conversacional; la visión mítica del sexo; su versión de la historia como renovado rito en el que se proyectan figuras arcanas, vivas más allá de la historia; la capacidad de lograr que nada fuera completamente personal y todo lo fuera.

En la preponderancia de lo dionisíaco sobre la forma -donde en cambio habla la decadencia y el fracaso civilizatorio- logró que reverberara el antiguo sol de la carne que se enciende y desaparece en cada acto humano, generación tras generación. Como si ello asegurase la participación de lo antiguo en lo nuevo. La sed de permanencia real.

© Jorge Aulicino - Ediciones en Danza

Prólogo a Nada personal. Poesía política de Pier Paolo Pasolini. Selección, versiones, prólogo y notas de Jorge Aulicino, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016

Comentarios

Entradas populares de este blog

Juan Gelman, la revolución que "podía ser"

La travesía de Dante y la travesía de un traductor

El Sacrificio según Beatriz