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Carissimo Vittorio

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Vittorio se zambulle en la pileta de su solitario jardín en la década de los setenta. Como un flash que titila en la duermevela, la imagen se empeña en decir algo. Es el final de una película — Nos habíamos amado tanto — no es el final de Vittorio; él aún rendirá mucho más. Sin embargo, Vittorio entra al agua como quien entra en la muerte, como quien entra en sí mismo. Vittorio nada ahora en aguas profundas. ¿No estuvo siempre ahí? Haciendo sonar la bocina de Il sorpasso , encabezando una armada de pícaros y alucinados, respirando en ciertos caminos del más allá el perfume de mujer, va ahora definitivamente al encuentro de alguna verdad. Aquí, en la tierra, ya ha sembrado lo suficiente. Sus imágenes componen un único personaje cuyas raíces se hunden en el Renacimiento. Hay motivos de sobra, parece, para considerarlo un gran actor. Sobran otras razones para intuirlo como esos productos genéticos de una especie de teatro natural: el teatro de la historia, el escenario de la cultura....

Impersonalidad

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Una aproximación nada más que intuitiva relacionaría el canto con  la impersonalidad, en el sentido estricto del término. No hay sin embargo una palabra que haya generado mayores resistencias en los lectores de poesía en el siglo XX, o al menos en la segunda mitad de ese siglo. Casi siempre, en ese círculo, la impersonalidad se menciona en un sentido más bien peyorativo, como al "hermetismo". El rechazo se pude relacionar con la influencia que aún mantiene la herencia romántica. Impersonalidad significaría falta de sentimiento; y  en nuestro escenario literario, ocupado durante algunas décadas por el épico debate entre la "sangre" y la "tinta",  la impersonalidad fue quedando del lado de la tinta, unida al hermetismo y al intelectualismo.   La impersonalidad parece relacionarse de manera natural  con el canto. Y, por extensión, con el arte.  Quiero decir: cuando la criatura humana descubrió que había en la materia sonidos que provocaban plac...

La revolución y la muerte

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Orihuela no es una aldea. Es una ciudad en la que la casa de su ilustre hijo Miguel Hernández se conserva tal vez tal cual era, no lejos del centro. Una autopista une el pueblo con Alicante, en la costa azul del Mediterráneo. Y en un auto que recorría esa autopista, tres visitantes ilustrados discutían un tema acaso algo trivial, hace de esto un año [2009-2010]. Roberto Alifano sostenía que Miguel Hernández mal puede ser recordado como aquél “pastor de Orihuela”, ya que era el hijo de un propietario medianamente acomodado. Antonio Requeni, que esa misma noche daría una conferencia brillante sobre Hernández en el casino de Orihuela, se negaba a admitirlo. Quien escribe estas líneas, intentando ser salomónico, terciaba con que “pastor”, en el sentido literal de la palabra, lo fue, puesto que llevaba a pastar el ganado de su padre. Y que ni los pantalones de pana ni las alpargatas eran un look escogido, sino el atuendo real de Hernández, el único del que disponía cuando se reunía co...

Mario Morales o el neorromanticismo inexistente

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Es muy difícil pensar, después de recorrer la antología La distancia infinita , de Mario Morales (FCE, 2012), que el segundo neorromanticismo argentino haya existido alguna vez. Se podría argüir que Morales no es el neorromanticismo, así como Luis XIV era efectivamente el Estado, pero lo que resultaba evidente en algunos de los integrantes del grupo Ultimo Reino, surgido a su amparo con el primer número de la revista homónima, a fines de 1979, en Morales es flagrante: el canto de Morales está atravesado de vanguardia, de conversacionismo, de una estrecha relación de lenguajes sublimes y prosaicos. Una huella evidente, mitigada por la sed comunicacional de Morales, es la de los Cantos o Cantares de Ezra Pound: considerada en su totalidad, esta antología es una serie de cantos fragmentados. Pero la práctica de la fragmentación es distinta. No surge del material, como en Pound, sino de la inasible posibilidad de cerrar el discurso. Morales hace un esfuerzo que deviene caótico en s...

Rembrandt, el oscuro

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Rembrandt Harmenszoon van Rijn fue un pintor entre dos mundos, en más de un sentido. Su pintura sostuvo ante la vista en un solo acto la textura del universo cotidiano y la luz y la sombra de un océano cósmico. Asimismo su vida fue minada por el escándalo y por el nuevo gusto burgués, academicista y pretencioso, que no pudo ni quiso aceptar. Su vida y su obra se mueven entre la claridad y las tinieblas. Pero más exactamente entre una fugacidad resplandeciente y la grandeza trascendente incluidas en su genio abarcador e intimista. Europa celebra en Rembrandt este año [2006] no se sabe bien qué. Al maestro del claroscuro, por un lado; al supuesto transgresor; al que hizo del lenguaje pictórico una forma de realidad-irrealidad que permitió la existencia de otros pintores europeos, Delacroix, Goya y Francis Bacon entre ellos (Rembrandt pintó un buey desollado antes de que Bacon pintara sus famosas reses abiertas; y con colores que le anteceden). Rembrandt fue natural y sobrenatural...

Bacon, lo sagrado y lo profano

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En el Museo Maillol de París, y hasta el 15 de agosto [de 2006], se exponen [expusieron] cuadros de Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992), bajo el título de “Lo sagrado y lo profano”. Título que viene de un complicado análisis de Michael Peppiatt, uno de los especialistas en Bacon, cuya obra no plantea a simple vista una cuestión como la que propone Peppiatt. Es cierto que Bacon ha pintado la Crucifixión; también lo es que la figura del papa Inocencio X, retratado a su vez por Diego Velázquez en 1650, fue casi una obsesión para él. Sin embargo, la primera aproximación a Bacon (muchos podrían hacerla si pudieran viajar a París) es la del uso del color y la vertiginosa disolución del cuerpo humano. Este es el tema. ¿Cómo dejarlo de lado? Bacon es un pintor moderno consagrado, el único a quien respeta el Guasón interpretado por Jack Nicholson en el filme Batman , de Tim Burton, cuando destruye con sádica delectación las obras de una galería de arte. Es una escena humorística, p...

Mérito y sacrificio

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Entre fines de los 70 y comienzos de los 80 del siglo pasado, Manuel Pampín publicó en Corregidor en cuatro tomos la Obra poética de Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991). Fue esto un punto culminante de la valoración de Girri en círculos lejanos al manípulo de Victoria Ocampo y del antiguo suplemento de La Nación. Sus relaciones habían ubicado a Girri en el campo de lo que, en las turbulentas décadas de los sesenta y setenta, se llamaba “cultura oficial”.* Movimientos tendientes a ubicar con mayor equidad y justicia al autor fueron el reportaje que en 1976, en el último número de la revista de izquierda Crisis, publicó Santiago Kovadloff. En 1983, Pablo Ananías entrevistó a Girri para el diario Tiempo Argentino, cuyo suplemento cultural tuvo prestigio en los primeros ochenta. En 1985, quien escribe estas líneas le hizo un reportaje para Clarín Cultura y Nación. Un año antes de la muerte de Girri, junto con Daniel Freidemberg, lo entrevistó para el Diario de Poesía. Esto signific...