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Quite el psicoanálisis sus sucias manos...



Miércoles 02 de Enero de 2008
La noche de Año Nuevo hubo un pequeño jaleo en mi casa en torno a las interpretaciones psicoanalíticas de los famosos heterónomos o heterónimos de Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935). Creo que así como el Edipo de Sófocles ha ejemplificado el incesto, para el psicoanálisis otros episodios literarios son ejemplares, respecto de la teoría de Freud. Pero Pessoa ha sido un hombre de carne y hueso. No sabemos mucho sobre su salud mental, pero algo sabemos sobre el modo en que concibió sus heterónomos. No hay razón para no creerle, aunque sea él mismo la fuente. Anota Rodolfo Alonso en el prólogo a su antología de Pessoa, publicada en 1972: “Dice Pessoa en su ya famosa ‘Carta sobre la Génesis de los heterónimos’: ‘No podrá decirse que son anónimos o seudónimos, pues en realidad no lo son. La obra seudónima es la del autor en su personalidad, salvo en el nombre con que firma; la heterónima es del autor fuera de su personalidad, es la de una individualidad completa fabricada por él, como si fueran los parlamentos de cualquier personaje de cualquier drama suyo…’”.
Fuera de que la suerte (¿o la obra del Inconsciente luego?) quiso que Pessoa signifique persona, y que en esta palabra, aunque usada hoy con sentido inequívoco de individuo, resuene aún su sentido originario de “máscara”, Pessoa alega haber fabricado sus múltiples “personalidades” como un aplicado dramaturgo. ¿Condicionado por el apellido, de todos modos? ¿O un hado que tira las suertes decidió que así fuera? ¿Qué diferencia en creer en el Hado o en el Inconsciente?
El más popular, y quizá el más patético poema de Pessoa es “Tabaquería”, atribuido a su heterónomo Alvaro de Campos (en él puso Pessoa “toda la emoción que no debo ni a mí ni a mi vida”). Lo menciono por dos cosas: la versión que mayormente se encuentra en Internet no es la que me parece más acertada y correcta. Ese final -y esta es la segunda razón por la que lo menciono- me parece a mí de una serenidad gloriosa y es sin duda la parte más emocionante, después del viscoso deambular de De Campos, quien habla entre la silla y una ventana, por los páramos de la nada (el poema empieza: No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada). El final, en portugués, dice:

Visto isto, levanto-me da cadeira. Vou à janela.
O homem saiu da Tabacaria (metendo troco na algibeira das calças?)
Ah, conheço-o; é o Esteves sem metafísica.
(O Dono da Tabacaria chegou à porta.)
Como por um instinto divino o Esteves voltou-se e viu-me.
Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo
Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.

La popular versión de Internet debida a José Antonio Llardent, traduce de este modo:

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(el propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!, y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.


La mucho mejor versión de nuestro Rodolfo Alonso [aunque no más sea porque respeta el hecho de que De Campos denomina -y será por algo- al "propietario de la tabaquería" como "Dueño de la Tabaquería", con mayúsculas] dice así:

Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Me dijo adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.


Fernando Pessoa, Poemas. Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1972.

Así pues... quite el psicoánalis sus manos de Pessoa, que si alguien compone con metafísica sus personajes, no parece que esté siquiera cerca de la esquizofrenia.
Los dejo con un homenaje en vida a Alonso: fue precursor en la traducción de Pessoa al castellano, idioma al que tardíamente llegó el -por varios motivos- tan cercano autor portugués.

Jorge Aulicino
El Estante Maldito

Ilustración: Pessoa, Anónimo transparente, Hermenegildo Sábat

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