El encendedor y el alfil / Poesía de autor


Domingo 17 de Febrero de 2008
Dos jugadores de ajedrez están en las instancias finales de una partida. Uno acaba de quitar su vista de las piezas para frotarse los ojos. Ante esa ligera distracción, el otro mueve digamos un alfil y simultáneamente lo reemplaza por un encendedor de plástico. Cuando el primer jugador repara en el cambio, durante un segundo o dos queda desconcertado. Recompone rápidamente el tablero en su mente y entiende qué pieza ha sido reemplazada por el encendedor. No dice nada y sigue jugando, pues para él, el encendedor es un alfil. De pronto, su oponente mueve el encendedor varias casillas en línea recta, como si fuera una torre o la dama. “Eh”, dice el primer jugador. “Usted ha hecho trampa, movió el alfil como si fuera la torre o la dama”. “De ninguna manera”, dice el otro. “No he movido el alfil, he movido el encendedor”. “Caramba”, responde el primero, “ya me parecía a mí que no debía aceptar este encendedor en el juego”. “Pero lo aceptó”, le responde el otro, “y ahora debe jugar según las reglas que le impongo al encendedor”. “Lo observaré entonces con mucho cuidado, a condición de que no lo use para quemar el tablero”, se resigna el primero. “Si quisiera quemar el tablero, mi encendedor no andaría corriendo a través de estas casillas”, le dice el otro jugador, y la partida continúa.
Así pues, el encendedor es un múltiple símbolo -la dama, la torre, el rey, los peones-, sus opciones son muchas, pero están limitadas a las que ofrece el juego de ajedrez. Lo mismo las palabras en los poemas respecto de la sintaxis, la prosodia y los significados.
Si un jugador reemplazara todas las piezas por encendedores, el poema sería imposible. Una arbitrariedad. A menos que los encendedores simularan, como ocurre en muchos poemas anecdóticos, realistas o narrativos, estar diciendo sólo lo que dicen; es decir, jugando cada uno en un rol, con un color distintivo: azules los alfiles, rojos los peones, etc. Advertimos en ese caso que aunque cada encendedor se comporta como una pieza específica, la apariencia del juego es otra. Un nuevo juego se está jugando.


Sábado 16 de Febrero de 2008

La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles ;
L’homme y passe à travers des forêts de symboles
Qui l’observent avec des regards familiers.
Charles Baudelaire. Correspondances. *

Que la poesía es un sistema de relaciones lo había descubierto nuestro ya varias veces mencionado Baudelaire: postbaudeleriana es la percepción de que cada unidad de la poesía, vale decir, cada poema, es un sistema de relaciones. Pavese concebía ese sistema como de “relaciones fantásticas”, un sistema en el que el código que permite tales o cuales relaciones (de palabras estamos hablando) permanece oculto, incluso para quien escribe. Esta invisibilidad del código es lo que le hacía preguntarse a Pavese cuál es el límite de la invención, y señalar que tal pregunta es el punto crítico de cualquier poética (¿por qué una relación más bien que otra?, se preguntaba Pavese; vale decir: ¿qué es lo que justifica tal o cual relación?).
Hasta hoy, ése es el punto crítico de la poesía. Pavese se interpelaba honestamente a sí mismo, pero el sayo le caía también a los surrealistas, o sobre todo a los surrealistas, quienes habían adoptado el estatuto aparentemente “libre” del sueño; la asociación “libre”. Aquello del encuentro “fortuito” del paraguas y la máquina de coser lo repitieron sus epígonos hasta el hartazgo. Como sabrán, se trata de una cita de Conde de Lautrémont adaptada a sus fines: “la poesía es el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”. Claro que “fortuito” no significa “libre”, pero qué más da. Lo que el surrealismo apreciaba en la cita, sin decirlo, era el clima onírico de la frase que no está dado por dos objetos que se encuentran fortuitamente, sino por tres: nada dirían un paraguas y una máquina de coser juntos si no estuvieran sobre una mesa de disección. Así pues, y en el rigor de esta frase vapuleada por el surrealismo epigonal, la poesía no es solo el azar de los sueños, supuesto que los sueños sean azarosos: la poesía es símbolo siempre, como el buen Baudelaire había dicho. Aquellos tres objetos simbolizaban algo, pero no el azar. Y al mismo tiempo tenían consistencia de objetos.
Si hoy se escriben, como ayer, muchos poemas malos, es porque la intuición de esas relaciones ocultas no se tiene, o se tiene escasamente. Se suelen escuchar quejas acerca de un corte violento de la actual “poesía de autor” con toda la tradición de la poesía (valga aclarar: de la poesía moderna). La poesía “de autor” es como toda la actual literatura “de autor”: la presencia de un yo “real”, de un autor “real”, justifica que no exista estatuto, más que el de los hechos “reales” o las invenciones “reales”. Estamos a un paso de la “ciencia de autor”… Lo estamos dando, no quepan dudas. Vamos a la Matriz de Matrix. Ya nadie sabrá quién tiene el código. Y el surrealismo rancio habrá triunfado. Con un ligero agregado: no podrá atribuirse el triunfo, porque realmente no habrá “realidad”. No habrá surrealismo, entonces. Ni, estrictamente, poesía.

* La Naturaleza es un templo cuyos vivientes pilares dejan a veces escapar confusas palabras. El hombre pasa allí a través de bosques de símbolos, que lo observan con miradas familiares. Versión de Ulises Petit de Murat, DINTEL, 1959

Jorge Aulicino
El Estante Maldito

Ilustración: Metamorfosis III (detalle), 1938-1940, M. C. Escher

Comentarios