Aguirre

Rodolfo Alonso, Raúl Gustavo Aguirre, Marta, Ramiro de Casasbellas, Clara Fernández Moreno, Alberto Polat y Juan Carlos Paz,
del grupo de Poesía Buenos Aires, c. 1954.



Periódico de Poesía
, Año 10, n° 107, marzo 2018

No puedo recordar en qué reportaje o libro Raymond Carver contó la primera vez que tuvo contacto con la literatura en su faz de producción. Era repartidor de una farmacia creo y fue a entregar un paquete a una casa en que lo recibió un hombre que vivía rodeado de libros y terminó por regalarle un libro de poesía. Me acuerdo siempre de que Carver habló allí de su sorpresa cuando se enteró de que había gente grande, adulta, que se dedicaba seriamente a escribir. Gente normal, diría yo, ubicada en un sistema de producción, o con apariencia de formar parte de él. Con esto quiero decir que comparto —o hubiese compartido a esa edad— la sorpresa de Carver. El hombre que le pagó la cuenta por aquel paquete no era un excéntrico encerrado en un laboratorio polvoriento en el fondo de una casa descuidada, ni un ermitaño vestido con una tricota deshilachada y una escopeta bajo el brazo.

Cuando tenía dieciocho años publiqué una bochornosa plaqueta de poesía. Mi amigo Pancho Muñoz me dijo que se la enviara a Raúl Gustavo Aguirre, poeta y director de la revista Poesía Buenos Aires, una (ahora) histórica publicación que yo no conocía. Hice lo que me aconsejó Pancho y mientras iba al correo comencé a sentir la extraña sensación que quizá tuvo Carver al entrar a la casa de aquel hombre. Se acentuó definitivamente cuando recibí una carta de Aguirre escrita a máquina y firmada a mano. Entonces... ¿había gente adulta que escribía poesía en casas adultas y con adultas máquinas de escribir? ¿Y esa gente se sentaba cada día frente a una máquina para escribir poemas y responder cartas? El mundo adulto encubría cosas complejas.

Aquella carta significó para mí descubrir que tras los ternos —que aún se usaban— no había tanto aplomo como podría creerse. Los doctores y demás personajes de autoridad, los autocontrolados dueños del mundo, los calmos e indestructibles mayores, seguros de sí mismos, tenían una entrecasa, una pasión, un fallo quizá, fetichismos, debilidades, pérdidas momentáneas de control, vicios, tal vez horrores. Poco duró aquello porque enseguida vino la revolución del informalismo, hippies y militantes políticos que golpeaban bombos y hacían sonar cornetas en las manifestaciones. Saltaban y gritaban. Toda una nueva gestualidad. En aquel entonces no podía imaginarme, francamente, a Sacco y Vanzetti saltando al compás de un bombo. Era joven y militante, pero para mí seguía habiendo cosas que debían hacerse con cierta compostura racional y otras que podían hacerse de entrecasa, con el chaleco desabotonado y la camisa semiarremangada. Tenía muy presente la imagen de uno de mis tíos que cada mañana partía hacia la estación de tren, vestido con su traje, corbata, sobretodo y sombrero, y se iba a trabajar en su taller mecánico. Regresaba al suburbio igualmente vestido, con el diario de la tarde bajo el brazo. Más tarde imaginé su metódico trabajo de quitarse la grasa con nafta o querosene y lavarse enseguida con jabón antes de vestirse para el regreso.

Supe en esa época que Aguirre era un excelente poeta, pero además trabajaba en una gran institución oficial que se llamaba Caja Nacional de Ahorro. Iba allí vestido con su traje y me lo imaginaba en esas oficinas tomando su té por la tarde. De noche, o quizá temprano de mañana, con la misma ropa, escribía a máquina sus poemas y cartas. Quizá lo hacía incluso en los muchos tiempos muertos de la Caja Nacional de Ahorro. Sistema y antisistema debían mantener las apariencias. Porque eso daba legitimidad al asunto, cualquiera fuese, la revolución social incluida. Sacco y Vanzetti vestían igual que los patrones, con la sola diferencia de la calidad de la tela. Sin embargo, querían no solo asustar sino hacer volar el sistema en pedazos, si hubiese sido necesario.

La informalidad devino, en los últimos cincuenta años, formalidad. La nueva formalidad parece hacer de todos, incluidos los políticos, seres creativos, laxos y de mente abierta. Un extraño sería el que mantuviese el uso del terno a diario repitiendo como el personaje de Melville "preferiría no hacerlo". Los ensayistas y profesores universitarios ignoran tanto de aquella lejana época y de épocas aún más lejanas, que las simplifican y confunden. Hace poco leí que una reconocidísima ensayista, que escribe en los grandes medios, describía como dandi a un filósofo argentino que murió hace poco. Con interés seguí la lectura esperando que describiese su indumentaria. Lo hizo. El hombre vestía con saco azul, pantalón gris y zapatos de gamuza italianos. No era un dandi sino posiblemente un caballero elegante, un tipo al que le gustaba la buena ropa de línea clásica. Un dandi era otra cosa. Precisamente era aquel que revelaba, mediante una fisura, el revés de la más refinada formalidad. Wilde, con un lirio en la solapa de su elegantísimo atuendo, el chaleco rojo de Gautier en el estreno de Hernani, de Víctor Hugo, en 1830. Él mismo escribió: "Mis poesías, mis libros, mis artículos, mis viajes yacerán olvidados, pero nadie se olvidará de mi chaleco rojo" (Emilia Pardo Bazán, La literatura francesa. La transición). Luis Antonio de Villena dijo: "El dandismo es ponerse prendas que puedan llamar la atención, dentro de un aire de elegancia, pero que a la vez destaquen" (entrevista en el periódico digital Jot Down, marzo de 2013).

Nuestra ensayista y profesora seguramente no sabía mucho del tema, pero no es su desconocimiento lo que intento señalar sino el hecho de que un tipo al que le gusta la buena ropa sea hoy calificado de dandi. La informalidad ha logrado un nuevo aplanamiento. Y este parece definitivo. Los destellos íntimos de pasión oscura o santa se hicieron públicos. La involuntaria insinuación del oficio en las uñas nunca del todo blancas de mi tío fue puesta en primer plano. La clase media imita la apariencia de la marginalidad. Las producciones fotográficas para la sección Modas de cualquier revista incluyen tomas en galpones abandonados. El presidente puede presentarse sin corbata e incluso en jeans. Ninguna tensión es real. O bien, no sabemos ya cuáles tensiones son reales y cuáles no.

Así pues, no creo que sea saludable para la poesía cualquier consigna que connote desalienar. No podemos estar seguros de ese logro, si se produce. El objetivo vuelve a ser cósmico, en lo posible, o al menos lejano de la informalidad formal. Será así, quizá, un oficio que imita los oficios, ejecutado en triste, en aburrida camiseta. Tal vez el chaleco rojo de Teófilo Gautier logró en 190 años convertirse en más que un recuerdo. La revolución que protagonizaron Gautier y un grupo de románticos en el estreno de Hernani, al sustituir una elegancia por otra, superó su objetivo. Debemos lamentar que lo haya superado, que lograra un giro de 360 grados, quiero decir.

La industria cultural ha llamado contenidos a sus productos, que son formas —formatos repetidos con mayor o menor talento. Los autores proveen contenidos a la televisión, a las revistas, a los teatros. En tiempos de Aguirre la poesía no buscaba su externalidad sino en ella misma, en sus formas viejas o nuevas. El exterior le brinda ahora un ambiente tal que la externalidad de la poesía es inocua. La forma está afuera. Es el formato de los contenidos, que siempre son formas. Si busca alcanzar una forma, la poesía se convierte en un contenido que desborda hacia todos los formatos: la declaración de amor del galán en la telenovela, la melancólica vuelta al barrio, la breve reflexión filosófica antes de disparar un arma, etc. Y en desbordante contenido se convierte también la reacción reaccionaria de volver a las más viejas formas para la contención de un contenido que ya no importa contener. Celos o cualquier otra forma de la pasión humana son parte del look. Las viejas formas rebotan contra él sin producir nuevos contenidos ni resucitar los viejos. Escribir hoy un soneto no solo es inútil: es esperable. El gesto puede ser incluido en algún formato. Sería un contenido llamado “viejo y entrañable poeta”, por ejemplo, que desbordaría hacia otros formatos. Y así se harán formatos el sabor de la muerte en Quevedo, el tiempo que todo lo destruye o la exaltación del amor. Y será formato el vino viejo en odres nuevos, tanto como el vino nuevo en odres viejos. Los formatos han devorado las formas.


© Jorge Aulicino

Fuente de la fotografía: Enea Biumi

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