“Ricorditi di me, che son la Pia"


El Canto V del Purgatorio tiene tanta emoción verdadera como el V del Infierno, pero no tanta fama. El del Infierno narra la historia de Francesca da Rimini y Paolo Malatesta, sacudidos por una tormenta infinita y privados de paz en el círculo de los pecadores de la carne. El romanticismo ha hecho de los cuñados amantes una fama merecida, porque la inocencia es el espíritu del relato y hay en el beso de ambos algo de la lánguida e inquieta sensualidad heroica del teatro isabelino: "Pálidos eran los labios que besé y pálida la forma que flotó conmigo sobre aquella melancólica tormenta", dirá John Keats en “Un sueño, luego de leer sobre Paolo y Francesa en el Infierno de Dante”. Pero la emoción no hace base aquí, a mi juicio, sino en la dinámica narración que recuerda, de pronto, no aquel momento de gloria condenado, sino el dolor actual. Dante ha estado ya pensativo y doloroso, al iniciar Francesca su historia, al punto de que su maestro le ha preguntado -como camarada antes que como maestro-: "¿En qué piensas?". Dante reacciona con una expresión antigua de tristeza: “O lasso”, que equivaldría a un “ay de mí”, o “qué pena”. Siente piedad y se lo dice a Francesca, que es la que lleva la voz viva del relato -"como aquel que habla y llora"-, pero quiere saber cómo pudieron conocer el deseo o qué los llevó a ello. Francesca es enérgica desde el comienzo, asertiva y de recatado orgullo. Ella cuenta la escena del beso (“éste, que de mí jamás será apartado, la boca me besó, todo tremante”), a pesar de que hubiese correspondido, para la época, que el caballero se hiciese cargo de su asalto. ¿Dónde estaba el caballero entretanto? No bien ella dice que después de aquel beso no siguió adelante la lectura compartida del libro de Arturo -un bastante claro modo de insinuar, como lo hubiese hecho Shakespeare tres siglos después, qué fue lo que siguió al beso aquel-, como un relámpago aparece la cara de Paolo bañada en llanto: el presente dolor. Es esto lo que precipita a Dante por tierra, no el final del relato, que es suavemente erótico. Y es Alighieri, no su Dante, el que siente que desfallece al reencontrar el conmovido rostro de Paolo, y enhebra aquella frase que suena como un tambor fúnebre en el áspero toscano: “Ecaddi, come corpo morto cade” (y caí, como cuerpo muerto cae).

El final del Canto V del Purgatorio encierra en siete versos una emoción acaso tan potente y tan conmovedora. Pero veamos cómo se llega a esto.

Están Virgilio y Dante en las escarpas del Purgatorio, esto es, no han iniciado aún la ascensión del monte que conduce al Cielo. Tampoco la han iniciado las almas que andan por allí, en grupos, aunque se encaminan vagamente hacia la cuesta. Topan los poetas con las almas de quienes murieron con violencia pero que han llegado a arrepentirse de sus pecados antes de expirar. Las ánimas se asombran al ver que el cuerpo de Dante proyecta sombra y lo rodean prestamente. Virgilio les dice que en efecto su acompañante es de piel y huesos, y que les conviene contar sus historias si quieren que él las difunda en la tierra e incite a sus allegados a rezar por su gloria. Esto no es casual: es un ruego que se repite a todo lo largo del Purgatorio, puesto que los rezos de los vivos son los que pueden acelerar, precisamente, la purga.

Dos caudillos militares hablan primero. Son el uno güelfo (papista, como Dante en su origen) y el otro gibelino (partidario del emperador germano): Jacopo da Cassero, quien murió desangrado en las ciénagas cercanas a Padua en una trampa tendida por Azon II de Este, y Bonconte da Montefeltro, hijo de Guido (este último está en el Octavo Círculo del Infierno, entre los fraudulentos, pues en vida se hizo o dejó hacer fama de Lobo y León, por hazañas inexistentes, y confiesa que en realidad mereció ser llamado Zorro).

Dos historias de sangre, pero una más extraña que la otra. Cassero dirá que por sus heridas manó "la sangre en que vivía" y formó un lago, de donde se supone que Dante era partidario de la idea de que el alma reside en la sangre, popular en la Edad Media. El otro es literalmente un desaparecido. Montefeltro es el "capitán del Purgatorio" que cita Jorge Luis Borges en su "Poema conjetural". Borges pone en el pensamiento de Narciso de Laprida la imagen de quien se esfumó en la batalla de Campaldino * "huyendo a pie y ensangrentando el llano" (Borges cita a Dante literalmente).

El final, la revelación de Montefeltro, es que su cuerpo desaparecido fue objeto de una disputa entre un demonio y un ángel: el ángel acepta darle el cuerpo al demonio y se queda con el alma, y ahora el cuerpo está en el fondo del Arno, adonde lo arrojó una fuerte tormenta. Nada más la descripción de esa tormenta le lleva a Bonconte da Montefeltro nueve versos, tres más que los que empleará al alma siguiente en invocar su vida entera, y ocho, si se tiene en cuenta que la vida entera de ese personaje se cuenta en verdad en un solo verso inmortal.

Bruscamente -tan bruscamente como reaparece el rostro de Paolo en el Infierno-, esto es, no bien Montefeltro acaba de decir "junto con sus presas, [el Arno] me cubrió y ciñó" se oye la voz de Pía Tolomei, sin transición. Y este es el modo en que finaliza el Canto V del Purgatorio:

"Ah, cuando hayas regresado al mundo,
y descansado de la larga vía",
siguió el tercer espíritu al segundo,

"acuérdate de mí, que soy la Pía: 
Siena me hizo, me deshizo Maremma:
lo sabe aquél que, cuando era viuda,
volvió a desposarme con su gema".

Pia Tolomei, dama de Siena, casada en segundas nupcias con Pannochieschi, señor del castillo de Pietra, quien la arrojó en 1295 por una ventana a las marismas, con una breve aparición en los últimos versos de este canto construye uno de los episodios más conmovedores de la Comedia. Su ruego elemental (“acuérdate”, pues no tiene quien ruegue por ella) y su conciso "Siena me hizo, me deshizo Maremma", contrastan marcadamente con los minuciosos relatos que de sus penurias hacen Cassero, y, sobre todo, Montefeltro. El artículo “la” antepuesto al nombre tiene especial resonancia familiar en la Argentina.

"Ricorditi di me, che son la Pia", y "Siena mi fé, disfecemi Maremma" son dos versos que como dos martillazos, un epitafio, cierran este capítulo, antes de que lo concluya la propia Pía con el envío a su asesino.


* La batalla de Campaldino se libró el 11 de junio de 1289 entre los güelfos (papistas) de Florencia y los gibelinos (partidarios del Sacro Imperio) de Arezzo en los llanos de la margen izquierda del Arno, cerca del convento de Certomondo en la Toscana, bajo un clima tormentoso. Fue un triunfo arrasador de los papistas, que causaron 1700 muertos entre los gibelinos y contaron 300 entre los suyos. Dante Alighieri era uno de los feditori (soldados elegidos en la primera línea de batalla) de los güelfos. Tenía 24 años.


© Jorge Aulicino
Inédito

Ilustración: Campaldino. Detalle del fresco en el Palacio Comunal de San Gimignano, 1292


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