El dolor liberado



En 1939, Bob Kane, quien había iniciado su carrera en una escuela de dibujo del Bronx, en Nueva York, trabajaba en la DC Comics. La editorial había lanzado, hacía unos meses, al personaje que se convertiría en el superhéroe por antonomasia: Superman. Kane recibió de su editor, Vincent Sullivan, el encargo de pensar en un nuevo superhéroe. Nos informan las reseñas de la vida de Kane que, desde el año anterior, los creadores de Superman (Jerry Siegel y Joe Shuster) estaban ganando 800 dólares semanales, siendo que el salario de un dibujante de fragua era de 35 a 40 dólares. Kane no podía perder esa oportunidad. Y comenzó a hacer bocetos.

El relato que Kane haría del nacimiento de Batman indica que puso al asador toda la carne de la que disponía. Tal vez no era mucha, pero era suficiente y sustanciosa. Sus vivencias personales estaban ya en el camino de los héroes populares, así que no tenía inconvenientes en ese sentido. Era devoto de La marca del Zorro, la película de Douglas Fairbanks. De hecho, integró la pandilla de los Zorros en el Bronx. Se inclinaba también hacia historias oscuras: admiraba al actor Bela Lugosi, quien -como es sabido- se enamoró de Drácula, el personaje del irlandés Bram Stoker, hasta el fin de sus días. Con esto tal vez hubiese bastado para crear al hombre murciélago, pero dice Kane que la primera imagen que le vino a la mente cuando su editor se le pidió un nuevo superhéroe fue la de un dibujo de Leonardo Da Vinci: el del Ornithopter, el hombre con alas. Alas articuladas como las del murciélago, que el hombre podría teóricamente manipular mediante un sistema de varas y correas. El héroe en gestación tendría alas, y no capa, como el Zorro o Drácula. Serían alas artificiales, puesto que Kane se había impuesto que su superhéroe no debía tener poderes extraordinarios. Sin embargo, Batman no tuvo alas, tuvo capa, aunque con forma de alas de murciélago. Esto se debe a la intervención del guionista Bill Finger, quien convenció a Kane de que un hombre provisto de tan complicado trasto no podría enfrentar a sus enemigos con aceptable elegancia. Así pues, Batman debía ser un murciélago sin la posibilidad de volar. Tantas limitaciones serían suplidas por aparatos ingeniosos, del tipo de los que Kane había visto en manos del detective Dick Tracy, otro héroe del papel. Aparatos que anticipaban la increíble tecnología de la que haría uso el no menos increíble espía de ficción James Bond, quien por entonces no era ni siquiera un proyecto. Liberado de las alas, Batman podría utilizar cuerdas para -casi mágicamente- remontarse sobre edificios o volar de una terraza a la otra. Sería apenas un acróbata, no un ser fantástico.

El nacimiento de Superman y de Batman indica probablemente necesidades de una época en que una nación joven y poderosa emergía de una crisis económica profunda. Esa nación, que recuperaba sus poderes, estaba ensombrecida sin embargo por la corrupción y el crimen organizado. En corto tiempo más, la penumbra de la Segunda Guerra Mundial acabaría por reclamarla. Superman, tocado con los colores de la bandera estadounidense, era lo que la nación quería ser. Batman, vestido de gris plomo, representaba aquello en que la nación llegaría a convertirse si el mal terminaba de enseñorearse en su cuerpo. La ciudad en la que se movía Superman se parecía a Nueva York, metrópolis pujante que en realidad no demandaba un superhombre para mantener el crimen a raya sino para simbolizarla. El escenario en el que actuaba Batman parecía aludir más bien a Chicago, la ciudad que había caído. Superman era un justiciero for export, que tranquilizaba el frente interno. Era la proyección de los Estados Unidos en el mundo. Batman no era un justiciero, era un vengador. Encarnaba la decencia horrorizada del ciudadano medio, que no encontraba contención en la ley. Batman usaba un disfraz trabajado y completo. Se lo ponía cuando debía salir en busca de los criminales. Superman vivía, en cambio, a cara descubierta, ya que los anteojos y el sombrero con los que asumía la personalidad del reportero Clark Kent resultaban casi inexistentes -casi irrisorios- como disfraz.

El señor de la noche
Batman no tenía el espíritu de una Organización No Gubernamental. Actuaba fuera de la ley. Solo el marco de Gotham (la ciudad en sombras, la metrópolis del crimen) explica que la Policía en apuros terminara por llamar a Batman cuando lo necesitaba. Batman se va haciendo simpático, y el máximo de su simpatía lo adquiere en los años sesenta. Entonces, una recordada serie televisiva, impregnada de absurdo (en la variante del humor universitario llamada camp), lo muestra como un buen muchacho, un correctísimo parapolicial, aunque con ligeras extravagancias, como ese disfraz de luchador de catch y ese amiguito, Robin, con indumentaria de saltimbanqui. Robin, de hecho, había aparecido mucho antes en la historia, pero nunca la pareja resultó tan trivial -y tan graciosa- como en aquella serie de 1966, protagonizada por Adam West y Burd Ward. En los ochenta, DC Comics procede a la renovación de Batman. Lanza primero una historia de edición limitada (The Dark Knight Returns) e inmediatamente incorpora el nuevo diseño del personaje a las ediciones regulares. Este Batman tiene características psicológicas que sus exégetas calificaron de “más complejas”. Básicamente, vuelve a ser la temible sombra que busca venganza personal. Claro, porque el hombre que sería Batman presenció, siendo muy chico, la muerte de sus padres a manos de un asaltante nocturno en el Callejón del Crimen. Ese chico se convierte en el psicópata millonario Bruce Wayne, un filántropo solterón que vive en la sola compañía de su mayordomo, cómplice directo de sus correrías trasnochadas. Desde que los padres de Bruce Wayne murieron, el crimen se multiplicó en Gotham. La ciudad vive asolada por verdaderos genios del mal, como el Joker, Penguin, Riddler, Mr. Freeze. Batman es un demonio más: su sombra no basta para inquietar a sus enemigos, como sucedía con rateros y asesinos de baja estofa. Batman se traba en combates de los que no se ganan en las primeras fintas. Así estaban las cosas en 1989. Ese año se estrena la primera de las nuevas películas sobre Batman, dirigida por Tim Burton. La sigue en 1992 una segunda. Habrá otras dos, que ya no dirigirá Burton. Todas tuvieron grandes estrellas (Michael Keaton, Jack Nicholson, Danny DeVito, Michelle Pfeiffer, Jim Carrey, Tommy Lee Jones, Nicole Kidman, George Clooney, Arnold Schwarzenegger, Uma Thurman) y en todas el diseño de caracteres estuvo a cargo del inventor de Batman, nuestro conocido Bob Kane. Los filmes se ajustan al rediseño del personaje operado en los ochenta. Los dos primeros, los de Tim Burton, son los que recrean mejor el clima lóbrego y decadente de Gotham. *

Se habían agotado las condiciones que parecían haber sido el caldo de cultivo del mito. Pero el mito seguía viviendo. Habría que pensar que esto sucedía, y sucede, precisamente porque Batman es un mito, una de las cambiantes formas de un mito antiguo. En Historia social de la literatura y el arte, libro que muchos consultaron en los sesenta y setenta, el húngaro-británico Arnold Hauser establece la genealogía del héroe oscuro. Se remonta al mito del ángel caído, que no es otra cosa que el demonio. El ángel caído está poseído por la venganza. El romanticismo recupera la figura primigenia del ángel proscrito; en particular en la apariencia del inglés George Gordon (Lord Byron). Más en su actitud que en su literatura, Byron es aquel “hombre misterioso” en cuyo pasado “hay un secreto, un terrible pecado, un yerro siniestro o una omisión irreparable”. Byron parecía avanzar por el mundo cargando esta condena. Y por cierto, usaba una capa oscura.

Batman no cometió pecado pero hay en su pasado una “omisión irreparable”: el aparato de la ley. Nadie pudo salvar a sus padres, y él no podía. La ley no estuvo cuando la necesitó y Batman la ignora. Esta es su “omisión”. Sobre ese bache erige la figura a la que viste con las tinieblas de su alma. Persigue a los delincuentes porque fue un delincuente el que mató a sus padres. Si hubiesen sido policías, perseguiría a los policías del mismo modo obsesivo. Batman -más allá de la liviandad del comic- recrea la figura del dolor liberado. No es hombre del bien ni del mal. Es alguien que todos fuimos alguna vez. Bruce Wayne ha muerto en verdad en el Callejón del Crimen. Batman es un fantasma que solo puede agregar oscuridad a la noche.

Jorge Aulicino
Num. 4 de la Biblioteca Clarín de la Historieta. Bs.As., 2004

* En 2012 The Dark Knight Rises (Batman, el Caballero de la Noche asciende) completa una trilogía, la de Christopher Nolan iniciada con Batman Begins (2005) y que continuó con The Dark Knight en 2008


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