Una conquista de qué, y, sobre todo, de quién y a costa de quién?


Pensaba decir, en la mesa que se me había asignado en el coloquio sobre traducción de Bariloche*, algo sobre la traducción en general, para pasar luego a lo específico de la traducción de poesía, que era para lo que se me había convocado.

Sabrán que hay problemas en el aeropuerto de Ezeiza. Con otros colegas, no pude viajar a Bariloche.

Resumo pues, para el Club de Traductores Literarios, uno de los organizadores del encuentro, aquellas ideas, enriquecidas por la azarosa visita a una estación aérea de la que salí como había entrado: sin viajar.

Esto me ocurrió sólo una vez, anteriormente, cuando me equivoqué en la fecha de un viaje. Deja una rara sensación: la de regresar desde ninguna parte. Tal debe ser la sensación de un traductor que no logra su cometido, cual es ir a otra lengua y volver con un cargamento que pueda ordenarse y pueda reproducir por cualquier medio, la palabra preferentemente, la riqueza del viaje ante eventuales interlocutores.

¿Por qué necesitamos narrar los viajes, así sea mínimamente? Creo que por la misma razón que necesitamos traducir. Y esa razón es un claroscuro que no es mi propósito hacer más claro que oscuro en esta ocasión.

Iba a decir, allá: Ezra Pound atribuye al papa Nicolás V, fundador de la Biblioteca Vaticana, la frase: Cada libro traducido [del griego, debe entenderse] es una conquista.

No llevaba una respuesta, sino simplemente una pregunta al respecto: ¿una conquista de qué, y, sobre todo, de quién y a costa de quién?

El papa no pensaba, seguramente, en la conquista que implica el cese de la posesión que alguien detenta, a favor de otro, que pasa a ser el nuevo poseedor. En una palabra, no podía estar pensando en una conquista en términos militares. Esto es así, porque de lo que hablaba era de la traducción, operación que consiste en reproducir, no en suprimir.

Pero como fuera que Nicolás pensase, lo cierto es que la operación de traducir del griego que realizaron los pueblos de habla latina, y ya, en tiempos de Nicolás, romance, lo que implicaba era ganar para la causa de la cristiandad el pensamiento y el arte de los griegos antiguos, en procura de la fusión de aquel pensamiento y aquel arte con la doctrina cristiana, para lo cual era preciso no sólo comprenderlos conceptualmente en la lengua culta de Europa, y en sus lenguas romances (no estoy seguro si esto último lo consideraba o no el Papa), sino, principalmente, que sonara en la lengua propia, con las inflexiones y los significados de la lengua propia. Deberíamos entonces –supongo que esta es la idea– pensar y recrear un original en la lengua que representa el mundo para nosotros, para los receptores de las ideas y del arte trasvasados desde la otra lengua.

En esto hay sin duda apropiación, aunque no hay despojo: el objeto conquistado es otro objeto. El original sigue perteneciendo a la lengua que lo produjo.

Para los tiempos de Nicolás V–siglo XV– no existía, claro está, el Imperio Romano de Occidente, y el de Oriente no tardaría en caer. Este hecho opacó el reinado del papa renacentista. Él mismo lo sintió como un golpe a la cristiandad. Y era el cristianismo, en efecto, el imperio que sobrevivía al romano en occidente y parte de oriente: un imperio espiritual. Su poder, por cruel que fuese, por espurio que resultase, tenía su base en el espíritu, no en la expansión territorial. Los misioneros solían llegar junto con los invasores, pero a veces también antes. Y su objeto eran las almas. Así pues, el proyecto de Tommaso Parentucelli, tal el nombre de Nicolás V, no era el de arrebatarle la cultura al enemigo, que para entonces eran los turcos, sino el de fructificar el legado de una civilización extinta. La magnífica operación milenaria de la Iglesia, que asentaba su poder en lo inmaterial, por materiales que fueran sus riquezas y su poder, no dejó de admirar en el siglo pasado a Antonio Gramsci, quien anotó, conjeturó tal vez, que la simple enseñanza del latín en las escuelas podía ser suficiente para dotar a la educación de los ciudadanos de nuestra era de una noción mínima de historicidad.

Hay un debate que aparece cada tanto en el blog del Club de Traductores. Ese debate se refiere a si los americanos debemos traducir según el habla de los españoles del centro de España o según la de cada pueblo americano. Ante este debate interno, que afecta o refiere a los hablantes del español, se alza el escepticismo de quienes ven la inevitable conversión del inglés en la lengua franca mundial. Frente a tal predicción, se convierte en inútil no ya la discusión de qué variante del español debe usarse en las traducciones, tanto como en el contacto directo de los hablantes de las distintas regiones del español, sino el sentido mismo de traducir al español.

Respondo lo siguiente: tal vez no tiene sentido, pues no se ve cuál es el objeto, la traducción concebida como reproducción de un mundo en otro, pero inevitablemente éste es su propósito. No hay ningún otro sentido en la traducción. No porque sea meritorio mantener nuestro mundo vivo -y enriquecido con los ajenos-, sino porque no ha otra forma de entendernos que no sea la de referir al mundo lingüístico que conocemos. Mundo lingüístico que a la vez es nuestro mundo cultural, nuestro mundo real. Deviene pues en una conquista que cada mundo de un mundo ajeno pueda sostenerse en el nuestro propio.

Así pues, no es inútil la discusión entre españoles –en sentido idiomático–, y es menos inútil reconocer lo que tenemos en común, entre nosotros y con todos los hablantes de lenguas latinas.

Es con esta idea de lo común en todos que debería traducirse, en mi opinión, la literatura en general y la poesía en particular. Esto excede la discusión acerca del uso del tú o el voseo, por ejemplo. Nuestros mundos españoles son mundos de raíces y brotes. De raíces tanto latinas como específicamente hispanas; y de ramas regionales, entendiendo como tales las que han brotado en la propia España. Creo que algunas fuertes ramas deben prevalecer en la traducción, pero la mirada debe dirigirse a las raíces principalmente, en las lenguas de origen común, aunque tal vez en todas.

Iba a referirme, a continuación, a la lección que me va dejando la traducción de la Divina Comedia. Tiene que ver precisamente con la elección de la vía de la raíz común; arcana y rica senda.

Debo aclarar entonces que la traducción de la poesía moderna requeriría otras consideraciones, pero el hecho de que esté trabajando, de manera un tanto descabellada, ese antiguo y tantas veces traducido texto me lleva a tener en cuenta, antes que los problemas de los tropos, el problema general del léxico y la sintaxis. Dejo de lado la cuestión de las formas rítmicas: es el motivo de una discusión mucho más ardua, a veces demasiado específica, que ha sido desplegada últimamente en la Argentina en numerosos artículos, algunos de ellos publicados en El verso libre, de Ediciones del Dock. Diré brevemente: la Comedia, como todo el mundo sabe, fue escrita en tercetos endecasílabos, compuestos según el esquema de que el verso segundo de cada uno rima con el primero y el tercero del terceto siguiente. Esto produce una sensación de tejido molecular, en el que cada unidad realiza una especie de división del núcleo para generar la célula siguiente, imaginando que el verso segundo, centro del terceto, deviene en las paredes o revestimiento del que le sigue, cuyo núcleo se dividirá a su vez; y así hasta el cuarteto final, cuyo último verso rima directamente con el segundo, en una especie de célula de doble núcleo. Esto no es posible sostenerlo en castellano sino a expensas de la literalidad, o de la aproximada literalidad, que debería pretenderse de cada obra traducida. Es el camino que eligieron el conde de Cheste, Bartolomé Mitre y Angel Crespo. Yo no he elegido ése, sino el de la proximidad sonora, basada en el núcleo vocal de las sílabas finales, pero solo en los casos en que tal propósito no disputa severamente con el sentido. Y tales casos, afortunadamente, son numerosos.

Por lo demás, fui descubriendo que la amplitud de significado del lenguaje de Dante permitía equivalentes españoles, sobre todo en los casos en que se puede observar la raíz común de las dos lenguas y el particular uso que hacía de ella el autor, a veces insólito, tanto en su traducción como en el original.

Por ejemplo, en el Decimotercer Canto del Infierno no necesité traducir las palabras fosco, rea y prédica. En el caso de reo, que Dante usa en el sentido de malvado y de condenado, aceptables para la Academia Española, me pareció además que la resonancia en el ámbito argentino era asimismo válida. En otros casos, no alteré, creo, el sentido, traduciendo literalmente daños, por cuanto Dante usa el término como seguro equivalente de males. Dante conjuga en toscano el verbo enviscar, en desuso en español en su sentido figurado de demorarse, entretenerse ("colgarse", diríamos hoy en la Argentina), tanto como lo es hoy en italiano, de suerte que me incliné a mantener cierta familiaridad entre los dos idiomas, y cierta –igual– impresión de anacronismo.

Apropiarse, conquistar un poema. Conquistar Dante, pero ¿cómo, sino a través de lo que de por sí tiene aún de común con nosotros, con nuestra parla, con nuestra pavura, con nuestra vida rea contemporánea?

Jorge Aulicino, Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

* Coloquio Internacional «Escrituras de la traducción hispánica», 5 al 7 de noviembre del 2010, San Carlos de Bariloche (Argentina), organizado por la Universidad de Río Negro, la Universidad Austral de Chile, el Seminario Permanente de Estudios de Traducción, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, Traducción Ibérica y Americana, Embajada de España y Centro Cultural de España.

Ilustración: San Jerónimo escribe el prólogo de la Vulgata, Caravaggio

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