Los monstruos y los asesinos




A fines de febrero [del 2006] murió Darren Mc Gavin. Tenía 83 años e ignoró por completo que para un mortal del Cono Sur fue la posibilidad de fuga necesaria en un contexto agobiador y aterrante.

Mc Gavin había puesto su cuerpo a un detective duro y misógino, Mike Hammer, en los años primeros de la televisión. En los 70 no era más Hammer, era Kolchak, el perseguidor nocturno. La serie que produjo y actuó en esos años se llamaba así no más: Kolchak: The Night Stalker (1). En una Chicago más sórdida que horrorosa, el periodista Kolchak se interesaba por delitos de apariencia extraña. Sus investigaciones terminaban encontrando vampiros, hombres lobo, extraterrestres y hasta al diablo mismo.

Veía yo esta serie devotamente en plena dictadura. Afuera reinaba la política --por llamarla así-- que los nazis bautizaron casi cínicamente de "noche y niebla". Capturar y matar en la penumbra tiene efectos más letales que cualquier otro procedimiento terrorista, pues crea una insoportable indeterminación: los muertos no lo son, nunca fueron nadie. Así y todo, yo veía esa serie sobre noche, muerte y cazadores; sobre crímenes que adquirían un sentido terrible, pero finalmente un sentido. Con un periodista con sombrerito de paja que buscaba los monstruos nocturnos, los enfrentaba y vencía casi de pura suerte.

No voy a decir que Kolchak me ayudaba a soportar la noche oscura de la patria porque estaba bien hecha. En la serie había dos paños cosidos con gruesos costurones: el ambiente de una ciudad turbia, industrial y decadente, y los personajes fantásticos arrancados de sus contextos originales. (2) En una ciudad como la que allí se mostraba, Kolchak debió perseguir a la llamada escoria humana, maloliente como las cloacas de la ciudad, no a la diosa Hécate y sus adoradores. Sin embargo, por momentos había en la noche de esa lunar Chicago (3) un vacío profundo. El mismo vacío, el vacío primordial al que nos arrojaba el terror involuntariamente. Ahí sí, en esa zona sagrada, los monstruos que fantaseaba Kolchak, esas grandes obras universales de la imaginación, podían suceder. En esa serie de todo por dos pesos era posible inesperadamente reconciliarse con la creación --en su sentido artístico y antropológico: los monstruos de los hombres-- y recuperar la noche humana, distinta a la otra, la de los asesinos (4).

Revista Ñ, marzo de 2006

Notas, feb. 2011

(1) El origen de la serie fueron dos peliculas basadas a su vez en un relato del escritor Jeff Rice, acerca de un vampiro que merodeaba Las Vegas. El telefime se tituló The Night Stalker y se estrenó en 1972. Debido al éxito, la cadena ABC estrenó al año siguiente The Night Strangle. Ambos estuvieron protagonizados por Mc Gavin. Éste asumió producir la serie que la ABC quería lanzar en 1974. Fueron 20 episodios emitidos en Estados Unidos los viernes a la noche en la temporada septiembre 1974-marzo 1975, sin éxito.
(2) La serie tuvo ideas geniales. Carl Kolchak descubría por ejemplo que un hombre era capaz de materializar sus sueños, más bien siniestros; que un sanatorio estaba sometido a la influencia de una energía extraplanetaria; el moderno Prometeo, Frankenstein, revive como un robot letal que escapa de un laboratorio militar; una hechicera puede dar vida a los maniquíes; el lugar del Jinete sin Cabeza es ocupado por el Motociclista sin Cabeza; el que vende su alma al diablo es un político, no Fausto; el Hombre Lobo aparece en un crucero. En el plano costumbrista, Kolchak esquiva, en la agencia de noticias para la que trabaja, las zancadillas de un colega demasiado competitivo y es amigo de la viejita que hace los crucigramas; a cada paso debe lidiar con su jefe, el cólerico y tolerante Tony Vincenzo, interpretado por el inolvidable Simon Oakland (1915-1983). Los cultores de Kolchak hoy son fans de los Expedientes X, no sin razón.
(3) La serie se veía aquí en blanco y negro.
(4) El terror político, puramente instrumental, usurpa la sombra y sus colmillos se estrellan, digámoslo así, contra la materialidad-inmaterialidad del mito.

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