Pensaba decir (Sobre la traducción de la Comedia y el lenguaje en que se habla)
nov. 2010
Pensaba
decir, en la mesa que se me había asignado en el coloquio sobre traducción de
Bariloche*, algo sobre la traducción en general, para pasar luego a lo
específico de la traducción de poesía, que era para lo que se me había
convocado.
Sabrán que
hay problemas en el aeropuerto de Ezeiza. Con otros colegas, no pude viajar a
Bariloche.
Resumo para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires -uno de los organizadores del encuentro- aquellas ideas, enriquecidas por la azarosa visita a una estación aérea de la
que salí como había entrado: sin viajar.
Esto me
ocurrió sólo una vez, anteriormente, cuando me equivoqué en la fecha de un
viaje. Deja una rara sensación: la de regresar desde ninguna parte. Tal debe
ser la sensación de un traductor que no logra su cometido, cual es ir a otra
lengua y volver con un cargamento que pueda ordenar y reproducir la riqueza del viaje ante eventuales lectores.
¿Por qué
necesitamos narrar los viajes, así sea mínimamente? Creo que por la misma razón
que necesitamos traducir. Y esa razón es un claroscuro que no es mi propósito
hacer más claro que oscuro en esta ocasión.
Iba a decir,
allá: Ezra Pound atribuye al papa Nicolás V, fundador de la Biblioteca
Vaticana, la frase: Cada libro traducido
[del griego, debe entenderse] es una
conquista.
No llevaba
una respuesta, sino simplemente una pregunta al respecto: ¿una conquista de
qué, y, sobre todo, de quién y a costa de quién?
El Papa no
pensaba, seguramente, en la conquista que implica el cese de la posesión que
alguien detenta, a favor de otro, que pasa a ser el nuevo poseedor. En una
palabra, no podía estar pensando en una conquista en términos militares. Esto
es así porque de lo que hablaba era de la traducción, operación que consiste
en reproducir, no en ocupar, y mucho menos en suprimir.
Pero como
fuera que Nicolás pensase, lo cierto es que la operación de traducir del griego
que realizaron los pueblos de habla latina, y ya, en tiempos de Nicolás, en lenguas romance, lo que implicaba era ganar para la causa de la cristiandad el
pensamiento y el arte de los griegos antiguos, en procura de la fusión de aquel
pensamiento y aquel arte con la doctrina cristiana, para lo cual era preciso no
sólo comprenderlos conceptualmente en la lengua culta de Europa, y en sus lenguas
romance (no estoy seguro si esto último lo consideraba o no el Papa), sino,
principalmente, que sonara en la lengua propia, con las inflexiones y los
significados de la lengua propia. Deberíamos entonces -supongo que esta es la
idea- pensar y recrear un original en la lengua que representa el mundo para
nosotros, para los receptores de las ideas y del arte trasvasados desde la otra
lengua.
En esto hay
sin duda apropiación, aunque no hay despojo: el objeto conquistado es otro
objeto. El original sigue perteneciendo a la lengua que lo produjo.
Para los
tiempos de Nicolás V -siglo XV- no existía, claro está, el Imperio Romano de
Occidente, y el de Oriente no tardaría en caer. Este hecho opacó el reinado del Papa renacentista. Él mismo lo sintió como un golpe a la cristiandad. Y era el
cristianismo, en efecto, el imperio que sobrevivía al romano en occidente y
parte de oriente: un imperio espiritual, material y cultural. Su poder, por cruel que fuese, por
espurio que resultase, tenía su base en el espíritu, no en la expansión territorial.
Los misioneros solían llegar junto con los invasores, pero a veces también
antes. Y su objeto era la conquista del espíritu para la cultura latina. Así
pues, el proyecto de Tommaso Parentucelli, tal el nombre de Nicolás V, no era
el de arrebatarle la cultura al enemigo, que para entonces eran los turcos,
sino el de fructificar el legado de una civilización extinta. La magnífica
operación milenaria de la Iglesia, que asentaba su poder en lo inmaterial, por
materiales que fueran sus riquezas y su poder, no dejó de admirar en el siglo
pasado a Antonio Gramsci, quien anotó, conjeturó tal vez, que la simple
enseñanza del latín en las escuelas podía ser suficiente para dotar a la
educación de los ciudadanos contemporáneos de una noción mínima de
historicidad.
Hay un
debate que aparece cada tanto en el blog del Club de Traductores. Ese debate se
refiere a si los americanos debemos traducir según el habla de los españoles
del centro de España o según la de cada pueblo americano. Ante este debate
interno, que afecta o refiere a los hablantes del español genérico, se alza el
escepticismo de quienes ven la inevitable conversión del inglés en la lengua
franca mundial. Frente a tal predicción, se convierte en inútil no ya la
discusión de qué variante del español debe usarse en las traducciones, tanto como
en el contacto directo de los hablantes de las distintas zonas del español,
sino el sentido mismo de traducir al español castellano.
Respondo lo
siguiente: tal vez no tiene sentido, pues no se ve cuál es el objeto, la traducción
concebida como reproducción de un mundo en otro, pero inevitablemente éste es
su propósito. No hay ningún otro sentido en la traducción. No porque sea
meritorio mantener nuestro mundo vivo -y enriquecido con los ajenos-, sino
porque no ha otra forma de entendernos que no sea la de referir al mundo
lingüístico que conocemos. Mundo lingüístico que a la vez es nuestro mundo
cultural, nuestro mundo real. Deviene pues en una conquista que cada mundo de
un mundo ajeno pueda sostenerse en el nuestro propio.
Así pues, no
es inútil la discusión entre españoles -en sentido idiomático-, y es menos
inútil reconocer lo que tenemos en común, entre nosotros y con todos los
hablantes de lenguas latinas.**
Es con esta
idea de lo común en todos que debería traducirse, en mi opinión, la literatura
en general y la poesía en particular. Esto excede la discusión acerca del uso
del tú o el voseo, por ejemplo. Nuestros mundos españoles son mundos de raíces
y brotes. De raíces tanto latinas como específicamente hispanas; y de ramas
regionales, entendiendo como tales las que han brotado en la propia España.
Creo que algunas fuertes ramas deben prevalecer en la traducción, pero la
mirada debe dirigirse a las raíces principalmente, en las lenguas de origen
común, aunque tal vez en todas.
Iba a
referirme, a continuación, a la lección que me va dejando la traducción de la
Divina Comedia. Tiene que ver precisamente con la elección de la vía de la raíz
común: arcana y rica senda.
Debo aclarar
entonces que la traducción de la poesía moderna requeriría otras
consideraciones, pero el hecho de que esté trabajando, de manera un tanto
descabellada, ese antiguo y tantas veces traducido texto me lleva a tener en
cuenta, antes que los problemas de los tropos, el problema general del léxico y
la sintaxis. Dejo de lado la cuestión de las formas rítmicas: es el motivo de
una discusión mucho más ardua, a veces demasiado específica, que ha sido
desplegada últimamente en la Argentina en numerosos artículos, algunos de ellos
publicados en El verso libre, de
Ediciones del Dock. Diré brevemente: la Comedia, como todo el mundo sabe, fue
escrita en tercetos endecasílabos, compuestos según el esquema de que el verso
segundo de cada uno rima con el primero y el tercero del terceto siguiente.
Esto produce una sensación de tejido molecular, en el que cada unidad realiza
una especie de división del núcleo para generar la célula siguiente, imaginando
que el verso segundo, centro del terceto, deviene en las paredes o
revestimiento del que le sigue, cuyo núcleo se dividirá a su vez; y así hasta
el cuarteto final, cuyo último verso rima directamente con el segundo, en una
especie de célula de doble núcleo. Esto no es posible sostenerlo en castellano
sino a expensas de la literalidad, o de la aproximada literalidad, que debería
pretenderse de cada obra traducida. Es el camino que eligieron el conde de
Cheste, Bartolomé Mitre y Ángel Crespo. Yo no he elegido ése, sino el de la
proximidad sonora, basada en el núcleo vocal de las sílabas finales, pero solo
en los casos en que tal propósito no disputa severamente con el sentido. Y
tales casos, afortunadamente, son numerosos.
Por lo demás, fui descubriendo que la amplitud de significado del lenguaje de Dante permitía equivalentes españoles, sobre todo en los casos en que se puede observar la raíz común o el legítimo parecido de las dos lenguas y el particular uso que hacía de la suya el autor, a veces insólito y que debía permanecer insólito en su traducción. Por ejemplo, en el Decimotercer Canto de "Infierno" no necesité traducir las palabras fosco, rea y prédica. En el caso de reo (y el femenino rea), que Dante usa en el sentido de malvado y de condenado, aceptables para la Academia Española, me pareció además que la resonancia en el ámbito argentino era asimismo válida. En otros casos, no alteré, creo, el sentido, traduciendo literalmente daños, por cuanto Dante usa el término como seguro equivalente de males. Dante conjuga en toscano el verbo enviscar, en desuso en español en su sentido figurado de demorarse, entretenerse ("colgarse", diríamos hoy en la Argentina), tanto como lo es hoy en italiano, de suerte que me incliné a mantener cierta familiaridad entre los dos idiomas, y cierta -parecida- impresión de anacronismo.
Apropiarse,
conquistar un poema. Conquistar Dante, pero ¿cómo, sino a través de lo que de
por sí tiene aún de común con nosotros, con nuestra parla, con nuestra pavura,
con nuestra vida rea contemporánea?
Jorge Aulicino
* Coloquio
Internacional «Escrituras de la traducción hispánica», 5 al 7 de noviembre del
2010, San Carlos de Bariloche (Argentina), organizado por la Universidad de Río
Negro, la Universidad Austral de Chile, el Seminario Permanente de Estudios de
Traducción, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, Traducción
Ibérica y Americana, Embajada de España y Centro Cultural de España.
** A esta altura es conveniente recordar -como solía hacerlo Luis Thonis- la diferencia entre lengua y lenguaje que establecieron los debates lingüísticos. Esa diferencia es la misma que podría establecerse entre idioma oficial (del Estado) y habla corriente, o lengua viva.
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Imagen: Dante Alighieri por Carlos Alonso (2009). Carlos Alonso y los círculos dantescos, 2014, Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson, San Juan, Argentina
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