"¿Para qué Bizancio o la corona del germano?" - Acerca de dos libros de poemas




El punto de partida era una imagen absoluta. Me refiero a una imagen visual, un momento de revelación, una situación que, de modo algo tautológico, yo llamaba poética. De donde la poesía venía a ser una ampliación y un intento de comunicación de este núcleo inefable.

Hace tiempo, pensaba que ese núcleo o disparador generaba las palabras que naturalmente le correspondían. Palabras -pocas o muchas- inexorables. Con el tiempo, un tiempo de ruptura con el hecho mágico, la imaginación -la digresión- comenzó a hacer de muleta cuando la inexorabilidad fallaba. La imaginación debía tener en cuenta, sin embargo, cierta secreta, y siempre muy subjetiva, relación de cada frase con la que le antecedía. Un consciente y consistente aire de familia. Esto es, no he dejado de creer en el hecho mágico, porque está allí, sin duda, pero a la vez que se presenta menos relacionado con elementos tradicionalmente considerados mágicos (ciertos cafés, ciertos marginales, por ejemplo), resuelve su formulación de otro modo. A través de la digresión. Es evidente que todo esto tiene un fondo religioso. Pero la religiosidad inicial ha sido tamizada, tal vez por los llamados golpes de la vida, que son golpes de realidad, y la iluminación absoluta se ha convertido en un mar de fragmentos, de satoris, que responden o no responden al afán organizativo de Dios, de la Musa o del poeta que en ellos cree. Un mínimo de organización, un mito, hacen falta.

El proceso de elaboración de un poema es entonces muy simple. Parte de cualquier punto. Pero la frase disparada responde, eso sí, a un íntima y todavía inescrutable necesidad.

Publiqué en 1999 La línea del coyote, un libro que contiene tres secuencias de poemas. Las secuencias se produjeron con un trabajo a mayor escala del método de la digresión.

Trabajé, trabajo [2003], en otro libro secuencial, que por ahora se llama La nada. En este caso, el tema, al menos, estaba claro para mí desde antes de escribir la primera línea.

Este fue el proceso:

Hace tres años, descubrí un juego de computadora, el Age of Empires (Edad de los imperios) producido por Microsoft. Compré la segunda versión, y luego la tercera, que es la “expansión” del juego. Me atrajo el doble sentido de la palabra: expansión del Age y expansión (histórica) de las civilizaciones. Hasta aquí, no sabía yo de qué modo este juego de PC iba a influir n la construcción de un poema.

La nada empezó, como las secuencias de La línea del coyote, con la idea previa de que sería una secuencia, un juego infinito de digresiones organizado en partes. Estaba en mi ánimo que así fuera, que se construyera un poema largo, fluido. La idea de que el tema fuera la guerra no empezó con el Age; lo que inició el proceso fue la imagen jamás vista en la vida real, producto absoluto de la imaginación, de un veterano de guerra leyendo la National Geographic en un pequeño café. Ese soldado, si se quiere, era yo. Vivía en una casa vieja, como la que menciona el poema, tenía perros, frecuentaba pequeños cafés de cierta zona del barrio de Flores y leía la National Geographic. No había acantilados, como los que se mencionan, porque -que yo sepa- no existen en Flores. Y esto era ficción, debía ser ficción.

Escribí varias secuencias del poema y el Age comenzó a intervenir. Primero, con esa sensación permanente de civilización en miniatura organizada para la guerra. La recolección de alimentos, la construcción de templos, castillos aserraderos y maravillas tienen en el juego esa sola finalidad: el combate, la conquista.

Para mí, esto era una verdad parcial. La religión excede ese objetivo. El arte también. Pero esto parecía ser -en las civilizaciones reales- un latido que se confundía con la ansiedad generalizada de un pueblo en expansión. Una necesidad religiosa, trascendente, quiero decir, que se trasladaba a los campos de batalla. Un punto hay en que heroicidad, epopeya, santidad, formaban apretada mezcla. Luego estaba la caída, o, peor, la desazón.

Finalmente, el Age impuso otra cosa, no su ideología mínima. Impuso sus paisajes. Atila o Saladino sobre el horizonte “con sus turbulentas tropas”. Los escenarios, esas miniaturas en las que puede verse nieve sobre los aleros, el vuelo de algunas aves, la hiedra sobre las paredes de una iglesia, los bosques. Detalles todos que para los hombres de acción podrían parecer secundarios. El minimalismo de los diseñadores que trabajaron para Gates es atrapante.

Cuando el Age me cansaba, jugaba yo a otro juego que consiste en crear ciudades romanas.

De allí surgió una pregunta que un personaje, el speaker romano, formula en el poema “Roman speaker”: ¿Para qué las Galias? ¿Para mejorar los abastecimientos? ¿Para qué Bizancio y la corona del germano?. Creo que esa pregunta sostiene el poema, si es que este poema se sostiene. ¿Cuál es la captura, cuál es la presa? ¿Quién ha arrojado los destinos? ¿Qué hay al final de la parábola?

Esperé la cuarta versión del Age, su siguiente expansión, pero Microsoft decidió volver atrás. Sacó el Age of Mitology, en el que las criaturas mitológicas de tres civilizaciones se mezclan con los guerreros y combaten. Estamos en el punto de partida. Un poema es una pregunta, Microsoft me dio una modesta respuesta. El poema jamás cierra. Así debe ser. 

Jorge Aulicino
Para Diario de Poesía, mayo 2003

Imagen: Detalle de una captura de pantalla del Age of Empires, versión completa, 2018

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