Santiago, 1973


Trasandinos, Ediciones Lom, Santiago de Chile, 2017

Foto: Salvador Allende con obreros de una fundición, Concepción, 1971 - Patricio Guzmán, Salvador Allende, 2004

La casa nórdica de Aguas Villavicencio se hizo cada vez más chica y por último tuvo el tamaño que tiene en las etiquetas de un agua mineral muy popular en la Argentina. Estaba cruzando la Cordillera de los Andes. Era mi primer viaje fuera del país. En la estación de trasbordo de Mendoza sentí que me adentraba en el Lejano Oeste. No sabía que allá, del otro lado de la Cordillera, un poeta me hablaría de la Araucaria, de “la Frontera”, de nieve y casas de madera, como de una especie de Far West. Era  el verano del ’73 y me vi de golpe rodeado de nieves eternas, de viento y de frío. Detrás de esa imponente eternidad que literalmente quitaba el aire, me encontraría seguramente con una ciudad colonial americana, pero ahora estaba a punto de encontrarme con Napoleón en los Alpes. Con San Martín o simplemente con esa atronadora nada blanca. No era siquiera el Yukón. No había vida allá. Sólo eternidad.

Del otro lado, en efecto, apareció una ciudad aún colonial. Pero antes apareció un prado. Y en el prado una vaca. Era la epifanía pampeana repitiéndose.

La pequeña ciudad, la provinciana ciudad, la entrañable ciudad de Santiago de Chile me recibió con una estación y un mercado llenos de movimientos rápidos y lentos, colores, olores, acritud; como las estaciones y los mercados de todo el mundo. Esa ciudad, en cuanto a política, era diez veces menos provinciana que la ciudad que acababa de dejar, Buenos Aires. La orgullosa París del Plata estaba políticamente en el Medioevo. Santiago era en cambio una especie de Suiza americana, con una democracia estable, con partidos políticos fuertes, con sindicatos no feudalizados. Una democracia que estaba a prueba por obra del experimento de un socialismo a la chilena, un socialismo por la vía democrática. Estaba a prueba, y no la superó. Eso sucedería nueve meses más tarde. En ese momento, la democracia, la política -el ejercicio de la política- se me presentó por primera vez de forma física: a través del prisma de los colores. Las calles estaban llenas de carteles y colores. Cada partido tenía el suyo. Toda la gama estaba cubierta.

Llegaba desde un país en el que los gobiernos civiles no duraban nada. Era un país de taconeos militares, miedos nocturnos muy realistas, gases lacrimógenos, clandestinidad. Un acto político había sido para mí, siempre, un acto ilegal, una acción que terminaba en corridas y estampidos, compañeros presos y moretones. Llegaba a un pequeño país en vísperas de elecciones legislativas, donde gobernaba una coalición de partidos de izquierda, formada básicamente por el Partido Socialista y el Partido Comunista. A ellos se habían unido partidos menores, como el Partido Radical, y fracciones cristianas. Así pues, y como me diría un periodista argentino que contemplaba aquello tan deslumbrado como yo desde la tribuna de una manifestación oficialista, “aquí funciona una democracia casi de laboratorio: derecha, centro, izquierda, todos bien diferenciados”. Ambos tratábamos de explicarle  a un periodista japonés, un mes más tarde en la oficina de prensa de la Moneda, que nuestro país, la Argentina, en vísperas de elecciones generales tras siete años de dictadura, era lo contrario a una “democracia de laboratorio”. El peronismo resumía desde la ultraderecha hasta la ultraizquierda, pasando por lo que llamábamos,  a falta de mejor nombre, progresista. El japonés nos miraba como si estuviésemos intentando hablarle en japonés.

Era yo un aprendiz de periodista, enviado por el periódico del Partido Comunista argentino para cubrir el “experimento” chileno. Los comunistas chilenos me dieron alojamiento en casa de camaradas y trabajo en el diario El Siglo para pagar mi estadía. El alojamiento fue en el hogar de una familia del barrio proletario de Quinta Normal, donde conocería a otros viajeros, bolivianos y peruanos, casi todos. Era una vieja casa con ladrillos pegados con adobe, anexa a un taller de reparación de motores eléctricos. Se entraba por un portón de madera a un patio cubierto por un voladizo de chapas. De golpe, estaba en el Santiago profundo de aquella Suiza de América. Y en aquel lugar volví a sentir el frío de la frontera y también comí las comidas más picantes e inolvidables de mi vida. Contraje hemorroides para toda la vida asimismo.

*

El problema era cómo iba a superar la democracia el brete en el que estaba. Esa situación la vi enseguida, y no se precisaba ser un genio para verla. La Unidad Popular no tenía mayoría en las Cámaras y la Democracia Cristiana (el centro de aquel perfecto aparato político) se aliaba al Partido Nacional (la derecha) para no dar paso a las iniciativas del oficialismo. Los grandes empresarios resistían la política económica, que había significado la ampliación de la expropiación de tierras iniciada por la Democracia Cristiana en los 60, y la nacionalización de una porción considerable de la gran industria mediante “resquicios legales”, es decir, sin la aprobación del Congreso. La emisión monetaria cubrió el gasto social y el ’72 terminó con una altísima inflación. La remarcación de precios no estaba permitida y había escasez: para la derecha, producto natural del control sobre el mercado; para la izquierda, principalmente sabotaje. Formalmente no había posibilidad de avanzar. Esto es, centro y derecha habían hecho un torniquete político imposible de deshacer sin dar pasos atrás. La presión de los gremios patronales estaba en pleno auge cuando se realizaron en marzo las elecciones legislativas en las que la Unidad Popular obtuvo más de 43 por ciento de los votos, mucho más de lo que preveía el centro-derecha, que con 54 por ciento no tenía lo suficiente para reunir los votos de las tres cuartas partes del Congreso, necesarios si pretendía votar la salida de Salvador Allende del gobierno. En el exterior se acentuaba la presión de los Estados Unidos sobre la compra de cobre a Chile. Había elementos sobrados para pensar que la CIA conspiraba en el país. La historia mostraría que así era: América latina iba hacia un período de golpes de Estado que no fueron solo resultado de situaciones internas y en cuya ejecución intervinieron agentes de inteligencia extranjeros. Sobre la Cordillera parecía flotar un bajo horizonte de nubes que desdibujaban toda posibilidad de una vía pacífica al socialismo. En realidad, cualquier posibilidad de una vía hacia el socialismo. En un par de meses, mi Suiza se convirtió en un país denso al borde de la violencia y el crimen. Los colores desteñían en los paredones de Quinta Normal y los cigarrillos se compraban en el mercado negro, esto es a precios de mercado negro por debajo del mostrador, o a “arbolitos” que los vendían de a pie cerca de la Estación Mapocho.

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Escribía yo por la mañana para el semanario del Partido Comunista argentino y por la tarde iba a El Siglo. Salía a hacer notas con los compañeros o charlaba con ellos sobre la situación chilena. A veces, me sentaba a escribir notas sobre la Argentina para el diario. En la casa  de Quinta Normal mi estudio era mi propio cuarto, que compartía con el hijo menor de la familia, un adolescente llamado Fidel. Tal como se les dice a los argentinos en algunos países latinoamericanos, Fidel me llamaba Che, de manera que formábamos una pareja bastante grotesca que mal evocaba a la revolución cubana. Yo escribía cuando él estaba en el colegio. Era una suerte que fuese al colegio. Podía usar su cama para apoyar periódicos y libros. Mi guía segura en los asuntos chilenos eran los artículos de Volodia Teitelboim en el diario del Partido. Volodia veía tan claro como el agua que la única salida entonces era un pacto con la Democracia Cristiana o con parte de ella. Para formar esa suerte de bloque histórico gramsciano, los ingredientes eran de lo más razonables: la DC había llevado a cabo una política agraria progresista y el inicio de la “chilenización del cobre” en los años anteriores, medidas que ahora intentaba ampliar la izquierda. La DC  y la izquierda podrían haber constituido en efecto un bloque que representara al menos al 70 por ciento del país. A los campesinos pobres y medios, a los comerciantes, a los trabajadores cuyos sindicatos respondían en gran parte a la izquierda, y en menor parte, pero en parte muy significativa (como en enclaves de la minería del cobre) a la DC. Vi cómo vivían en la Andina, cerca de Rancagua, al sur de Santiago, los mineros del cobre, la aristocracia de la clase obrera. Fui a presenciar una reunión de la Central Única de Trabajadores (CUT) en la Andina. El propio Allende habló en el recinto de actos del poblado minero. Por la noche, en tanto bebíamos cerveza “por metro cuadrado” (un metro cuadrado era una mesa llena de botellas de cerveza), gané una partida de póker por dinero. Y por bastante dinero. Los compañeros mineros me miraron con sorna y resignación. Con parte de ese dinero me compraría una “parca” de primera, con capucha afelpada, que luego me robarían en un prostíbulo. El hada Fortuna me había favorecido, era consciente de ello, no tengo habilidades especiales para jugar al póker. En el cuarto de la vivienda que nos habían asignado le devolví a mi compañero de El Siglo lo que había perdido. La esposa no le habría perdonado que llegara con la billetera vacía.

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Llegaba el otoño y yo lucía feliz, todavía, mi “parca” acolchada. El clima fresco que se metía por las rajaduras de la casa de Quinta Normal, las cumbres nevadas a lo lejos, me inspiraron poemas sobre el Far West y nubosas reflexiones sobre el porvenir de Chile. Los poemas se publicaron en el suplemento cultural del diario La Nación, que era el diario oficial, cualquiera fuera el gobierno. Sentía cierta afinidad  por la poesía de Jorge Teillier. Alguien me dijo que trabajaba en la Universidad de Chile. Lo busqué y le propuse un reportaje. Aceptó que lo hiciéramos mientras almorzábamos. Y nos reunimos para almorzar en un restaurante de la Alameda, la calle central de Santiago. No recuerdo el nombre del restaurante. Pero sí que la sobremesa duró hasta las seis de la tarde y al pie de la mesa había, a esa hora, ocho botellas de vino vacías. Teillier las iba colocando en el piso a medida que se vaciaban.

Era un poeta de los llamados “láricos” en Chile. Su mundo, su universo, eran el sur del país y la infancia. Adoraba El gran Meaulnes, de Alain-Fournier, y las películas mudas. Su imaginación estaba llena de trenes nocturnos, bosques y casas de madera. Le dije que un poeta argentino, Raúl González Tuñón, amaba las mismas cosas, pero también amaba los viajes, como Valery Larboud. Creo que sonrió con alguna tristeza en la semioscuridad de esa tarde de otoño. El viaje no era fundamental en su imaginería. Todo lo que amaba en el mundo había pasado. Me confesó que algunos lo veían como un reaccionario por su nostálgica poesía, sin entender que el porvenir es la infancia. No obstante, no lo criticaban tanto como a Nicanor Parra, que a su vez escribía en ese momento “artefactos” ambiguos y, para algunos, contrarrevolucionarios. Sonrió de nuevo, triste y dulcemente, al decirlo. Cuando nos despedimos, no se tambaleaba. Yo sí. Tomé una “guagua” (un minibús) en la Alameda… y alguien me dio el asiento. Teillier me había dicho que, como los rusos, los chilenos sienten la necesidad de proteger a los ebrios. Llegué y me fui a la cama después de vomitar. Fidel leía la revista local de historietas Condorito. Sonrió desde su cama y me dijo: “Buenas noches, Che”. Al mediodía del otro día, me esperaba un terrible guiso de la dueña de casa, especialmente hecho para mí. Para “componer el cuerpo”, me dijo. Y fue verdad. El guiso me proporcionó una apacible siesta.

El reportaje lo escribí en hojas de carta para avión y se lo mandé a Jorge Asís, que por entonces decía que iba a sacar una revista cultural. No guardé copia. Todos mis papeles los quemé en la galería de la casa antes de irme, no sé por qué. Tal vez por viajar ligero de equipaje, tal vez por reflejo de la clandestinidad en la que había actuado en la Argentina (¿no creía en la democracia que había vuelto el 11 de marzo?);  o quizá porque la historia en Chile y de mi propio país arderían en un plazo relativamente breve y nos sumirían de nuevo en noche y niebla.

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En la mañana del 29 de junio, una decena y media de tanques avanzó por la Alameda a las órdenes del teniente coronel Roberto Souper. Es leyenda que los tanques marcharon respetando los semáforos e incluso que pararon en una gasolinera para cargar combustible, que pagaron. En la radio de la casa en Quinta Normal resonaron las palabras del presidente Allende: “Que el pueblo salga a la calle, pero no para ser ametrallado. Que lo haga con prudencia con cuanto elemento tenga en sus manos”.  El portón de madera se abrió con violencia y entró un joven desencajado gritando: “¡A las armas!”. Era un muchacho del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), muy crítico de gobierno de la Unidad Popular. Se oían gritos en todo el barrio. El viejo de la casa, rengueando, apareció con un no menos viejo Winchester 44 que me pareció mágico: el arma de los western. ¿De dónde sacó ese rifle?, le pregunté a Fidel, que no había ido al colegio (sólo porque se había quedado dormido). “Estaba arriba del ropero”, dijo Fidel. La dueña de casa convenció al viejo de que no podía ir al centro de la ciudad, no tanto por su estado físico cuanto porque no tenía balas para el Winchester. Yo llegué al centro, no me acuerdo cómo. Mucha gente lo hacía caminando, pero yo iba a bordo de algún vehículo. Vi al comandante del ejército, el general Carlos Prats, que sería luego asesinado en la Argentina, mientras caminaba, rodeado solo de unos pocos oficiales -tres o cuatro-, de tanque en tanque, ordenando a los sublevados que depusieran su actitud. Sólo uno intentó resistir la orden y fue disuadido con una pistola en la sien. Había finalizado el “tancazo” o “tanquetazo”. Desde La Moneda habían intercambiado varios centenares de disparos con los tanquistas, que no dispararon los cañones sino las ametralladoras de los tanques. Leonardo Henrichsen, un camarógrafo argentino, hijo de un sueco y una argentina, que trabajaba para la televisión sueca, fue abatido de un tiro y la imagen del militar disparando su arma fue lo último que registró su cámara.

Por la tarde hubo una manifestación frente a La Moneda. Allende habló desde un balcón. Me habían dicho que el propio Prats le había aconsejado que anunciara el cierre del Congreso y la convocatoria a nuevas elecciones legislativas como único modo de resolver la crisis. La crisis de la propia democracia. No sé si eso fue cierto. Solo sé que desde la plaza hubo muchos gritos -muchos más que los de la minoría del MIR- que pedían la clausura de las Cámaras. Estaba en la primera fila y vi la contrariedad en la cara de Allende. Pero no rehuyó el tema. Dijo con toda claridad: “No voy a cerrar el Congreso” y recordó el compromiso de la UP de respetar la legalidad. Por primera vez escuché silbidos contra las palabras del Presidente. Hubo en su cara alguna ofuscación, pero siguió hablando con calma. Lo rodeaban los comandantes de las tres armas.

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Conocí a Volodia en una fiesta del Partido en Quinta Normal, en la que se bailó la cueca y por cierto se bebió copiosamente. Me presentaron como periodista y poeta argentino. A  los 20 y tantos años, el título de poeta me pareció excesivo y bochornoso, pronunciado ante el mayor intelectual del Partido Comunista chileno. Volodia hablaba con tranquilidad, cuando la crispación se respiraba en todo Santiago. Le dije que leía con interés sus artículos, y le pregunté –usé esas palabras, creo- por su “solución gramsciana”. Se sonrió y me dijo que se trataba también de una solución “a la chilena” y que gran parte de la izquierda la tenía ya como buena. Ni en aquel hombre ni en ningún otro dirigente, incluso ni siquiera en cuadros medios, existía realmente la sospecha sobre la traición que ya preparaba el Ejército. No creían en ello, sinceramente.

Volodia dejó de lado rápidamente el tema político y no sé cómo comenzó a hablar del habla de los chilenos. Era un tema que le gustaba. Usó la palabra “deshuesada” para referirse a la pronunciación de sus compatriotas y me dijo que no tenía dudas de que ese modo de hablar venía de los andaluces que llegaron a la capitanía de Chile durante la colonización. En cambio, le intrigaba de dónde provenía el acento argentino. Le dije que lo ignoraba completamente. Le pregunté a mi vez de dónde creía que venía la acendrada cultura política europea de los chilenos. No recuerdo qué contestó exactamente, pero habló de los resabios feudales en América latina; tal vez aludió de ese modo a que Chile los tenía en menor grado. Después habló de su amigo Neruda. Sus manos estuvieron todo el tiempo sobre la mesa. Habló, creo, del “dulce” hablar del poeta. Lo evocaba como a alguien que ya hubiese muerto.

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Neruda había vuelto a Chile antes de la Navidad del año anterior y el gobierno lo había recibido con un acto popular masivo en el Estadio Nacional. En febrero, renunció a su cargo de embajador en Francia. Estaba enfermo.

Ese verano, un Citroën lujoso para mí -años más tarde apenas accedería a un popular 3CV- se estacionó frente a la casa de Quinta Normal. El barrio salió a verlo. Porque era un auto como los que no se solían ver por esos lados y porque era el auto de Neruda. Pero Neruda no había venido en él. Su chofer, que realizaba una diligencia en Santiago, era ahijado de la casa y comía con nosotros. Era por cierto un chofer adiestrado en seguridad por el Partido. Lo ponía muy nervioso que cuando Neruda viajaba desde Isla Negra a Santiago le ordenase manejar a muy baja velocidad. No sólo le gustaba al chofer manejar más rápido sino que lo consideraba necesario precisamente para la seguridad del pasajero. Esto explicaba tras sus anteojos negros. Las mujeres de la casa decían entre tanto que la Hormiguita (Delia  del Carril) había sido “la mejor mujer de Neruda”. En detrimento, claro, de Matilde Urrutia. El chofer dijo entonces: “El otro día, don Pablo me ordenó parar en medio del campo. Mire, me dijo, mire qué hermoso pajarillo, allá”.

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Pasaban cosas en la Argentina que yo quería ver de cerca. Por lo demás se había vencido mi segundo período de permanencia turística y sólo me quedaba tramitar la residencia permanente si quería quedarme. Me fui de Chile más o menos un mes y medio antes del golpe de Estado de 1973. Sentí que había cometido una traición, no sé por qué. Cuando alguien me preguntó por los motivos de mi partida, sólo atiné a decir: “En mi país también están pasando cosas importantes. Soy comunista, pero soy argentino”. En realidad, la crisis se respiraba en el aire en Chile, pero nadie creía que pudiese pasar lo que pasó. Sólo la tragedia me hizo sentir un fugitivo. En Buenos Aires, el asesinato de José Rucci me devolvió pronto a la seguridad de que no me había escapado a ningún paraíso.

Volví a Santiago recién en los primeros años 90. Algo había cambiado y era muy perceptible a simple vista: la ciudad amanecía bajo una nube de smog. Volví diez o doce años más tarde y la ciudad había cambiado aún más. Era ahora realmente una pequeña ciudad europea, aunque persistía el smog. La ciudad había mejorado sus servicios, barrios enteros habían surgido o resurgido. Zonas prostibularias o deprimidas habían sido recuperadas. A pesar del smog, no había ya decadencia, como una década y media antes. Recordé a Teillier en una sombría Alameda, no en la actual Alameda. Y vi el fantasma de Prats frente a unos tanques de guerra. Era en otro país, un país hundido en la atmósfera submarina de la memoria. Y por él tuve, como diría William Wordsworth –perdóneseme que cite a un inglés- “pensamientos demasiado profundos para el llanto”.

© Jorge Aulicino


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