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La figuración del mal



por Jorge Aulicino

El eje de la metáfora o visión llamada Infierno en la Comedia de Dante Alighieri se extiende, a mi entender, desde el canto XXI al XXX. Son nueve cantos enhebrados por la presencia del diablo representado como malévolos ángeles negros, como serpientes, como centauros o encarnado en los condenados mismos. Esa visión tiene sin embargo un tono a veces zumbón, debido a que estamos desde hace un tiempo en las Malebolge, denominación que literalmente significaría "malas bolsas": los diez socavones del Octavo Círculo que encierran todas las variantes del fraude. Son hondonadas, pozos, de bordes derruidos a veces, atravesados por puentes de piedra que a Dante le recuerdan los levadizos que sirven para atravesar los fosos que rodean un castillo. No es tan curioso que el Octavo Círculo sea tan vasto, con tantos recintos distintos y tantas clasificaciones de los reos, cuanto que está más abajo que el de los violentos, el conocido Séptimo Círculo. La ordenación de los castigos según la gravedad del pecado se indica en el principio, cuando, ante la figura de Minos en el Canto V, los condenados se confiesan y Minos enrosca su cola en torno al cuerpo tantas veces como sean necesarias para indicar la profundidad a la que serán enviados. El Octavo es, además, el penúltimo círculo, y en el último está Satanás mismo infligiendo el castigo eterno a dos arquetipos de la traición: el bíblico Caín y el terrenal Bruto, quien participó del asesinato del César.

¿Qué entendía Dante por fraude? En las Malegolge hay todo tipo de reo, desde Mahoma, abierto en canal por una espada, hasta Caifás, quien reclamó la vida del Cristo; está justamente crucificado, pero sobre el piso, expuesto a las pisadas de todos. Dramática, trágica, se torna en el Octavo Círculo la historia de las aventuras de Ulises. En común tienen, todos, el haber adulterado, estafado, burlado la buena fe o causado discordia mediante acciones o palabras falsas. Caifás no es así un perverso únicamente, sino también un intrigante. Ninguno de ellos llega a ser traidor, porque los traidores están en el centro del infierno. Y sin embargo todos están rodeados de mentirosos menores, provocadores de baja estofa, lenguas viperinas, falsificadores de documentos y de monedas, gigolós, embaucadores, alquimistas de feria, falsos adivinos, bromistas perversos, seductores de doncellas, corruptos. Son tantos, junto a unas pocas figuras grandiosas, que se podría decir que desde el canto XXI hasta el XXX se extiende una especie de infierno grotesco que termina por sacar de quicio a Virgilio.

En el canto octavo hemos empezado a comprender que la visión del infierno es urbana:

“Ahora, hijo”, comenzó el maestro,
se acerca la ciudad llamada Dite,
con gran turba, con habitantes graves.”

Y yo: "Maestro, sus mezquitas
allá en el valle ciertamente veo,
rojas, como si salidas fueran 


del fuego”

Frente a las murallas de la "ciudad llamada Dite", Virgilio y Dante tendrán asimismo su primera visión de los demonios: éstos acuden en banda a la cima de las murallas cuando ellos intentan entrar. Y no logra disuadirlos el maestro. Deberá venir un fastidiado enviado del cielo, apartando el aire fétido de su nariz con movimientos de mano, para que los diablos permitan la entrada a los visitantes.

Pero hemos de atravesar ríos de sangre hirviente, bosques de árboles quejosos, desiertos en los que llueve fuego, letrinas a cielo abierto, habitados por todo tipo de delincuentes, para llegar al núcleo de la visión, el perno central de la gran figura: la sexta de las Malebolge, que se describe en el Canto XXI. Toda la revelación llamada Infierno puede ajustarse a partir de aquí. Y el procedimiento seguido por Dante para presentarla es el más adecuado aunque parezca inverosímil: pese todo lo visto y oído, los dos poetas lograron abstraerse del paisaje y vienen hablando de cosas que no hacen al asunto. La distraída conversación es el contexto que propicia el impacto:

Así, de puente en puente, hablando
de cosas que a mi Comedia no la ocupan,
fuimos, y alcanzamos la cima cuando

paramos para ver la otra fisura
de Malebolge y los otros llantos vanos;
y la vi, maravillosamente oscura.

Toda la oscuridad del infierno ha de precipitarse ahora. Y sin embargo, ¿con qué comparar lo que allí se mueve?

Como en el arsenal de los venecianos
bulle en invierno la pez tenaz
para reparar los barcos averiados

que no pueden navegar; y a la vez
uno hace su barco nuevo, otro calafatea
los costados del que hizo más viajes;

quien recorre la proa, quien la popa;
otros hacen remos, otros retuercen sogas;
quien trinquete y artimón retoca,

tal, no por fuego, sino por divinas artes,
bullía allá abajo una pez espesa
que se pegaba a la orilla en todas partes.

¿Se parecen el lugar y los diablos a aquel astillero, o el astillero humano se parece al infierno? Dicho de otro modo: ¿Son diablos o son hombres los que pululan por los barcos? O: ¿Son hombres o son diablos los que rondan el aceite, hundiendo con sus garfios las cabezas de los condenados como los cocineros a sus ayudantes hacen sumergir en medio de la caldera la carne con los ganchos para que no flote? Si los términos de una buena comparación deben ser intercambiables y todas sus propiedades transmitidas de uno al otro, y al revés, sería difícil no ver esta doble circulación en una analogía que le lleva a Dante doce versos, y más tarde un terceto más. De esta suerte, así como el astillero y la cocina suavizan el paisaje infernal, éste arroja sus sombras sobre el mundo humano, de manera que no pueden ser el uno sin el otro.

Atravesado el puente,Virgilio se enfrenta a los demonios, y con una lógica simple disuade al jefe de los Malebranche ("malas garras"): no estaría aquí, expuesto a tus arpones, si no fuera la voluntad de un ser superior a mí y a ti. Malacoda ("mala cola") deja rodar entonces el hierro al suelo y se abre un diálogo entre un matón de comité y el mayor de los poetas latinos. La negociación cierra con la escena que inaugura el "infierno grotesco": los diablos saludan a su jefe apretando la lengua entre los dientes, y éste les devuelve el saludo haciendo "de su culo una trompeta".

En los dos cantos siguientes, la onda de aquel sonido se prolonga. Dante y Virgilio marchan acompañados por una decena de diablos al encuentro de un supuesto paso. Y dice Dante, comentando el efecto de aquel flato:

He visto caballeros alzar el campamento
y comenzar combate y hacer revista
y algunas veces partir para salvarse;

patrullas vi por la tierra de ustedes,
oh aretinos, los vi en las incursiones,
y hacer torneos y correr en justas;

a veces con trompetas, a veces con campanas,
con tambores, y con enseña en los castillos,
y con atavíos nuestros y con extraños;

pero nunca con instrumento tan distinto
vi mover caballeros ni pendones,
ni nave tras la señal de estrella o tierra.

Andábamos con los diez demonios.
¡Ah fiera compañía!; pero con santos
en la iglesia, y en la taberna con glotones.

Diversos pícaros aparecen en el camino, el primero de ellos el vivillo Giambolo, el Navarro, quien estuvo al servicio del rey Teobaldo II y cuenta su historia mientras los diablos le arrancan un pedazo de brazo. Lo que no le impide ejercer su dialéctica y convencer a los diablos de que lo dejen volver al fondo del aceite para seguir conversando con el frate Gómita, quien, se cree, sirvió a las órdenes de Nino da Visconti, de Pisa, señor de la Gallura, en Cerdeña, donde al parecer vivió el tercer personaje que se menciona en este canto: Zanche (o Sanche) di Logodoro, con quien Gómita no deja de hablar de aquella tierra sarda. El fraile, según el charlatán de Giambolo, estafó a los rivales de su amo "y en sus otros trabajos todavía bellaco fue; no chico: soberano". La suelta parla del navarro logra que, por diversión, un diablo le proponga correr con él una carrera hasta el aceite, donde podrá refugiarse si no es atrapado antes. Escapa veloz de los demonios y esto provoca un altercado entre ellos, que finaliza con dos caídos en el aceite hirviente.

En el canto XXIII, apenas escapados de los Malebranche, los poetas encuentran reos condenados a caminar con togas de plomo. Entre ellos, otros dos frailes, de la orden de caballería Maria Vergine Gloriosa, creada en Boloña en 1261 con el propósito de terciar en conflictos civiles. Eran llamados godenti (gozosos) porque se les imputaba dedicarse más al placer que a otra cosa. Los dos les dirán que van mal encaminados, y Virgilio se da cuenta de que los demonios les habían tendido una trampa:

El duca tuvo un poco inclinada la cabeza;
luego dijo: "Mal contaba lo que hacía falta 
el que a los pecadores acá arponea".

A lo que responden los frates con voz que debemos imaginar falsamente meliflua:

(...) "Yo escuché decir en Boloña
del diablo bastantes vicios, entre ellos,
que es embaucador y padre de mentiras."

Y al gran mantuano le estalla la cólera:

Luego el duca avanzó a grandes pasos,
turbado un poco el semblante por la ira.

En el Canto XXIX una nueva aparición de la picaresca matiza el relato: Griffolino da Arezzo, quien se burló de la ingenuidad de Alberto da Siena prometiéndole que lo haría volar hace su descargo aquí, lo que permite a Dante burlarse a su vez de los de Siena, por quienes no tenía al parecer mucho respeto:

Y yo dije al poeta: "¿Hubo jamás
gente tan vana como la de Siena?
¡Ni siquiera los franceses, en verdad!"

Ha comenzado a cultivar, él mismo, el tono zumbón... aprendido en el infierno.

En el canto XXX encontramos la otra punta de este eje. La zona semeja un horrible hospital en tiempos de peste:

Era el dolor como si de los hospitales
de Valdichiana, entre julio y setiembre,
y de Maremma y de Cerdeña los males

fuesen en una fosa todos reunidos; 
tal aquí era, y tal hedor se desprendía,
como el que dan los podridos miembros.

Allí encontrarán al maestro Adamo, un falsificador de moneda que ahora sufre ardiente hidropesía. El falsificador tiene una inenarrable disputa con otro condenado, un tal "Simón, el griego de Troya", culpable de haber convencido a los troyanos de que aceptaran el caballo de madera que los llevó a su ruina. Segundos antes, ha pasado por allí un hidrófobo, Gianni Schicchi, mordiendo a diestra y siniestra. El maestro Adamo es preguntado acerca de quiénes lo rodean, y se produce esta escena de vodevil:

Y una sombra, que se sintió molesta
por haber sido nombrada tan oscuro,
con el puño le pegó en la panza dura.

Sonó la barriga como un tambor;
y el maestro Adamo le golpeó el rostro
con su brazo, que no parecía menos duro,

diciéndole: "Si bien quedé privado
de mover los miembros, por mi mal,
el brazo para este oficio tengo suelto."

Repuso el otro: "Cuando caminabas
hacia el fuego, no lo tenías tan suelto;
pero tanto o más cuando acuñabas."

Y el hidrópico: "Dices verdad con esto;
pero tú no fuiste tan veraz testigo
cuando en Troya fuiste interrogado."

"¡Si hablé en falso, tú falsificaste el cuño",
dijo Simón, "y estoy aquí por sólo un fallo,
y tú por más que algún otro demonio!"

"¡Acuérdate, perjuro, del caballo",
repuso el de la panza inflada;
"y sé reo de lo que sabe el mundo!"

"¡Y sea rea de la sed que te revienta",
dijo el griego, "la lengua, y el agua podrida
te levante ante los ojos la barriga!"

Dante está sencillamente fascinado por la pelea de conventillo, en la que se presiente toda la picaresca futura de las lenguas romances, hasta que oye la voz colérica de Virgilio. Cuando se da cuenta de que su interés por las rencillas de estos seres grotescos lo ha ofendido, Dante se turba profundamente y hace un extraordinario juego de comparación para expresar el shock que le produce sentir amenazada su amistad con el maestro:

Cuando lo sentí hablarme a mí con ira,
me volví hacía él con tal vergüenza,
que aún me da vuelta en la memoria.

Como aquel que sueña su desdicha,
que soñando desea soñar,
y que lo que es no fuese anhela,

tal fui yo, no pudiendo hablar,
deseando excusarme, y me excusaba
sin embargo, y no creía que lo hiciera.

Virgilio le responde que no es para tanto, desde luego -"mayor defecto, menor vergüenza lava"-, pero no deja de advertirle que interesarse por esas historias es morboso apetito. Virgilio no puede reaccionar de otro modo por dos motivos: es clásico y es épico. Pero Dante, sin olvidar su profundo amor por el genio del que -según cree- aprendió su estilo, ha dado dos pasos que el otro jamás hubiese aceptado dar: los de ir y volver de la miseria humana a la grandeza; los de confundir el mundo de abajo con el de arriba. Como si, finalmente, todos merecieran redención; todos los condenados llevaran aún algo de luz divina a sus pequeños y traicioneros mundos. Como si en el horror los pequeños malos, con un brazo colgando, el vientre hinchado a reventar o el fuego cociéndolos eternamente, pudieran querer conversar o reñir con sus vecinos como lo hacían en vida. Dante ha logrado figurar el infierno. Ha conseguido que viva en la tierra, así como la tierra vive en él. De aquí en adelante toda la humanidad, incluidos los tibios en la antesala del infierno, estará amparada por la sacralidad de la historia.



© Jorge Aulicino


Imagen: El Infierno bajo los muros de Dite, según Giusseppe Stradano, Florencia, s.XVI







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