Oliverio, de la celebración a la náusea


En la escuela Albert Le Grand, de Arcueil, Francia, probablemente se recordó durante años el momento en que la trayectoria de un tintero arrojado desde el fondo de un aula buscó la cabeza de un profesor que había llamado antropófagos a los argentinos. El autor del atentado era el estudiante Oliverio Girondo, hijo de un acaudalado comerciante de Buenos Aires y descendiente por vía materna del general [Juan Antonio] Arenales.

El viejo duende de altillo que fue Girondo, un poeta de la bella época de Buenos Aires, saluda a menudo desde el fondo de la memoria en esta ciudad. Hoy [24 de enero de 1997] se cumplen 30 años de su muerte. Había nacido en 1891 y animó la bohemia en el momento en que aquella palabra tenía sentido. Al autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía lo recuerda un café-concert del centro y lo cita la estereotipada película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela. Es poeta celebrado.

No era antropófago, pero sí un poco energúmeno, según pudo verse en Francia. Pronto, sería un poeta vanguardista, desopilante animador de banquetes y autor de provocaciones callejeras que anticipaban, en los años 20, los happenings del Instituto Di Tella en los 60.

Avenida de Mayo era una fiesta

Oliverio fue un dandy criollo que mezclaba -como corresponde al tipo- el gesto aristocrático con la salida intempestiva. Todos los poetas del grupo de Florida -Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Girondo- eran un poco dandies, un poco radicales, un poco libertinos. Lo permitía la relativa prosperidad del país agrario.

Pero en 1932 ya parecía una leyenda la época en que los de Florida dialogaban en la vereda del Tortoni con el presidente [Marcelo Torcuato] Alvear, que solía caminar la Avenida de Mayo a la medianoche. En ese año, Girondo anunció su libro Espantapájaros haciendo circular por el centro de la ciudad una carroza fúnebre sobre la que se balanceaba un muñeco. Una especie de funeral, tal vez, para el país que tiraba manteca al techo. O una persistencia inexplicable de Oliverio en la provocación de tipo estudiantil.

Pocos años después, frisando Oliverio los 50, la poeta Olga Orozco recibió una dura impresión al conocerlo en un banquete. Le impresionaron sus "ojos desorbitados" pero sobre todo el hecho de que Girondo estaba comiendo una auténtica polenta con pajaritos. La poeta no pudo "evitar una lágrima de solidaridad piadosa con esos frágiles huesitos que gemían tan lamentablemente entre sus gozosas y olímpicas fauces". Girondo, en un gesto olímpico, precisamente, apartó el plato y declaró que no podía comer mientras "una ninfa" estuviese llorando.

Vivió en una casa con huacos peruanos y adornos marroquíes, rodeado de amigos y en veladas nocturnas, pero algo cambió con la edad en el poeta de las imágenes plásticas, la sensualidad libidinosa, los paisajes movedizos, las niñas reprimidas de Flores y los marineros borrachos. No en vano había avanzado el siglo. El mundo lentamente abandonó a Oliverio Girondo. Y su poesía celebratoria desembocó como un río subterráneo en Persuasión de los días y En la masmédula, donde el lenguaje llega al balbuceo. Un espasmo de náusea lo llevó a una poesía moral: "Es una baba lo que herrumbra las horas/...con sus vermes de asco, / con sus virus de hastío".

Si alguien evoca hoy a Girondo sólo como el poeta sensual de los años 20, su última poesía le respondería como un fantasma decapitado saltando desde el fondo de una vieja caja de sorpresas.



Jorge Aulicino
Clarín, 24 de enero de 1997


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