Poesía y alienación

La tentación de San Antonio,
Leonora Carrington, 1946
Periódico de Poesía N° 76 - México,  Febrero 2015

Desde hace un tiempo, algo que me parecía absurdo cuando era muy joven me parece más acertado: escribir poesía es una forma de la neurosis. Por lo menos, el tipo de poesía que me interesa.

Yo escribo poesía para "atrapar" algo. No para reproducir de manera naturalista, aunque eso es también, a veces, un intento de atrapar. Sé, o creo saber, que las palabras pueden producir el mismo efecto que producen en mí las cosas. Se trata de una forma de imitación, de mímesis, que va más a la estructura que a la apariencia, si bien, como digo, sucede que la apariencia a veces da la idea de la estructura.

Expresarme es entonces, para mí, lograr ese fenómeno o su efecto. No creo expresar algo propiamente mío en ningún poema porque lo "propiamente mío" no sé qué es, sino una participación para mí mismo desconocida en la estructura y movimiento de las cosas.

Puede que esto comience a explicar el para qué y el por qué. Me refiero al sentirse parte del universo que nos rodea.

Hace mucho llamé a la poesía "inminencia". Si tal inminencia me implica -y no desconozco los significados míticos de esta idea, antes bien, quisiera resaltarlos-, puede que logre cierta paz conmigo y con la historia, que forma parte del universo, y parte primordial, para mí. La historia es, en mi opinión, algo que ocurre continuamente, no lo que sucedió: el instante irredimible, continuo. Dicho más directamente: la vida actual es al mismo tiempo lo que llamamos actual y todo lo que sucedió; así como un libro no ocurre en pasado cuando lo abrimos, la historia, toda, sucede hoy. Napoleón cruza con nosotros la calle; Julio César es alguien a quien conocimos ayer.

Pero en lo que se refiere a la poesía escrita, aquella estructura, este presente continuo a veces se da y muchas veces no se da. La poesía no logra reproducir  el incierto mundo que la originó. Lo peor es que no sabemos, de nuestra propia poesía, cuándo se da y cuándo no. A nuestro juicio, nuestra poesía nunca lo logra. Y el juicio de los demás no logramos entenderlo cabalmente, tanto cuando es desfavorable cuanto favorable.

En ese sentido la poesía es neurótica. Falla, y vuelve a insistir por el mismo camino en el que sabe que ha fallado. El neurótico es el que tropieza no dos, sino mil veces contra la misma piedra.

El hombre urbano y el hombre rural saben que sus acciones repetitivas son necesarias, o eso creen. Se planta y se cosecha en los mismos meses. Se realizan tareas fabriles o bancarias de la misma manera todos los días.

Cuando uno y otro creen estar alienados; cuando piensan que nada los une a sus tareas mecánicas, que sin embargo siguen realizando, es cuando más cerca están, paradójicamente, del estado poético. Porque la poesía es aquello que no nos pertenece. Y aunque la sociología, el discurso del patrón o la ética intenten devolvernos las razones de nuestro accionar repetitivo, siempre se produce esa brecha en que nos decimos: todo lo humano me es ajeno. Y en un intento neurótico, tratamos de que sea "nuestro". Que todo sea nuestro porque participamos de ese todo.

Es religión, claro. Aunque mejor la llamaría, como acostumbraba hacerlo el poeta y científico Guillermo Boido, "necesidad religiosa", o "necesidad metafísica".

© Jorge Aulicino



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