El 45

Cualquier hecho histórico, en sus formas materiales, podría ser tomado como símbolo o como el ícono de una época, o de su comienzo, o de su final. De modo arbitrario, pero a mi juicio significativo, tomo como símbolo del final de una larga época los hongos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, en 1945. Estoy persuadido que esas dos flores dantescas cierran un período de la humanidad al que necesariamente debemos fijar un comienzo en la caída de Troya, el exilio de Eneas y la fundación mitológica de Roma. No es poco, pero es imposible no ver en el bombardeo de esas dos ciudades japonesas un suceso jamás concebido por ningún sistema de creencias o de imaginación, en toda la historia humana. Los hongos atómicos dicen a la vez muchas cosas. Que la vida puede desaparecer en masa. Que la naturaleza íntima de la materia es divisible. Que acaso todo ha surgido de un punto de concentración y calentamiento. Que el desarrollo de los imperios sigue la misma lógica de la explosión atómica. Que la humanidad es capaz de condenarse a vivir en un desierto radiactivo en un futuro no muy lejano. Que la sustancia del universo es de tipo gaseoso y árido, y que la vida es un accidente o un hecho mágico y sagrado en el desarrollo de las cosas en la escala cósmica, si es que aún podemos utilizar la palabra desarrollo aplicada a sucesos más allá de un ínfimo organismo, como el organismo animal o vegetal.

Dadas estas circunstancias, y las inferencias arbitrarias, pero significativas, que de ellas pueden hacerse, yo leo la historia de la humanidad, y de la literatura toda, de otro modo a partir de 1945. Y creo no estar absolutamente separado de la realidad si digo que, con un tejido no homogéneo, la literatura presenta sin embargo ciertas características reconocibles a partir de la mitad del siglo pasado en todo el mundo y en todas las lenguas. Los poetas anteriores a la década de los cuarenta, pero más cercanos a esos años en el tiempo, nos parecen más afines que los que escribían, por ejemplo, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. A medida que los poetas se aproximan a 1945, nos parecen aun más afines. Hemos nacido en los cuarenta. Me temo que muchos de los nacidos veinte o treinta años más tarde superan nuestro sistema de creencias. Y ese efecto dopppler, que es el que produce la onda sonora de un automóvil, por ejemplo, cuando se acerca y se aleja, es más perceptible si pensamos en los que nacieron cuarenta años más tarde, alrededor de los 80. La frecuencia de onda ha variado y nuestro oído sabía de aquella que señalaba la aproximación del fenómeno; ignora esta otra, la del bólido que se aleja.

Hasta el final del siglo XIX, la poesía era un campo uniforme. Antigua, renacentista o romántica, procedía del mismo modo y tenía el mismo objetivo. Ese objetivo era el de emocionar por medio de la cadencia y la metáfora, usadas con fines de intensificar y embellecer el efecto de un mensaje inequívoco. No se concebía al poema como una imagen única y orgánica, ni siquiera como metáfora única, y como una única vibración -aunque en varios compases o intensidades- como empezó a proponerse a fines del XIX. Nadie, hasta, concretamente, las correspondencias de Baudelaire y su normativa, establecida por el creacionismo y el imaginismo, pensó que el poema era un evento, un suceso, diferente en el orden de los sucesos cotidianos -a los que no representaba, sino que se sumaba a ellos- y que la mal llamada "música" del poema pudiera ser la de una sola cuerda. Es decir que si algo decía el poema, lo decía con su propia estructura, no con recursos retóricos adicionales ni con sonidos adicionales. Y lo que el poema decía era el poema mismo.  Diría Wallace Stevens, resumiendo: el poema es un meteoro. La teoría de cuerdas de la física astronómica vino a confirmar –metodológicamente, puesto que en el plano de la física moderna no existe posibilidad de confirmación empírica- lo que la poesía había establecido a lo largo del siglo XX: el campo unificado es una vibración universal, una función de onda, en cuyas intensidades se forman las galaxias, la materia inestable, atravesada por la entropía. El efecto doppler provoca que aquella poesía y esta teoría nos suenen cada vez más graves. La luz del objeto tiene una longitud de onda más amplia y, de este modo, sabemos que todo, la poesía y la física incluidas, se mueve en una de estas dos direcciones: hacia el límite de sus posibilidades de expansión, desde donde volverá  a retraerse hacia un mundo infinito e inequívoco de masa pura; o hacia la expansión absoluta y la falta de calor y energía: la muerte térmica. Pero en el plano especulativo el cero absoluto no existe y entonces la más mínima expresión de calor persistirá en el universo y creará nuevos fenómenos.

Estamos lejos de saber qué otro lenguaje están produciendo  las ciencias y la poesía, ya que la ciencia es imposible sin la palabra en estado lógico puro, sobre la base de un efecto de big bang producido por la expansión de la poesía y la teoría desde mediados del siglo XX.

Alrededor de los 60-70 la poesía, nacida del big bang de las vanguardias, tenía un estado de onda corta, en el que los procesos se verificaban a muy breves distancias entre el núcleo significativo y sus alcances reales. A partir de allí, habría empezado una nueva historia, la historia del cosmos, la historia de la expansión, en la que la poesía se hizo indistinguible de lo que menciona. Es imposible, dicho en otros términos, asegurar si la poesía y la teoría nombran fenómenos o se designan a sí mismas. Del estado primitivo, que duró dos milenios, la poesía pasó a expandirse del mismo modo en que lo hizo la materia, sin que sepamos -como no lo saben los físicos- cuál fue la fuerza, el motivo, de que un estado de densidad infinita, autosuficiente,  en el que la física o la poesía no necesitaban interpretación, haya estallado para dar lugar a un universo que no sabemos si va hacia su extensión casi absoluta o hacia un nuevo repliegue en sí mismo.


© Jorge Aulicino
Otra Iglesia es Imposible
mayo 2010


Foto: NASA

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