El Gran Provocador
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En la Costa Brava , cerca de
la frontera con Francia, el cielo y las rocas forman un concierto en el que uno
es el fondo constante y las otras el cambiante pespunte de una melodía a veces
sombría, por momentos extravagante, de a ratos protectora, casi siempre
crispada. Úteros, son, en ciertos parajes, esas calas en las que el
Mediterráneo se hace tan oscuro que su azul vira al plomo. Hace un
tiempo, en el pueblo de pescadores de Cadaqués, este cronista descubrió lo que
ya sabía: ese cielo indiferente a las rocas, a su congelado malestar o a su
áspera paz, es el de Dalí. Aquel surrealista que a los 26 años había establecido su hogar en Portlligat, a
15 minutos de caminata de Cadaqués, no será recordado por cielos artificiosos,
convencionalmente oníricos, sino por el cielo de la costa catalana; el cielo
clásico, sin sombra ni amenaza; el cielo renacentista, simple, preescolar. El
resto del cuadro, en gran parte de la obra de Dalí, serían esas rocas
dislocadas, escarpadas, y sin embargo maternas. De hecho, una curiosa roca
amorfa del Cap de Creus es, para muchos, la base del cuadro El gran
masturbador. En la roca no se ve masturbador alguno, por imaginación que uno
ponga, y en el cuadro, a decir verdad, tampoco.
Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domenech nació en Figueres, en el Ampurdán, a unos30 kilómetros de
Cadaqués, el 11 de mayo de 1904. Su primer nombre era el de un hermano muerto
un año antes. Esta condición de doble -apenas nacido debía llevar flores a su
propia tumba- tuvo, diría él, una influencia decisiva en su vida. Es probable
que lo dijera porque veneró a Sigmund Freud, y debió creer honestamente en el
psicoanálisis. También quiso hacer creer que estaba pintando sus sueños. Esto
es dudoso. Lo cierto es que su vida fue, aunque parezca asentada en un poderoso
yo, un largo proceso de despersonalización estética.
Dalí empezó a pintar desde muy chico. Y también, cuando era un chico, solía apoyarse en una muleta que había encontrado por allí para gritar: “Soy el rey”. Se empeñó en crearse como rey. Y este rey cojo nada hubiera sido de no haber creado, junto con su personaje, una obra poderosa en la que aparece más la historia del hombre como una nítida ensoñación que los paisajes de sus propios sueños, que era el dogma de los surrealistas.
La relación de Dalí con la pintura, con su desarrollo secreto, es mucho más importante que la relación con el surrealismo francés. Velázquez, De Chirico y, por último Rafael, son más decisivos que André Bretón para comprenderlo. La búsqueda, el enfrentamiento y la ruptura con el pope surrrealista ofrecen algunas claves para entender al personaje Dalí, pero arrojan pistas dudosas sobre sus cuadros y sobre el propio sentido del surrealismo, ese movimiento plagado de agrupamientos y rupturas, fervores y excomuniones, administrados por Bretón. Dalí fue una provocación dentro de una provocación. Y una provocación políticamente incorrecta.
Digamos brevemente cómo llegó a ese punto. En 1921, está en Madrid, para estudiar enla Escuela de Bellas Artes de
San Fernando, de la que sería expulsado. En la Residencia de
Estudiantes, conoce a Federico García Lorca y a Luis Buñuel. Con éste
realizaría, años más tarde, El perro andaluz, la primera película surrealista,
célebre por su primera escena, en la que una navaja secciona un ojo. Este trío,
que compartía más que nada una perturbada relación con el sexo, crea un
ambiente provocador que nutre seguramente en Dalí la idea de que el genio es
necesariamente un ser distinto. Otro. Uno que lleva el nombre de otro: Salvador
Dalí, que no es Salvador Dalí sino un muerto, por ejemplo. O el espejo de un
confuso dios.
Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domenech nació en Figueres, en el Ampurdán, a unos
Dalí empezó a pintar desde muy chico. Y también, cuando era un chico, solía apoyarse en una muleta que había encontrado por allí para gritar: “Soy el rey”. Se empeñó en crearse como rey. Y este rey cojo nada hubiera sido de no haber creado, junto con su personaje, una obra poderosa en la que aparece más la historia del hombre como una nítida ensoñación que los paisajes de sus propios sueños, que era el dogma de los surrealistas.
La relación de Dalí con la pintura, con su desarrollo secreto, es mucho más importante que la relación con el surrealismo francés. Velázquez, De Chirico y, por último Rafael, son más decisivos que André Bretón para comprenderlo. La búsqueda, el enfrentamiento y la ruptura con el pope surrrealista ofrecen algunas claves para entender al personaje Dalí, pero arrojan pistas dudosas sobre sus cuadros y sobre el propio sentido del surrealismo, ese movimiento plagado de agrupamientos y rupturas, fervores y excomuniones, administrados por Bretón. Dalí fue una provocación dentro de una provocación. Y una provocación políticamente incorrecta.
Digamos brevemente cómo llegó a ese punto. En 1921, está en Madrid, para estudiar en
Dalí viaja por segunda vez a París a fines de los años 20. Había viajado una primera, por invitación de Buñuel, y sólo conoció a Picasso, que al fin y al cabo era español como él. Esta vez va a buscar al dios del que sería espejo y bufón. Ya había leído a Freud. Ya había visto los cuadros de Diego Velázquez en el Museo del Prado y se había sobresaltado ante su propia percepción de que Velázquez pintaba precisamente como un medium. Pintaba otra cosa.
Por cierto, encuentra al Rey en París. Es decir, a Bretón, quien en 1924 había redactado el primero y principal de los manifiestos surrealistas, aquel que define la estética y ética surrealistas como “automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento”. Entusiastamente lo acoge el Pope. Y Dalí crece. Durante el verano de 1929, en Cadaqués, le arrebata
Con el correr del tiempo, Bretón mueve contra él su poder. Le reclama
que haga declaraciones para explicar cómo es que ha pintado a Hitler. Dalí le
responde que Hitler es “un objeto de
delirio inconsciente, una fuerza de autodestrucción y de cataclismo
prodigiosa”. Bretón le cuelga el San Benito. Bretón se preocupa. Dalí utiliza las imágenes tomadas de los sueños
"abusando de ellas y poniendo en peligro
la credibilidad del Surrealismo”.
Muy bien, pero ¿cómo detenerlo? Dalí viaja a Nueva York y comienza a ganar
dinero. Bretón hace el famoso anagrama con el nombre de Salvador Dalí: avida
dollars. Dalí sigue creciendo. Bretón lo expulsa. Dalí responde: “No podéis
expulsarme. El surrealismo soy yo”. Así era. Aquel Alien se había apoderado
totalmente del cuerpo del surrealismo. Faltaba el golpe final. Cubierto de
dólares, realmente, Avida Dollars escribirá mucho después, definitivamente burlón
y cerrando la paradoja de que el surrealismo hubiese creado ese monstruo
surrreal que fue su peor pesadilla: “El anagrama avida dollars constituyó un
talismán para mí. Rindió generosa, dulce y monótonamente un manantial de
dólares”. Y como si
esto fuera poco: “Jamás, jamás, jamás, jamás el exceso de dinero, de
publicidad, de éxito o de popularidad me ha dado ganas de suicidarme, sino todo
lo contrario”. A la expulsión de Dalí, siguió la de Eluard, el notable poeta
cuya mujer se convirtiera en la mujer del catalán. Uno por reaccionario, el
otro por demasiado comunista, ambos terminaron fuera del epiléptico movimiento
creado por Bretón.
A partir
de la Segunda Guerra
Mundial, por fijar las cosas en el tiempo, tenemos a Dalí íntegramente
construido como el retrato vivo del surrealismo, con sus grandes bigotes manija,
paseando un leopardo con cadena de oro por las calles de Nueva York, vistiendo
trajes extravagantes y declarando a los cuatro vientos su inmenso amor por sí
mismo. Hombre de un ego tan grande, y probablemente tan blando, como un
elefante, el pintor catalán había logrado lo que Bretón y su tropa
indisciplinada no habían logrado: hacer del surrealismo un hecho real, o al
menos contante y sonante. Y sin embargo, no era Dalí un mero aviso publicitario.
Había algo en él poderosamente auténtico
que el propio Freud había vislumbrado. Freud rechazó el galanteo de
Bretón. “Hay demasiado método en su delirio”, le dijo, más o menos, cuando
Bretón lo visitó en Viena. Probablemente ofuscado por la recepción del creador
del psicoanálisis, Bretón lo describiría luego como un “anciano
insignificante”. A Dalí, en cambio, le fue mucho mejor. Freud escribiría a
Stephan Zweig, quien le presentó a Dalí: “Es preciso darle las gracias a usted
(...) los surrealistas, que al parecer me han elegido como su santo patrón, me
parecían unos locos integrales. El joven español, con sus cándidos ojos de
fanático y su innegable maestría técnica, me ha incitado a reconsiderar mi
opinión.”
Hijos
tuvo muchos Dalí. El arte de la excentricidad, un arte necesariamente
mediático, le debe casi todo. Es Dalí el tío materno, si no el padre, de una
heterogénea lista de provocadores visuales, teatrales, que bien podría incluir
a Michael Jackson o a Marylin Manson. Y no era Dalí un provocador filosófico,
como Diógenes de Sínope, ni refinado, como Oscar Wilde. Ni tampoco buscaba, es
evidente, utilizar la provocación para llamar la atención sobre algo más
importante. Mal sabía sobre qué quería llamar la atención. Sin embargo, hay una
clave involuntaria en una de esas extravagantes respuestas autoidolátricas que
solía dar. Le preguntaron qué había que preguntar para saber si se estaba ante
un genio, y dijo: “Hay que saber cómo se llama y dónde nació; si su nombre es
Salvador Dalí Domenech y nació en
Figueres, ya no hay duda de que lo es”. Un nombre y un lugar reducían el
fenómeno. Parece importante que la respuesta de Dalí no se haya limitado a su
propio nombre, que por otra parte, ya sabemos, era el de un muerto.
¿Por qué
-se pregunta uno en Portlligat- este engendro moderno, este hombre destinado a
triunfar en la metropolis, eligió como refugio, en 1930, a los 26 años, una
casa frente al mar, en un pueblo de pescadores? ¿Por qué volvió aquí en 1948?
¿Es por el cielo, que vio en los cuadros de Rafael y descubrió parecido al
suyo? El regreso a Portlligat coincide con su decisión de ir al clasicismo
cuando podía haberse desbarrancado por el camino de los relojes blandos y las
pinturas amorfas, que le daban mucho dinero. Portlligat tiene que ver con su
misticismo católico, con las dos madonnas del Porlligat, con su Crucifixión,
con La última cena. También tiene que ver con sus ensayos op-art (técnica de
los efectos visuales), como el retrato de Gala que a veinte metros se convierte
en la cabeza de Lincoln. Con su empeño en el estudio de la ciencia. “Mi pintura
es la fotografía en color y a mano de imágenes superfinas y extrapictóricas de
la irracionalidad concreta", definió. Aquello “concreto” y
“extrapictórico” que lo desvelaba, ¿está en Portlligat? En realidad ¿la
búsqueda de qué cosa concreta fue Dalí? ¿La de un dios concreto y sorprendente,
con el que pudiera hablar? ¿Será la cifra de esa búsqueda la espalda
renacentista de Gala?
Católico
y de derecha, pero sobre todo clásico y más hondo, el viejo provocador volvió
al paisaje de la Costa
Brava para vivir la segunda mitad de su vida. Murió en
Figueres a los 85 años, ya sin Gala ni fastos, unido a respiradores y sillas de
ruedas. Las muletas ¿recuerdan?
En
Portlligat, a metros de su casa, había hasta hace un tiempo un bote abandonado
en la calle. Desde el fondo del bote había crecido un árbol. ¿Dios hizo crecer
el árbol desde el fondo del bote? ¿O Dalí había construido el bote en torno del
árbol? Su obra fue la respuesta a las dos preguntas.
Jorge
Aulicino
Revista Ñ
2004
Imagen: Salvador Dalí, El gran masturbador, 1929
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