El Gran Provocador


Salvador Dalí, El gran masturbador, 1929

En la Costa Brava, cerca de la frontera con Francia, el cielo y las rocas forman un concierto en el que uno es el fondo constante y las otras el cambiante pespunte de una melodía a veces sombría, por momentos extravagante, de a ratos protectora, casi siempre crispada. Úteros, son, en ciertos parajes, esas calas en las que el Mediterráneo se hace tan oscuro que su azul vira al plomo. Hace un tiempo, en el pueblo de pescadores de Cadaqués, este cronista descubrió lo que ya sabía: ese cielo indiferente a las rocas, a su congelado malestar o a su áspera paz, es el de Dalí. Aquel surrealista que a los 26 años  había establecido su hogar en Portlligat, a 15 minutos de caminata de Cadaqués, no será recordado por cielos artificiosos, convencionalmente oníricos, sino por el cielo de la costa catalana; el cielo clásico, sin sombra ni amenaza; el cielo renacentista, simple, preescolar. El resto del cuadro, en gran parte de la obra de Dalí, serían esas rocas dislocadas, escarpadas, y sin embargo maternas. De hecho, una curiosa roca amorfa del Cap de Creus es, para muchos, la base del cuadro El gran masturbador. En la roca no se ve masturbador alguno, por imaginación que uno ponga, y en el cuadro, a decir verdad, tampoco. 

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domenech nació en Figueres, en el Ampurdán, a unos 30 kilómetros de Cadaqués, el 11 de mayo de 1904. Su primer nombre era el de un hermano muerto un año antes. Esta condición de doble -apenas nacido debía llevar flores a su propia tumba- tuvo, diría él, una influencia decisiva en su vida. Es probable que lo dijera porque veneró a Sigmund Freud, y debió creer honestamente en el psicoanálisis. También quiso hacer creer que estaba pintando sus sueños. Esto es dudoso. Lo cierto es que su vida fue, aunque parezca asentada en un poderoso yo, un largo proceso de despersonalización estética.

Dalí empezó a pintar desde muy chico. Y también, cuando era un chico, solía apoyarse en una muleta que había encontrado por allí para gritar: “Soy el rey”. Se empeñó en crearse como rey. Y este rey cojo nada hubiera sido de no haber creado, junto con  su personaje, una obra poderosa en la que aparece más la historia del hombre como una nítida ensoñación que los paisajes de sus propios sueños, que era el dogma de los surrealistas.


La relación de Dalí con la pintura, con su desarrollo secreto, es mucho más importante que la relación con el surrealismo francés. Velázquez, De Chirico y, por último Rafael, son más decisivos que André Bretón para comprenderlo. La búsqueda, el enfrentamiento y la ruptura con el pope surrrealista ofrecen algunas claves para entender al personaje Dalí, pero arrojan pistas dudosas sobre sus cuadros y sobre el propio sentido del surrealismo, ese movimiento plagado de agrupamientos y rupturas, fervores y excomuniones, administrados por Bretón. Dalí fue una provocación dentro de una provocación. Y una provocación políticamente incorrecta.


Digamos brevemente cómo llegó a ese punto. En 1921, está en Madrid, para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de la que sería expulsado. En la Residencia de Estudiantes, conoce a Federico García Lorca y a Luis Buñuel. Con éste realizaría, años más tarde, El perro andaluz, la primera película surrealista, célebre por su primera escena, en la que una navaja secciona un ojo. Este trío, que compartía más que nada una perturbada relación con el sexo, crea un ambiente provocador que nutre seguramente en Dalí la idea de que el genio es necesariamente un ser distinto. Otro. Uno que lleva el nombre de otro: Salvador Dalí, que no es Salvador Dalí sino un muerto, por ejemplo. O el espejo de un confuso dios.

Dalí viaja por segunda vez a París a fines de los años 20. Había viajado una primera, por invitación de Buñuel, y sólo conoció a Picasso, que al fin y al cabo era español como él. Esta vez va a buscar al dios del que sería espejo y bufón. Ya había leído a Freud. Ya había visto los cuadros de Diego Velázquez en el Museo del Prado y se había sobresaltado ante su propia percepción de que Velázquez pintaba precisamente como un medium. Pintaba otra cosa.


Por cierto, encuentra al Rey en París. Es decir, a Bretón, quien en 1924 había redactado el primero y principal de los manifiestos surrealistas, aquel que define la estética y ética surrealistas como “automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento”. Entusiastamente lo acoge el Pope. Y Dalí crece. Durante el verano de 1929, en Cadaqués, le arrebata la Dama al Alfil. Es decir, conquista a  Gala, la mujer de Paul Eluard. Se casan a los cuatro meses y permanecen juntos durante 53 años, hasta la muerte de ella. 

Con el correr del tiempo,  Bretón mueve contra él su poder. Le reclama que haga declaraciones para explicar cómo es que ha pintado a Hitler. Dalí le responde que Hitler es  “un objeto de delirio inconsciente, una fuerza de autodestrucción y de cataclismo prodigiosa”. Bretón le cuelga el San Benito. Bretón se preocupa. Dalí  utiliza las imágenes tomadas de los sueños "abusando de ellas y poniendo en peligro  la credibilidad  del Surrealismo”. Muy bien, pero ¿cómo detenerlo? Dalí viaja a Nueva York y comienza a ganar dinero. Bretón hace el famoso anagrama con el nombre de Salvador Dalí: avida dollars. Dalí sigue creciendo. Bretón lo expulsa. Dalí responde: “No podéis expulsarme. El surrealismo soy yo”. Así era. Aquel Alien se había apoderado totalmente del cuerpo del surrealismo. Faltaba el golpe final. Cubierto de dólares, realmente, Avida Dollars escribirá mucho después, definitivamente burlón y cerrando la paradoja de que el surrealismo hubiese creado ese monstruo surrreal que fue su peor pesadilla: “El anagrama avida dollars constituyó un talismán para mí. Rindió generosa, dulce y monótonamente un manantial de dólares”. Y como si esto fuera poco: “Jamás, jamás, jamás, jamás el exceso de dinero, de publicidad, de éxito o de popularidad me ha dado ganas de suicidarme, sino todo lo contrario”. A la expulsión de Dalí, siguió la de Eluard, el notable poeta cuya mujer se convirtiera en la mujer del catalán. Uno por reaccionario, el otro por demasiado comunista, ambos terminaron fuera del epiléptico movimiento creado por Bretón.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, por fijar las cosas en el tiempo, tenemos a Dalí íntegramente construido como el retrato vivo del surrealismo, con sus grandes bigotes manija, paseando un leopardo con cadena de oro por las calles de Nueva York, vistiendo trajes extravagantes y declarando a los cuatro vientos su inmenso amor por sí mismo. Hombre de un ego tan grande, y probablemente tan blando, como un elefante, el pintor catalán había logrado lo que Bretón y su tropa indisciplinada no habían logrado: hacer del surrealismo un hecho real, o al menos contante y sonante. Y sin embargo, no era Dalí un mero aviso publicitario. Había algo en él poderosamente auténtico  que el propio Freud había vislumbrado. Freud rechazó el galanteo de Bretón. “Hay demasiado método en su delirio”, le dijo, más o menos, cuando Bretón lo visitó en Viena. Probablemente ofuscado por la recepción del creador del psicoanálisis, Bretón lo describiría luego como un “anciano insignificante”. A Dalí, en cambio, le fue mucho mejor. Freud escribiría a Stephan Zweig, quien le presentó a Dalí: “Es preciso darle las gracias a usted (...) los surrealistas, que al parecer me han elegido como su santo patrón, me parecían unos locos integrales. El joven español, con sus cándidos ojos de fanático y su innegable maestría técnica, me ha incitado a reconsiderar mi opinión.”

Hijos tuvo muchos Dalí. El arte de la excentricidad, un arte necesariamente mediático, le debe casi todo. Es Dalí el tío materno, si no el padre, de una heterogénea lista de provocadores visuales, teatrales, que bien podría incluir a Michael Jackson o a Marylin Manson. Y no era Dalí un provocador filosófico, como Diógenes de Sínope, ni refinado, como Oscar Wilde. Ni tampoco buscaba, es evidente, utilizar la provocación para llamar la atención sobre algo más importante. Mal sabía sobre qué quería llamar la atención. Sin embargo, hay una clave involuntaria en una de esas extravagantes respuestas autoidolátricas que solía dar. Le preguntaron qué había que preguntar para saber si se estaba ante un genio, y dijo: “Hay que saber cómo se llama y dónde nació; si su nombre es Salvador Dalí  Domenech y nació en Figueres, ya no hay duda de que lo es”. Un nombre y un lugar reducían el fenómeno. Parece importante que la respuesta de Dalí no se haya limitado a su propio nombre, que por otra parte, ya sabemos, era el de un muerto.

¿Por qué -se pregunta uno en Portlligat- este engendro moderno, este hombre destinado a triunfar en la metropolis, eligió como refugio, en 1930, a los 26 años, una casa frente al mar, en un pueblo de pescadores? ¿Por qué volvió aquí en 1948? ¿Es por el cielo, que vio en los cuadros de Rafael y descubrió parecido al suyo? El regreso a Portlligat coincide con su decisión de ir al clasicismo cuando podía haberse desbarrancado por el camino de los relojes blandos y las pinturas amorfas, que le daban mucho dinero. Portlligat tiene que ver con su misticismo católico, con las dos madonnas del Porlligat, con su Crucifixión, con La última cena. También tiene que ver con sus ensayos op-art (técnica de los efectos visuales), como el retrato de Gala que a veinte metros se convierte en la cabeza de Lincoln. Con su empeño en el estudio de la ciencia. “Mi pintura es la fotografía en color y a mano de imágenes superfinas y extrapictóricas de la irracionalidad concreta", definió. Aquello “concreto” y “extrapictórico” que lo desvelaba, ¿está en Portlligat? En realidad ¿la búsqueda de qué cosa concreta fue Dalí? ¿La de un dios concreto y sorprendente, con el que pudiera hablar? ¿Será la cifra de esa búsqueda la espalda renacentista de Gala?

Católico y de derecha, pero sobre todo clásico y más hondo, el viejo provocador volvió al paisaje de la Costa Brava para vivir la segunda mitad de su vida. Murió en Figueres a los 85 años, ya sin Gala ni fastos, unido a respiradores y sillas de ruedas. Las muletas ¿recuerdan?

En Portlligat, a metros de su casa, había hasta hace un tiempo un bote abandonado en la calle. Desde el fondo del bote había crecido un árbol. ¿Dios hizo crecer el árbol desde el fondo del bote? ¿O Dalí había construido el bote en torno del árbol? Su obra fue la respuesta a las dos preguntas.

Jorge Aulicino
Revista Ñ 2004





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