Tuñón, un santo demoníaco


¿Quién creen que era Raúl González Tuñón? ¿Era en realidad un santo laico, como lo recordamos muchos? ¿Era el primer poeta comunista de la Argentina? Tuñón nació hace 100 años (fue el 29 de marzo de 1905, en la calle Saavedra) y su propio mundo lo asaltó pronto. A los 21 años, en algún lugar de la ciudad y alguna noche, el poeta que acababa de nacer con El violín del diablo bajo el brazo recibía el chicotazo cálido y sarcástico de Roberto Arlt: "¡Tuñón, el poeta de las putas, de los ladrones y del puerto!" ("¿Un puerto? Yo he conocido un puerto. Decir yo he conocido es decir: algo ha muerto", respondería, y descubriría, años después, pobre, ligero y resplandeciente, acodado en una mesa de un café del Barrio Latino). No faltaba mucho para que cualquier otro pudiera saludarlo, diciendo: "¡Tuñón, el que blindó la rosa!" En 1933 estaba en España, cuando estalló un levantamiento minero en Asturias. Allí nació La rosa blindada, que con La calle del agujero en la media, escrito en París, permiten que Tuñón sea reverenciado en dos altares: como santo patrón de los lupanares y como arcángel de la insurrección.

Ese poeta que iba y venía entre un mundo ancho y ajeno que se agotaba y renacía en cada puerto y el mundo de la lucha social, los héroes antiburgueses y los obreros armados —o dicho de otro modo, el de los aventureros y los ladrones y el de la revolución organizada—, mal pudo ser entendido por quienes esperaban de él que se decidiera por la revolución o por la lírica fantasmagórica de los circos, de los cafetines y los reservados. La aparente ambigüedad de su figura, que era sutileza no más, lo privó de los laureles del estalinismo vernáculo y le deparó mal disimuladas muestras de desprecio, en otros ambientes, por su poesía política.

Hay un problema. Las revoluciones no las hacen los ladrones, y menos los que imaginó Tuñón. Y tampoco los revolucionarios son los santos inocentes que él cantaba. Apostaba en cambio a que, sin saberlo, ellos fueran los únicos que pudieran dar sentido a la palabra capitalismo: elogió los torturados mostradores donde "obreros y ladrones hablan de cosas importantes".

Tuñón era puro en el bien y era puro en el mal. No debió distinguir él mismo, como lo hizo, entre poemas "líricos" y poemas "civiles". Era el soñador que soñaba ambos. Estaba del lado de los ladrones porque se mueven en otra planimetría. A la ciudad que teje las relaciones de clase tanto como los amores prefería verla privada de fronteras. Nocturna, por ejemplo, con las ventanas iluminadas que sólo miran "los ladrones y los hombres de frac"; o como una selva virgen ("nos afeitamos todos los días, todos los días entramos a la ciudad como a un túnel luminoso, seguros de encontrar la aventura"). Por lo demás, la vida "es de los millonarios, de los atletas, de los perfumistas, de los aviadores, de los contrabandistas, de los escribanos". Definitivamente, la vida no era de Tuñón, de su extraño personaje al que llamó Juancito Caminador (traducción de Johnny Walker, la marca de un whisky cuya etiqueta lo había inspirado), quien quería deslizarse "con suavidad y desenvoltura de fumador de opio".

Así pues, si se deplora que el comunista escribiera poemas intimistas o de los bajos fondos, valdría la pena reparar en que su lirismo no excluía la violencia, incluso en la intimidad de las callejuelas de París ("El ciego está cantando. Te digo: ¡amo la guerra!"); y si se deplora su socialismo militante, observar que no dejaba de ser ese mismo lírico demoníaco cuando, en la revuelta, "la ametralladora bailarina lanza sus abanicos de metralla". Era el mismo Johnny Walker, sí, sin duda, el que escribía a los hermanos Genna ("de parte de Al, una sonrisa le regalaban en cada tiro") y a Buenaventura Durruti, jefe anarquista durante la Guerra Civil española.

La fugacidad brillante de la vida lo hirió e incitó. Era la saudade de tiempos no ocurridos, tiempos del porvenir náufragos en el pasado, lo que inspiraba su poesía más visionaria que humana. Escribía de modo tan natural como su sonrisa luminosa y discreta. "Quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra". Como si no bastara la palabra bonita y hubiera que conocer para decir otra vez: "algo ha muerto".


Clarín, 20.3.2005

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