Hágame una listita


Sábado 16 de febrero de 2008
“Sistemas de lectura” es una manera de decir “canon”. “Canon” es una palabra utilizada por el crítico estadounidense Harold Bloom quien escribió El canon occidental. Y todo ello refiere a la lista de compras del que quiera saber cuáles son los escritores “verdaderamente” importantes.
Piglia nos dijo una vez cuando lo entrevistamos para esta revista [Ñ]: “Se trata sólo de guías de lecturas académicas”. Restringió su uso al ámbito académico y no quiso relacionar la palabra con el ranking.
Ahora bien, ¿qué es un “sistema de lecturas”? ¿Y qué hacer entonces con los lectores proteicos, esos que leemos de todo, y peor aun, con los escritores que se multiplican como hongos? ¿Caerán como hongos no comestibles cuando se acerque la guadaña del canon, o del Sistema de Lecturas?
Esto por no preguntar sencillamente: ¿qué es un sistema de lecturas? ¿Uno que considere la literatura universal como una obra “en progreso” como quería Ezra Pound, y a un número de autores como conquistadores o descubridores o constructores imprescindibles? ¿Uno que se lleve por la afinidad de estilo? ¿Uno que elija a los escritores que mejor representaron su época y la tendencia “maestra” de su tiempo? ¿Uno que a juicio del lector seleccione arbitrariamente “a los que escriben mejor”? ¿Uno que nos ofrezca los autores que “mejor” definieron el alma humana? ¿Uno que junte a los más “revolucionarios”? ¿Uno que exhiba a los que mejor contengan “las contradicciones” del Sistema? ¿Uno que reúna a los que han sido peor publicados y menos frecuentados? ¿Uno que…?
Cualquiera sea la elección, se trata de unos a expensas de los otros. Todo sistema habrá de apoyarse en lo que niega.
¿Por qué no uno misterioso por lo aparentemente caprichoso?, como esa lista que algunas librerías electrónicas ponían al final de la presentación de cada libro: “Los lectores que compraron este libro también consultaron…”
Raúl González Tuñón vivía en el comienzo de la calle Amenábar y el comedor de su departamento en una planta baja daba a las vías del tren. Quien lo visitaba, se asombraba de muchas cosas: de ese cercano tren que evocaba los mágicos viajes de sus poemas; de que Tuñón se ponía el saco para recibir; de la modestia del departamento. Tal vez no se asombraba de que no había allí cosas asombrosas. Ni trabucos ni títeres ni viejas botellas ni relojes ni cajas de música… Ninguna de las cosas de las que Tuñón hablaba constantemente en sus poemas. Sólo había algún portarretrato, si recuerdo bien, y uno de ellos, o el único -si recuerdo mal- contenía la foto de Charles Baudelaire. Si uno la miraba, o aludía a ella, Tuñón decía: “El padre de los poetas modernos”. El canon de Tuñón entonces tenía un único santo, un solo creador, un exclusivo fundador. Era un canon monoteísta y calvinista.
Tuñón no necesitaba citar a Walter Benjamin, a quien dudo hubiera leído, para demostrar que Baudelaire era el primer poeta de las ciudades cosmopolitas. No necesitaba acudir al concepto de “flaneur” ni al del aura perdida. Allí estaba su Santo Patrón, porque en él creía.
¿No será mejor así? ¿No sería mejor que cada uno eligiese su “punto de densidad infinita” y punto?
En una reunión de amigos, una de los circunstantes dijo que a su juicio Borges era el mejor. Hubo un silencio y al fin alguien preguntó: ¿El mejor… de todos? Asintió ella. Brevemente: relucieron todo tipo de nombres por género, de narradores y de poetas… Pero no hubo discusión: sólo enumeración, como si aquellas menciones de autores de un siglo y de todo el mundo encerraran, cada una, un punto de densidad infinita, un potencial big-bang.

Narradores traumatólogos y poetas bacteriólogos

Domingo 9 de marzo de 2008
El lirismo, un tema que ha vuelto al debate, puede entenderse de dos maneras (a la primera se asocia la segunda, pero ésta puede funcionar sin la primera): aquello considerado lírico que es básicamente un vocabulario generalmente ligado a la naturaleza (flores y sus especies más preciadas: rosas, lilas; pájaros desde gorriones a ruiseñores, pero sobre todo tórtolas, palomas en general, golondrinas; atardeceres, montañas, volcanes, lluvia, resplandor), a refinados ambientes y texturas interiores (el terciopelo goza de gran prestigio lírico), a la descripción del amor y de la mujer (para lo que suelen utilizarse los símiles que unen ambas cosas con atardeceres, cristal luciente, terciopelo, rosas, fuego, perlas y ámbar), y una mirada absolutamente subjetiva, que proviene de la profundidad del yo y es tal vez su esencia. Esta última idea de lirismo corresponde al sistema aristotélico; no se basa necesariamente en un vocabulario: poco importa si se nombran fenómenos naturales o símiles entre ellos y refinados objetos manufacturados y la mujer amada, o sólo objetos manufacturados vulgares y ambientes urbanos desangelados.
En un reportaje publicado por Perfil este domingo, el estimable narrador y no meno estimable poeta Pedro Mairal, entrañable persona además, supone que la excelsitud de la poesía ha apartado a los poetas de los narradores porque unos desprecian la vulgaridad de la prosa y los otros la excelsitud de la poesía –“Sí, a los poetas más puros la narrativa les parecía una vulgaridad; a los que son tan excelsos con el lenguaje”-, brecha que se viene sellando, piensa Mairal, gracias a autores como Fabián Casas y Santiago Vega (Washington Cucurto) –“me interesan los poetas que se pusieron a escribir narrativa”-. Parece que Mairal se hace cargo de un problema, un problema real, pero su diagnóstico no parece acertado. No existe tal brecha a causa de la vieja excelsitud, sino a causa de la especialización. Así como un traumatólogo y un bacteriólogo no tienen mucho que decirse, excepto cosas relativas a la medicina clínica en general, y sería casi imposible que intercambiaran sus roles, un poeta y un narrador tienen poco que decirse: sobre todo el narrador no querría aprender nada del poeta, porque la manipulación lingüística de la poesía le sirve de poco y hasta puede dañar el procedimiento básico de la narrativa que es referir concretamente un hecho imaginario. La poesía ha querido, en cambio, aprender algo de la prosa, y de hecho los poetas leen mucho más a los narradores que los narradores a los poetas, pues Ezra Pound indicaba que la prosa es la cantera de la poesía. De este modo hemos tenido aquí anfibios, antes de que Casas y Vega se pusieran a escribir prosa. Tuvimos a Lugones, a Borges, a Marechal, a Silvina Ocampo, a Wilcock, a Juan José Hernández, a Juan José Saer. Hay una cuestión interesante en la poesía moderna y es que parece haber cobrado lentamente conciencia de que hacer poemas requiere de la ficción. ¿Puede seguir diciéndose después de la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, de La tierra baldía, de T. S. Eliot, de los Cantos de Pound, de los heterónomos de Pessoa o del cercano y porteño personaje monotemático que habla en los poemas de Joaquín Giannuzzi que no hay ficción en la poesía? ¿Por qué suponemos que un poema es la expresión, trascendente o no, de un yo específico y real, y que incluso sus referencias y situaciones son biográficas y reales? ¿Alguien piensa de R. G. Tuñón que era tal y cómo permiten imaginarlo sus poemas? No lo era. Amaba puertos, bodegones, cafés, mercados de pulgas, retablos de títeres, barrios, callejuelas y boliches, magos, ecuyeres, hampones y prostitutas, pero no vivía entre ellos ni rodeado de objetos de desván, de circo y de montepíos. Más bien, un personaje de ficción nació de ese mundo: Juancito Caminador, inspirado en la etiqueta del whisky Johnny Walker.
El romanticismo nos legó un vocabulario lírico; lo perfeccionó el decadentismo y este vocabulario se tornó, oficialmente, la lengua, el diccionario, la gramática, de la poesía lírica durante bastante tiempo. Creó un paradigma social. El romanticismo es responsable además de la falsa idea de fusión entre la vida y la obra, en la que creyó sinceramente. La mistificación se extendió incluso a la narrativa y a los narradores, a la pintura y a los músicos, de modo que Ernest Hemingway debió morir, sin saber quizá que era fiel al mandato romántico, como un cazador de leones cazado por sí mismo, de un tiro de fusil en la boca.
P.D.: A los anfibios locales, agrego: Ricardo Zelarayán, Fogwill, Laiseca, para no ir más lejos.

El amigo de Baudelaire

Jueves 23 de octubre de 2008
Habrán visto que las ciudades están llenas de mesas redondas, seminarios y congresos de escritores. De escritores que rara vez son poetas. De prosistas.
Buenos Aires está llena de estas cosas, hoy. A veces de poetas -algunas veces-, pero eso sí, nunca de prosistas y poetas, si de lo que se trata es de hablar seriamente de literatura, del país o de la globalización o de la tecnología, o de otros ítems contemporáneos.
Los poetas, sin embargo, han sabido discutir su oficio, y el mundo, desde los más distintos puntos de vista: políticos, culturales, económicos. Están genéticamente entrenados en ello. Lo hicieron siempre a lo largo de su existencia, al menos en la dura etapa de la modernidad, que los relegó a Cenicienta de las letras.
La cuestión no es hoy que sean Cenicienta: no se los considera literatos.
Ahora, vean esto: la mayor capacidad intelectual de renovación en el siglo XX estuvo en las vanguardias; las vanguardias fueron simplemente realizadas por los poetas y por los pintores. Gente toda a la que hoy se tiende a pensar sin cabeza: a los pintores porque se supone que solo conocen técnicas y texturas, a los poetas porque supuestamente siguen embarcados en la sublimidad de la palabra, aunque se disfracen de prosaicos, de minimalistas.
Los poetas, claro, fueron y son la potencia intelectual de la literatura y de la letras en general, es decir, del idioma. Son los que mayormente piensan el idioma porque lo viven.
Pero vean un poco, no hablemos ya de a quiénes considera escritores la industria: si hay que discutir temas intelectuales, se llama a los prosistas, no a los poetas. Aunque el fundador de la palabra crítica, del discurso que abarca a un tiempo la circustancia, la literatura y el arte en general no fue un prosista; no fue -lo siento- ni siquiera un prosista como Cervantes, como Balzac, como Tolstoi… Fue nuestro querido y nunca bien ponderado Baudelaire, amigo de este blog. El modelo del intelectual que ha sabido usar el discurso, sus filos poéticos y críticos, para hablar de la moda, de política o de poesía, era un poeta. Porque los poetas entienden la integridad del discurso -Rimbaud pudo legítimamente decír que hablaba “en sentido literal y en todos los sentidos posibles”-, son a su vez poetas, o entienden la poesía, los mejores prosistas. Quizá la entiendan alguna vez los ensayistas. Tal vez los pedagogos. Me temo que nunca los políticos.

Jorge Aulicino, El Estante Maldito, blog de la revista Ñ, Buenos Aires

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