La misa: el efecto teatral


El efecto teatral (espero que ningún católico se ofenda por este término noble) de la liturgia católica quizá se acentuaría si, como quiere el Papa, se volviera a la misa en latín.
Es probable que la Iglesia Católica Apostólica Romana haya adoptado en 1960 la misa en idiomas vernáculos, y desistido del latín como lengua muerta y lengua sagrada, porque no confía en los efectos del distanciamiento brechtiano. Es probable también que después de Brecht el teatro haya desistido de provocar esos efectos o los haya radicalizado de manera que se hicieron totalmente ineficaces (teatro de propaganda / teatro ineficaz) por las mismas razones. Es decir, porque no comprendió el poder revolucionario del drama de Brecht.
Es probable que ni católicos ni teatristas hayan confiado, en última instancia, en el público.
¿Qué se argumentaba en 1960 para que se dejase de oficiar la misa Tridentina? Que la gente se iba de la Iglesia. ¿Qué argumentan hoy los pastores carismáticos católicos en relación con la indiferencia escéptica de gran parte de la población frente a los misterios de la Iglesia? Que no hay emoción en la transmisión, aun cuando la misa se celebre en el idioma vernáculo. Ponen ya no el acento en el idioma de la liturgia sino en el propio sacerdote, el actor. Y no solo en su actuación litúrgica -no en eso, siquiera, que no modificarían para nada- sino en su actitud, en su vida, en su vinculación con el misterio. Los curas deben sanar realmente. Almas y también cuerpos, merced a su don personal, de su gracia, de su comunión.
Parte de la literatura (de la liturgia) tiende a poner en primer plano a la persona, en la pos-posmodernidad. La literatura, se señala en la cátedra, ha recuperado al actor, la vida, el lugar y la época para la ficción. Interesa tanto lo escrito como quien escribe (biografía y localización), y aunque en un sentido esto pueda entenderse como pos literario, en otro se puede comprender como una extensión absoluta de la ficción. La absolutización de la ficción tiene el inconveniente de todo absoluto: no importa cómo se llame el todo, ni el todo vale realmente, pues no hay confrontación posible con nada. Dicho al antiguo modo de Iván Karamazov: si no hay Dios (la gran regla o el conjunto de las reglas) todo está permitido. Lo que significa que nada importa.
La misa Tridentina presenta el problema de que no se entiende lo que se dice en su transcurso. A esto responden los tradicionalistas que los textos pueden tener su traducción en el misal, pero que no deben ser "doblados" por el sacerdote. Y que la misa es la real presencia de Cristo en el sacramento. Si hay algo que entender, pues debe ser entendido por el camino que los fieles encuentren, pero debe dejarse a salvo el mito y la lengua mítica de la Iglesia. Antes de ser traducido, hay allí un acto que vuelve a presentar el misterio, y este acto de re-presentación, que no es mimesis (no vuelve a mostrar algo sucedido, sino que es el misterio que sucede y se sucede), se lleva a cabo con el cáliz, pero también con determinadas palabras. El sacerdote que tradujera la misa sería el equivalente del autor que busca la empatía del público, la identificación, eventualmente la catarsis, todo aquello que Brecht consideraba pernicioso para un teatro revolucionario. Si el público debía pensar y discutir, pues que lo hiciese. Ese era precisamente el objetivo. Paralelamente, si el participante de la misa no entiende, pues que abra simplemente su corazón, pues lo que está sucediendo es la presencia de Cristo, de la divinidad, en ese momento.
Shakespeare, a quien la historia, por fortuna, mantuvo en la sombra -tal vez, nos dicen, fue solo un empresario, a la vez que guionista que escribía para su provecho; una eminencia del mundo teatral que entonces era como el televisivo de hoy-, Shakespeare, digo, es el antiautor por excelencia, el menos posmoderno de los intelectuales de hoy. Ha puesto en escena personajes que lo superan. Y obras, que, como la misa, pueden ser vistas decenas de veces -vi no menos de diez representaciones de Hamlet y otras tantas volví a leer el texto, y no hago alarde de ser el único-, sin que importe quién las escribió. El Papa apunta a que el sacerdote sea como un actor de Shakespeare. Que ponga en escena algo que lo trasciende largamente pues trasciende el entendimiento. Y, dicho en términos bíblicos, comprenderá el que quiera.
Creo que la liturgia Tridentina es en este sentido revolucionaria, Dios me perdone, pues no fui aceptado en su Iglesia.

Jorge Aulicino
Revista Mal Estar, Buenos Aires

Ilustración: Misa de San Gregorio, 1511, Alberto Durero

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