Infancia del héroe


Sólo la miseria y el abuso pueden hacer de la infancia un osario al que no se desea volver. Las historietas, en cambio, contribuyen a su encantamiento. Patoruzú y Patoruzito encantaban de manera muy particular, como el Rico Tipo. Encantaban el mundo porteño cotidiano con su sola presencia. Por ejemplo, en la peluquería suburbana.  Era ver esas revistas en la mesita y sentir regocijo. Abrirlas y disfrutar. Los mismos que estaban allí, hablando con el peluquero de bigotes anchoita, eran los de los cuadritos: Popof, Isidoro, don Fierro y el jefe enano, el doctor Merengue y su otro yo… Eran los cincuenta y comienzos de los sesenta. Era otro país, en el que importaban colorados y azules, militares y peronistas, el viejo anarco y los comunistas, la heladera eléctrica y la cupé, en tanto ciertas instituciones permanecieran eternas. Entre ellas, la peluquería.
La vida era en cuadritos. El chiste, la caricatura, la simplificaban y sacralizaban. Sí, la vida era liviana y sagrada al mismo tiempo.
Patoruzú tenía un Libro de Oro. La presencia del Libro de Oro en la peluquería hacía sonar campanas íntimas de una alegría indecible. Era el fin del año, la Navidad, “las fiestas”, el comienzo de las largas vacaciones de verano. El Libro de Oro en la peluquería me causaba el mismo efecto del muérdago artificial, el rojo y el verde, las ofertas, la caja del pan dulce y la hora de las siestas de enero en las calles sombreadas y vacías, que seguían a esa celebración de fin y nacimiento. Un efecto arrobador, extático.
Para llegar al encantado Libro de Oro, Patoruzú recorrió un largo camino. Tuvo cientos de aventuras. Desarticuló montones de villanías. Y, en ese camino, creó su propia infancia: Patoruzito nació mucho después que Patoruzú. La editorial Dante Quinterno, una institución secretamente ligada a la peluquería, lo inventó en 1945, cuando el indio adulto llevaba más de 15 años de correrías.
Esa historieta alteró el origen de la relación de Patoruzú con Isidoro Cañones. Isidoro, a quien había conocido de grande en un circo y a cuyo padrinazgo se había acogido, aparece como Isidorito ya en la infancia del héroe. ¿Pero qué importancia podía tener eso? Al fin y al cabo, las personas que reencontramos de grandes, ¿son las mismas que conocimos de chicos? “El pasado es un lugar extraño”: Isidorito debía estar con Patoruzito porque siempre fue su alter ego, su protector-protegido. Ese otro yo, distinto de uno, nace con nosotros. Seguramente, a nadie le pareció extraño, en el 45, que el indio y el play boy convivieran desde siempre. Lo risueño, cuando me tocó conocerlos, era verlos actuar en la infancia de modo parecido al que lo hacían en la edad adulta. Ambas historietas corrían al mismo tiempo en los cincuenta. El mundo de Patoruzito no parecía el pasado de Patoruzú. Era también su presente.
Patoruzito fue un personaje ideado por Quinterno para el deleite del público infantil, como si las aventuras del indio adulto no lo fueran. No puedo recordar si las dos  revistas, la del indio grande y la del indiciecito, convivían en la peluquería. Yo supongo que sí, porque de hecho se alternaban en mis manos, y calculo que en las de todos los chicos de mi edad, en esa época.
El indiecito era tan noble como lo sería de adulto; Isidorito era ya un pícaro que robaba dulce de la despensa encaramado a los hombros de Patoruzito, fumaba a escondidas y le espantaban los tiros y las trompadas. Una galería de truhanes los rodeaba. Chiquizuel, el brujo ladino, estaba empeñado en que su nieto Chupamiel se quedara con la fortuna del pequeño tehuelche. Entraba en tratos con villanos ocasionales y era el principal enemigo del héroe. Los personajes nobles eran la Chacha, de dudoso parentesco con Patoruzito, y Ñancul, el capataz, un criollo cuyo nombre evocaba vagamente a los de los mapuches. El juego de palabras Chacha Mama recuerda a Pacha Mama, la diosa telúrica de los pueblos indígenas del norte. Esta incongruencia permitía relacionar a la Chacha con el espíritu de la tierra. Era nutricia como la diosa: cocinaba empanadas memorables. Y seguiría tan vieja, no más, en las tiras de Patoruzú. No tiene edad.
Todas las aventuras de Patorurzito suceden en la Patagonia, a diferencia de las de Patoruzú, que son mayormente urbanas. Isidorito es un alienígena en el ambiente rural de la infancia de Patoruzú. Un porteñito que no muestra el menor interés por el campo; no intenta montar ni galopar ni aprender a hacer un asado. Guarda coherencia absoluta con quien será de grande: uno de los últimos representantes de la burguesía agraria y militar en decadencia, desvinculado ya de la tradición patriarcal. En la historieta Patoruzú, el indio es el extraño. El exótico pariente que representa una raza extinta, lejana en el tiempo y en el espacio. Isidoro, adulto y play boy, no siente que nada lo una a la Arcadia que conoció de chico, no conserva los rasgos criollistas del patriciado. Patoruzú cayó en su vida como un meteorito y lo mete en mil problemas.
Ese cambio de escenarios y de roles fue inteligente. La ficción entera de Patoruzú y Patoruzito contradice la historia real: Patoruzito desciende de los Patoruzek, una inverosímil dinastía de tipo egipcio, y es heredero de media Patagonia. En esta historieta, los indios -al menos uno- han ganado la guerra y, con ella, la propiedad de la tierra. Sin embargo, y admitido que tal cosa no hubiese podido suceder, todo el resto es coherente. Patoruzito será inevitable víctima de las maquinaciones de aventureros, conspiradores y vulgares estafadores que ambicionarán birlarle su fortuna. Pero la naturaleza lo ha dotado de fuerza y coraje. Poco hará por él el capitán Cañones, una figura castrense paternal, quien ya tiene bastante con su sobrino Isidorito y estará retirado como coronel y ocupado en que Isidoro no dilapide por anticipado su herencia, cuando el indio sea adulto.
Quinterno ha visto la historia argentina en parte como quiso que fuera y en gran parte como fue. Isidorito-Isidoro, irremediablemente simpático –al punto de que terminó teniendo su propia historieta-, puede ser un Macoco Alzaga. Patoruzito-Patoruzú es el insólito compatriota que se ha salvado de la extinción en un Jurassik Park de la historia. No existe e incomoda.
No hacíamos este análisis cuando leíamos Patoruzito en la peluquería. Entonces, nos seducían los caracteres (el indiecito valeroso, el porteño pícaro, el brujo y su galera), el dibujo dinámico y nítido, la evocación de un lugar eterno y familiar (la patria ancha, que respiraba en los yuyales del suburbio), las peripecias de unos personajes rodeados de figuras protectoras y asediados por el mal que siempre podía ser desmantelado.

Jorge Aulicino
 Prólogo a una redición de Correrrías de Patoruzito, 2007

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