Estatuas parlantes

La estatua bautizada Pasquino.
Periódico de Poesía N° 89, México, mayo 2016

Hasta un cierto punto, las redes sociales son parangonables a las estatuas parlantes de Roma. Pasquino, Marforio, y los menos tocados por la Fama, Madam Lucrezia, el Babuino, el abate Luigi y el Facchino, son restos escultóricos que tienen 1800 años y más, utilizados por la gente en Roma, durante el Renacimiento, para colgar de ellos leyendas satíricas y de protesta, generalmente contra el descontrol de los papas.

Roma fue a la vez devota y satírica respecto de la Iglesia hasta el siglo XIX incluso. El dialecto romanesco de las estatuas parlantes se mantuvo en los sonetos satíricos de Giuseppe Belli, un católico confeso, hasta ese siglo. Roma y el mundo se volvieron más reservados respecto de la Iglesia paradojalmente en el estallido o cumbre de la modernidad, ese período y cultura llamados Siglo XX. 


La primera comparación es evidente: las “redes” se usan para colgar no solo fotos de festejos de cumpleaños, flores o mascotas, sino también diatribas, insultos y proclamas. En medio de ello va también la reflexión al paso y algún poema, no necesariamente una coplilla, dado que el lector medio de literatura sabe hoy del valor polisémico de cualquier poema logrado (logrado al menos en este sentido).

El matiz de diferencia es que las llamadas redes sociales fueron creadas exactamente para eso. Twitter expresamente, mientras que bajo la tierna fachada de una red ―Facebook― para intercambios de noticias familiares o grupales, se propagó un instrumento en el cual desfogar ―no necesariamente bajo la protección del anonimato, pero sí del cristal de la pantalla de una computadora― ideas convulsas, odios y envidias (por qué no) y realizar campañas sociales o individuales en favor o en contra de algo o de alguien, principalmente los gobiernos, que son siempre derechistas y corruptos. Dicho esto sin ironía.

Las estatuas parlantes, en cambio, fueron una reutilización de la antigua cultura y una reutilización del arte.

Es imposible hoy saber a quién representaba Pasquino, pues el grupo escultórico que integraba, e incluso gran parte de su propio cuerpo, no existen, y esos fragmentos son seguramente inhallables. Se ha señalado la estatua como copia de una escultura griega de dos o tres siglos antes de Cristo, realizada en la Roma republicana. Pasquino era o el nombre de un gladiador muy popular en el Imperio, del que se consideró que debía tener una estatua, y para él fue rebautizada ésta, o de un barbero que escribía versos en latín cerca del espacio donde la estatua fue emplazada en el siglo XVI, llamado hoy Plaza Pasquino. La prensa seria del siglo XX llamaría pasquines a los periódicos populares, más tarde llamados asimismo sensacionalistas o amarillos.

Hay mejores datos sobre Marforio, el personaje que Eugenio Montale eligió para fraguarse un auto-reportaje muy conocido por sus lectores. Marforio es Neptuno (o bien una representación del Tíber) y estuvo emplazado cerca del Foro en tiempos de Augusto.

El Babuino es otra escultura de tiempos del Imperio. Siglo III tal vez. Cuando apareció, sucia y estropeada, y no muy agraciada de formas, los romanos la bautizaron con el nombre de un mono. De paso, aquí podemos observar uno de los efectos de la red general, que actúa reproduciendo lo que no sabe o lo que no entiende, robóticamente: si se busca en Internet qué representa el Babuino, se encontrará a menudo que es la estatua de "un sileno". Alguien escribió esto por primera vez con minúscula, y así ha pasado de mano en mano, de copy-paste en copy-paste, ignorando que el buen Sileno fue solo uno: un ebrio dotado de sabiduría. Pudo decirse retóricamente un Sileno como quien dice un Júpiter, un Moisés, en el supuesto de que haya habido representaciones múltiples de Júpiter y Moisés, como las hay. No hay un pueblo de silenos, como el de los etruscos o los mayas.

Madam Lucrezia es el nombre festivo con que fue rebautizada Isis, pues esta tercera o cuarta estatua parlante representa, según parece, a la diosa egipcia, en versión griega o romana de los primeros siglos de la era cristiana. Debe su nombre a su antigua propietaria, Lucrezia d’Alagno, una napolitana que fue amante de Alfonso de Aragón en el siglo XV e, injuriada como tal, se mudó a Roma con la estatua.

Las estatuas parlantes son, además de medios satíricos, en sí mismas una sátira popular, un acto de irreverencia al culto de lo antiguo, muy propio de las cortes del siglo XV y XVI.

Las "redes" en cambio solo reconocen una ruina detrás: la de la prensa escrita sobre papel. El mundo que designan es también, eso sí, un mundo fragmentario, en el que los nombres propios se diluyen, las representaciones anteriores no están claras, y todo el universo podría reconstruirse de distintos modos, según uno mire sus fragmentos.

A veces, nuestras voces parecen resonar en el vacío de ese extraño mundo neuronal ficticio de la Red. Hasta una posmodernidad existió antes que la nuestra: los antiguos (para nosotros) habitantes del Renacimiento y del pre Renacimiento habían inventado una picaresca con los restos de una (para ellos) antigua modernidad: la de las repúblicas griega y romana. Nos diferencia de esos romanos del siglo XVI que muchas veces nosotros parecemos estatuas que ya no son nada: un Babuino, un Marforio, una Madam Lucrezia que ni siquiera funcionan como tales. ¿Todos convidados de piedra?, preguntan. Bueno, sí, algo de eso.


© Jorge Aulicino


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