La segunda caída del Muro de Berlín

Desde el punto de vista de las cifras, la serie Lost no hizo "historia". Tuvo un promedio de 16 millones de espectadores en sus seis temporadas de emisión, contra los 57,6 millones logrados por NCIS en su episodio más visto en 2014 y los 22 millones de televidentes que la siguen habitualmente, según cifras basadas en las del Festival de Televisión de Monte-Carlo, cuyas fuentes son imprecisas, puesto que no se sabe cuándo refieren a la cifra de espectadores en todo el mundo y cuándo a la de los espectadores de Estados Unidos y algunos países más, o mezclan ambas (y desde luego no incluyen los millones de espectadores que bajan sus series de Internet... ilegalmente).

Con todo, el "fenómeno" Lost fue muy perceptible a simple vista. Hasta que finalizó, en 2010, hubo incontables foros activos en todos los idiomas y creados desde distintos países para discutir una de las más entreveradas urdimbres que una serie pudiera haber concebido. Los detalles de ese argumento eran los de un enigma de fondo, sin dudas, para millones de personas. Más allá de los avatares de las relaciones internas de ese grupo de sobrevivientes de un accidente aéreo -Robinson Crusoe multiplicado en una isla- había innumerables pistas de algo extraño, quizá sobrenatural, al que habían ido a parar aquellos "perdidos". Y esas pistas eran anotadas y comentadas en los foros y millones de personas siguieron la serie durante... seis años. El tiempo en que un chico nace y comienza la escuela primaria. El tiempo que sobreviven algunos matrimonios. El tiempo que duró la Segunda Guerra Mundial. Seis años. La decepción mundial que produjo el último capítulo creo que pudo respirarse en la calle. Fue la caída del Muro de Berlín de las series. Lost se convirtió, a los ojos de los millones de seguidores, en la mayor estafa en la historia de este género.

Pero hubo algo mucho más grave: la literatura fantástica quedó seriamente dañada por la irresponsabilidad de los guionistas de Lost. El arte de narrar quedó dañado. El compromiso de los seguidores de series, por último, se fue al piso.

Como dice un amigo que no querría que lo nombre, Lost fue un antes y un después. La gente ve series, ahora, de otro modo: consume, no vive con ellas. Esto es, no les cree. No les tiene fe y su empatía no va muy lejos: apenas alcanza para probar si la verán una temporada o le darán la chance de dos. De nuevo, lo que hubiese podido convertirse en el género estético del siglo XXI volvió a ser entretenimiento.

Luego, cierto cínico realismo comenzó a percibirse en el gusto del espectador medio. Y hoy, segun la prepaga de películas y series Netflix, las series más "gancheras" son The Walking Dead, Breaking Bad, Sons of Anarchy, Scandal y House of Cards. La preferida del ambiente cool argentino, Mad Men, no figura. Tampoco la comentada Games of Thrones. En todo caso, Mad Men juega al cinismo. Y Games of Thrones deliberadamente apuesta al argumento múltiple: historias que seguramente podrán ser manejadas por los guionistas, que tienen un libro de respaldo, y que, a los ojos del espectador, no importa mucho cómo se resuelvan. Debo confesar que dejé de verla porque ese muro detrás del cual no se sabía qué terrores habitaban me recordó a los misterios decepcionantes de Lost. Me pregunto cuántos no sintieron lo mismo.

En lo que se refiere a Los Soprano, que terminó con una media de 8,3 millones de espectadores en Estados Unidos, según cifras de la consultora Nielsen, fue un logrado intento de poner aun más calidad cinematográfica y actoral en el género, pero está dentro de la tendencia descrita: un realismo que suele interrogar un poco la idea de "normalidad".

De forenses, psicópatas (o sociópatas, como los llaman los estadounidenses) e investigadores especiales florecieron cien series, todas variantes de la primera que se le ocurrió hurgar en el mundo de las morgues y la psicología de los asesinos.

Lo que tardará en nacer, si es que nace, diría Lorca, es otra serie que como Los Expedientes X logre devolver al género fantástico el gran lugar que siempre tuvo en la literatura. El lugar central.

© Jorge Aulicino
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