Los colores de una pasión



La pasión boquense es una leyenda viva. Esta leyenda recorrió un siglo [1905-2005] y no fue decayendo, sino que creció con los años. Boca Juniors es el club más popular del país y en dos sentidos: por el número de hinchas y porque representa a la gente “de abajo”. Lo que representa es justamente la pasión de la gente. Por eso la gente y Boca forman un círculo virtuoso: cuando celebra a Boca, esa gente se celebra a sí misma. Ahora bien, esta pasión de la gente por Boca, y de Boca por sí mismo, tiene emblemas, tienes colores, tiene un sede histórica (el marrón edificio de La Bombonera), tiene un barrio de casas de chapas pintadas y tiene héroes. Pero básicamente (eso es lo que yo creo) son los colores los que suscitan y representan la pasión de Boca. Arbitrariamente, pero no superficialmente, la pasión nace, a mi juicio, dos años después de la fundación del club. Lo que ocurrió entonces (dos años después de la fundación oficial) es para mí la fundación mitológica de Boca Juniors. La segunda fundación. La fundación mágica, numinosa.

La anécdota es conocida. Un día de 1907, Juan R. Bricchetto, que trabajaba en el puente 2, a la altura de la calle Estados Unidos, vio, junto con otros fundadores, el paso de una embarcación sueca, con su bandera azul y amarilla. Algunos dicen que los colores fascinaron a Bricchetto y a sus compañeros. Otros dicen que habían librado al azar la elección de los colores. Serían los de la primera bandera que aquella mañana vieran flamear en un barco. Yo creo que fue una mezcla de ambas cosas: esperaban, Bricchetto y los otros, que el azar resolviera la cuestión y se fascinaron con lo que el azar les deparó. Antes de seguir por este rumbo, es preciso aclarar que los dirigentes de Boca debían resolver la cuestión de los colores por una razón de honor. Hasta ese momento, el equipo usaba una casaca a delgadas rayas azules y blancas. Era la misma, o era muy parecida, a la que venía utilizando el Nottingham de Almagro. En 1906, los dos equipos habían decidido disputar un partido por los colores. Boca había perdido. Y esa mañana de 1907, los dirigentes de Boca dirimieron la cuestión. Ya digo: o lo libraron al azar, o el barco sueco acertó a pasar cuando discutían el asunto. Es decir, hubo una decisión de que el azar lo resolviera (“le ponemos los colores del primer barco que pase”) o el azar obró por su cuenta, enviando ese barco con llamativa bandera que pasó como un sueño delante de los ojos de nuestros fundadores.

Se podrá argumentar que todos los clubes pueden hacerse de una mitología y hasta de una cosmogonía; que todos son populares, que el fútbol es popular, no por nacimiento o esencia, sino por adopción. Sostendré que Boca Juniors es una pasión especial; una pasión cuyo lenguaje no es el mismo que hablan otras pasiones muy apasionadas. Diré, de entrada, que no es la intensidad lo que está en juego, porque puedo admitir que he visto a hinchas de otras parcialidades fulminados por la pasión, arrasados en la alegría o el infortunio, atravesados por un sentimiento genuino, muertos y resucitados después de cada derrota y en éxtasis de triunfo y gloria en cada victoria.

Les entrego, a los que no son de los nuestros, una ficha más: tampoco es el número de hinchas lo que hace de Boca la pasión especial. Es lo que Boca construyó sobre una pasión primigenia, arbitraria, en principio sin contenido, como todas las otras.

Volvamos al color de esta pasión. En la página web del Museo de la Pasión Boquense puede leerse: “Bricchetto (...), junto con otros representantes del club, vieron pasar un buque sueco una mañana de 1907 y se sintieron deslumbrados ante los colores de la bandera de ese país que flameaba en la popa”. Se sintieron “deslumbrados”, dice el cronista. Ha utilizado una palabra certera. Los diccionarios (el de la Real Academia o cualquier otro) dicen que “deslumbrar” es ofuscar la vista o confundirla con un exceso de luz. Esto –es fácil advertirlo- implica la paradoja de que la luz, que en cantidades adecuadas permite ver, ciegue. En sentido figurado, deslumbrar es causar mucha impresión. Pero vamos a la paradoja: contiene de entrada la idea de revelación. Aquello que deslumbra es lo mismo que permite ver. Y veamos lo que agrega el cronista en la página del Museo de la Pasión Boquense: “De esta manera -buque escandinavo de por medio-, Boca obtuvo sus colores del alma”. Me parece claro que los colores fueron el hallazgo espiritual de un Boca Juniors naciente, un Boca que buscaba su alma y se deslumbró ante ella. Dirán que ya le tenía, que era el alma del barrio xeneise, que era la de los inmigrantes genoveses, la de los fundadores, la de los que trabajaban, como Briccheto, en el puerto. Pero si eso es decir mucho, es al mismo tiempo decir nada. Porque, ¿cómo era el alma de los xeneises? Dicho en otros términos, ¿de qué color? Eso no lo pude resolver la razón. Lo resuelve un hecho casual. Una circunstancia de poesía. Pasa un barco o pasa un pájaro. El suceso que por un momento llena el cielo y deslumbra, eso es la poesía. Los colores de Boca no estaban debajo de una piedra. Iban en un barco. Iban libres. Y se internaban en el río, o venían por el río, hacia el mar o desde el mar. Llegaron desde lejos. Desde una tierra que llamaba. Desde un misterio a plena luz. Bajo esos colores nace Boca. Bajo el color del cielo y del mar, y bajo el color del Sol y del oro. Bajo esos colores, que son el color de una ilusión, combatirían sus héroes deportivos para crear el universo Boca Juniors. Las casas de chapa de la Boca, la terrosa Bombonera, el Riachuelo, las tardes de batalla, el grito, el trance hipnótico ante la pelota volando hacia el arco, el hijo dilecto: todo sería lo que es porque esos colores le dieron una sustancia mitológica. Los colores de Boca son lo más exterior y lo más profundo a la vez de Boca Juniors.

Cuando se pregunta, entonces, ¿cuál es el plus, la diferencia, que eleva a los hinchas de Boca, o los hunde, los incendia o los deshace, frente a los hinchas de otros clubes?; ¿en qué serían diferentes su alegría, su pesar, sus ilusiones? , la única respuesta posible es la magia. Allá hubo magia. Alguien iluminó a Boca en su nacimiento.

Raro. Boca nació en el barrio xeneise pero adoptó los colores de la bandera sueca por mera casualidad. Y ahora parece que esa identidad difusa, caprichosa, se ha ido llenando de un contenido a través de los años.


Hoy Boca ya es otra cosa. En el principio era todo y nada. Era el azul que remitía a una inmensidad tan tentadora como peligrosa. El oro en el cielo vigilando las crestas de aquel abismo deslumbrante. Me parece la obra de un genio que unos trabajadores portuarios hayan dirigido su mirada hacia el río y se hayan encontrado con una bandera que flameaba como en un desafío. Y sobre todo que aquella bandera estuviera hecha con los colores más inesperados y los últimos que hubiese reclamado la razón buscando colores adecuados para el más guerrero de los equipos de fútbol de la Argentina.

Pasaron los años. Y los contenidos sociales, políticos, institucionales, llenaron las alforjas del famoso “club de la Ribera”. Hoy, para los otros hinchas, curiosamente xenófobos --porque en sus hinchadas no deben faltar inmigrantes--, es el club de bolitas y paraguayos. Antes era simplemente de los cabecitas. De los auténticos xeneises, ¿lo fue alguna vez? Allá lejos y hace tiempo. Como sea, la densidad política de la marca, del escudo, de los colores, comienza a verse aquí. Boca sería el más político, el más ideológico de los clubes. Al menos, el más clasista, ya que su propia hinchada no ignora esto; al contrario, absorbe y acepta el mote de bosteros. Sin embargo, una larga serie de sucesos, el impacto de colores que devinieron sagrados, está detrás de esta identificación pública. Esos colores pegaron, junto con la marca social tal vez, pero especialmente por sí mismos, en todos los que se afiliaron al sentimiento boquense. Y de este entramado de circunstancias y de mito nacieron referentes, precisiones, definiciones de Boca. De cómo es ser boquense.

Por ejemplo, Boca no fue, o rara vez fue --y una de estas excepciones la marcó Diego Armando Maradona-- el club de un fútbol estético. Fue el club de un fútbol de esfuerzo, cuando no duro. Es ya un nuevo mito que la hinchada de Boca celebra la fuerza, la lucha hasta el final, el poner huevos; de algún modo, el sufrimiento. También esto es una marca política. No estaba en los colores, pero los colores la propiciaron. El esfuerzo da para la hinchada de Boca la medida de la pasión, del compromiso. Y la pasión es trabajo, y el trabajo es una cultura perdida, que remonta al origen, a la fundación, a los inmigrantes, al Riachuelo. Sin embargo, cualquier camino parece conducir a Boca y Boca es un cruce de caminos, de mitos y de imágenes caleidoscópicas que por momentos parecen alucinadas. Y en sus triunfos y en sus eclipses, el leit motiv de su canción de cuna insiste: “azul y oro”, “azul y oro”, “azul y oro”.

La verdad, ¿por qué alguien se hace hincha de un equipo? Se puede decir que la mayor parte de las veces por simple herencia familiar en la que poco o nada puede pesar una razón política. Pero en el origen de esa herencia, ¿qué hay? De hecho, el que escribe estas líneas adhirió a Boca porque nunca había visto colores más lindos para un club de fútbol. Los vio por primera vez en un barrilete y lo deslumbraron, como a los fundadores. ¿Es, por último, una trivialidad? ¿Son lindos o son chillones, llamativos, incongruentes? Si es así, ¿no es una razón también "política" esa elección en tanto el mal gusto es siempre político? Ahora bien, ¿y qué herencia familiar puede pesar en la decisión de un inmigrante boliviano que se suma a Boca?

"La mitad más uno", este es otro argumento de peso. Somos la mayoría, se jacta la 12. Somos el pueblo y el carnaval, canta la 12. Es decir, de vuelta y ahora sí dichas con claridad, la razón de clase y la razón estético-política. Se puede argumentar, ¿pero no es esto fascismo populista en su peor expresión? Hay contrapartida argumental: ese género de fascismo requiere de un líder al que la masa se somete con amor. Aquí la masa no ama a un líder, ama una abstracción representada por unos colores, y ama la abstracción que se representa a sí misma, en una permanente autoglorificación.

La salida de Boca a la cancha en la Bombonera es un hecho que nadie pudo haber contemplado con indiferencia. Algo así debió ocurrir cuando Julio César entró a Roma, a su regreso de Egipto. Pero aquí no está el César. Está Boca entrando a la cancha. Está eso que es Boca, eso que somos. Una derrota de Boca, la calle Brandsen sembrada de hinchas que arrastran sus pies, de hombres grandes sombríos como los de ciertos cuadros de Berni, ese aire de infinita tristeza, es un flash, un remedo histórico de una batalla perdida: Waterloo frecuente, la eternidad perdida y recuperada cada media hora. Y una vez más, aquí no se perdió ni la patria ni un imperio; nosotros mismos nos hemos perdido.

Existe también la posibilidad de pensar la pasión boquense como una simple ofuscación futbolística, como una explosión incomprensible, y hasta superficial y sin ningún contenido. Existe esa posibilidad. Todo pasa y todo queda, y lo nuestro es pasar, lo dijo el poeta. Si César -se dice- en cada aparición en público llevaba a su lado alguien que le repetía: “Recuerda, César, que eres mortal”, el hincha no necesita ese recuerdo. Siente que la gloria de Boca, que es su propia gloria, lo excede en verdad. Nadie hay más desinteresado que el hincha, y el homenaje cuenta para los de todas las parcialidades: sabe que es efímero, y que el objeto de su pasión desbordante es un club de fútbol. Sabe que no está en una guerra y que no tendrá recompensas por las heridas que su propia emoción le cause. Ninguna otra recompensa que no sea la alegría de que triunfen sus colores. Nada más que los colores de esa camiseta. Y sólo la alegría.


Jorge Aulicino
(Clarín, suplemento deportivo, 2005)
Incluida en Escrito sobre papel, Rada Tilly : Espacio Hudson, Comodoro Rivadavia, Chubut, 2012

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